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La primera vez que vi jugar a Pelé, a todo color, tenía camiseta blanca. Me pareció más negro y la cercanía me permitió apreciarlo en detalle, su boca gruesa, sus ojos fijos, sus portentosos muslos, aunque siempre lo creí más alto. Mide 1.74.

El partido era en Francia -lo tengo claro- y con el tiempo supe que ese estadio era el de Colombes, cerca de París.

Creo que era el único negro del equipo y no olvido a Ardiles marcando el primero, al polaco Deyna y a Bobby Moore, en un partidazo, que centró templado desde el costado y de la nada saltó Pelé, tiró hacia atrás la cabeza al mismo tiempo que levantó las piernas y se suspendió en el aire hasta que el balón llegó a su guayo derecho y de chilena lo clavó abajo, en la esquina, certero, recto, seco. De vez en cuando repito en el televisor el sublime remate.

En la siguiente jugada apareció el arquero, medio pantallero, torpe pero arrojadizo, creo que de apellido Stallone, que tapó un penalti en el último minuto y salvó el merecido empate.

Fue hace 39 años, recuerdo que me quedé en la silla, llorando en silencio, feliz, hasta que vino la encargada del aseo y me pidió que me fuera. Fui el último en salir del teatro Scala, donde vi Fuga a la Victoria.

Por aquella época, el blanco y negro seguía mandando en mi casa. Atrás había quedado el Sylvania de tubos y estrenamos un Hitachi rojo, giratorio, una locura. Pero blanco y negro. Ahí conocí a Diego y fue amor a primera vista.

Leí que era tan talentoso como pobre en su miserable Fiorito, el quinto entre ocho hermanos, el mayor de los hombres (como yo), el preferido de su mamá (como yo), la estrella de cualquier cancha (como mi hermanito), leí todo lo que pude de él en preciosas revistas que me prestaba un amigo llegadas de Argentina 6 meses después de publicadas (El Gráfico).

Y fui queriéndolo porque lo vi más normal que al exitoso brasileño, más humano y menos dios, con el pelo desordenado, bajito (como yo), feliz jugando con sus amigos hasta el amanecer en un tierrero cercano a casa (como yo en El Campito).  

Un día supe que Menotti (el técnico) no lo llevó a Argentina 78 porque lo consideró muy joven. En cambio, Feola (el técnico) peleó con todo el mundo en Brasil y llevó al niño Edson a Suecia 58. Me pareció tan injusto.

Pero Diego lo superó y se dedicó a dibujar mágicas tardes en La Paternal (con Argentinos Juniors) y luego en La Bombonera (con Boca) hasta que el dios dinero -otro como él- se lo llevó al Barcelona, su peor pesadilla, que duró 700 días.

Nadie se dio cuenta que ese equipo no era para él, no lo quisieron, no lo respetaron, no lo defendieron. En la cancha lo golpeaban sin piedad y en el club lo menospreciaban. Un vasco le rompió el tobillo, pasó meses enfermo (hepatitis o una ETS, nunca quedó claro) y cayó en una tremenda depresión. Sólo Quini, el mágico delantero, le tendió la mano. Tan bonita la ciudad, tan bien puestos los culés pero justo allí, le llegó la cocaína. El día que se fue dijo: “Cataluña es un gran lugar para vivir… menos para un futbolista”.

El Barça era un equipo como para Pelé, que no rompía un plato, perfecto para Messi, los dos tan juiciosos, tan educados, tan formales, tan atletas, tan profesionales, tan comotodosquierenquetúseas. Creo que por eso me olvidé de Pelé y me enamoré de Maradona. Mi mundo era como el del primero y yo quería estar en el del segundo.

Diego terminó en Nápoles, una ciudad a su medida, desordenada como las de acá, caótica como las nuestras, como la de él, como él, con gente como él, de pobres como él, señalada, pordebajeada, lejos de todo, al sur (de donde venía), pegada a un santo, ídolo de un equipo que nada había ganado, con la única misión en el mundo de amargarles la vida a los estirados del norte. Y con qué gusto que lo hizo.

Pelé era magia pura, estilo, sin errores, tan maravilloso, tan buenagente que es el único jugador expulsado de un partido de fútbol que regresa a jugar y terminan echando al árbitro. Obviamente, eso tenía que suceder en Colombia, en El Campín, una noche de 1968, cuando el Chato Velásquez le mostró la roja por un madrazo que O Rei le lanzó en portugués al colombiano.

En cambio, la única roja de Maradona en un mundial resultó muy celebrada, el patadón a un brasileño (Batista) en España 82. Todos le cayeron. El entrenador, el capitán (Pasarella), su país, todos, todos.

En Italia, Diego fue más D10S que nunca. En realidad fue O Rei y su reinado duró en la tierra 6 y medio inolvidables años vestido de azul pero quedó plasmado para siempre en las paredes de los barrios del puerto y aún hoy compite en los altares de cada casa con San Genaro. Tengo mis dudas sobre a quién veneran más.

Pelé, tan buena persona, tan perfecto, no quiso salir de su país y jugó toda la vida para el Santos, en una ciudad costera cerca a Sao Paulo. Por supuesto, allá es O Rei, aunque el estadio no se llame así. En cambio, la cancha donde Diego empezó (Argentinos Juniors) lleva su nombre. Cosa rara, excepto por el Mario Alberto Kempes, en Córdoba, que yo sepa. Debe haber más, seguro.

Pelé es el ascenso constante, el no mirar atrás, el buenasmaneras, el estáperfecto, el que no se despeina. Diego es la lucha diaria, el caer y levantarse, el perder y alzar la cabeza. Me parece que Maradona es más como somos y Pelé, más como queremos ser.

Pelé, tan buena gente, se retiró del fútbol y cuando se dio cuenta que sus managers lo habían estafado, no tuvo más remedio que regresar, para fortuna de quienes vivimos, comemos, dormimos y soñamos fútbol.

Cuando llegó al Cosmos de Nueva York, se convirtió en el jugador negro mejor pagado de la historia, por encima de O. J. Simpson -que encabezaba la lista, el basquetbolista Karim Abdul Jabbar o el beisbolista Hank Aaron, toda una marca que producía millones jugando fulbito con tipos que se peleaban su camiseta al final de cada partido.

Diego peleaba todas los días con sus demonios y casi siempre perdía. Los Giuliano, dueños del bajo mundo napolitano, lo adoptaron y las faenas en el San Paolo (el estadio) terminaban casi siempre en los bares de los mafiosos, sin límites de ningún tipo. Entonces lo odiaron más.

El Cosmos acababa los partidos en Nueva York y sus jugadores salían directo a Studio 54, la más famosa disco de la época, a festejar por todo lo alto, emborrachándose con estrellas como ellos, Robert Redford, Mick Jagger, Andy Warhol. Pero casi nadie criticó a Pelé por esto. Es más, terminó de modelo del famoso artista plástico. Y hasta lo quisieron más.

Pelé cumplió ayer 80 años. Celebró tranquilo en casa, con su familia, mientras sobrelleva con resignación los embates de la vejez. No habrá forma de agradecerle por tanta felicidad que nos dio. Es un verdadero ejemplo de talento y disciplina, empacado en una infinita simpatía a prueba de insoportables como Maradona.

Diego cumplirá 60 el próximo viernes. Juega a dirigir a Gimnasia (un equipo de La Plata, Argentina) mientras difunden rumores sobre problemas para controlar su velocidad al hablar o su coordinación mental.

Cuesta trabajo creer que fue el mismo tipo capaz de eludir a 6 jugadores en 10 segundos y anotar el mas hermoso gol de todos los que se han marcado y se marcan a diario desde hace más de 150 años en todos los países del mundo. A eso le dicen el barrilete cósmico.

Diego lucha todos los días, contra todo, contra las maledicencias, contra los que lo odian por adicto o porque admira al Che y a Fidel (los tiene tatuados), pero sobre todo lucha a diario contra él mismo.

Creo que Pelé ni siquiera tiene tatuajes. No pelea con nadie y hasta terminó trabajando para la Fifa mientras Maradona se enfrentó a Havelange cuando impusieron los partidos a las 12 del día -con el sol canicular- para ganar más dinero con las transmisiones de televisión. Diego peleó por los jugadores. Y seguramente Pelé también, pero -claramente- de otra manera.

Pelé es el buen tipo. Maradona es el “pa´ las que sea”. Cada quien que decida cuál le gusta más, en cuál se refleja, con cuál se identifica. Dicen por ahí que si decides con la cabeza escoges a Pelé y si decides con el corazón escoges a Maradona.

Se equivocan ambos. Los que hemos jugado, corrido, pegado, recibido, soportado, insultado, escupido, madreado, braviado, ganado, empatado, perdido, sufrido, llorado, reído, nacido, morido (se dice morir pero válganmela, que rima bonito) y vuelto a nacer, sabemos que -en el fútbol- el que decide en cada uno de estos momentos no son ni el corazón ni la cabeza.

Me parece que es el estómago. Como Diego, meu Rei. 

 

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