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Lo que le adeudamos a Ibagué

Columnista ElOlfato.com

Es un hecho innegable que Ibagué es un territorio pujante y que su gente es perseverante, trabajadora y con un espíritu inquebrantable, en tal magnitud, que la capital tolimense ha sobrevivido y florecido pese a la debacle que han significado algunos acontecimientos sucedidos en la esfera política y la administración pública del municipio, y sobre los cuales no vale la pena gastar más palabras ni noticias, somos todos consientes de la dimensión de los estragos que la corrupción generó sobre esta tierra, por lo tanto, esa decepción debe ser superada para poder seguir ocupándonos de lo importante: el futuro.

En mi humilde opinión, los ibaguereños tenemos una deuda pendiente con el municipio, si bien es cierto que la clase dirigente adeuda aún más, el conjunto social es mayoría absoluta, por lo que es prudente – ad portas de los comicios electorales territoriales del año 2019 – replantear el rol de la sociedad civil no solo en el responsable y consciente ejercicio democrático, sino en lo que debería ser una presencia permanente para coadyuvar a que la administración de turno cumpla las promesas de campaña y actúe en pro del bienestar general.

La tradición política del continente ha estado enmarcada por una constante definida en escándalos de corrupción, despilfarro de los dineros públicos y crímenes contra el Estado, tanto así que los ciudadanos han perdido casi que por completo la confianza en sus instituciones, hemos ennoblecido la corrupción a tal punto que se ha convertido en una variable más de la ecuación que determina el éxito de la función pública, de forma que el éxito de la labor del Estado se mide si hubo “mucha o poca” corrupción.

Quizá este breve resumen esbozado previamente sea una visión algo cínica de la realidad del país, sin embargo no deja de ser el reflejo de una realidad que ha acompañado la historia reciente y no tan reciente de nuestra sociedad, de forma tal que no es posible obviarla y por el contrario, el abordaje de esta particular, podría ofrecer particulares e interesantes soluciones a los males que nos aquejan hoy en día como sociedad.

Es un deber insistir en la deuda pendiente de la sociedad con sus gobiernos, el déficit de participación ha permitido que la corrupción llegue a escenarios descarados, como bien hemos sido testigos, entonces cabe preguntarse ¿realmente hemos cumplido nuestras obligaciones como ciudadanos?, y ante esta retórica pregunta la respuesta es absolutamente sencilla: “No”, dentro del tradicionalismo político los ciudadanos solo son votos útiles en época electoral, mientras que durante los gobiernos la intervención de la sociedad es mínima, lo cual es culpa de las administraciones al no diseñar estrategias de acercamiento a las comunidades, pero particularmente la culpabilidad debe recaer en la apatía con la que hemos visto transcurrir el tiempo, no es posible tapar el sol con un dedo, e Ibagué (la población que le da vida al territorio) le debe a su ciudad el deber de control que le atiende, en ejercicio cabal de los derechos, pero en particular de los deberes que significan ser colombianos.

La política no tiene por qué ser un tema tedioso, ni puede seguir siendo considerado un asunto ajeno, es una realidad y un componente de la cotidianidad de absolutamente todos los pobladores del territorio, de manera que debemos encontrar la metodología y los espacios que permitan la articulación sinérgica entre nosotros y lo público, por más fuerte que sea nuestro territorio, ya no soporta más indolencia, la deuda debe ser saldada y la gestión colectiva del desarrollo para el municipio necesita ser una realidad; que la creatividad y el ingenio que siempre ha caracterizado al pueblo colombiano, hoy sea usado para crear nuevas formas de participación democrática, permanentes, proactivas y responsables, ejerciendo un control adecuado a todo lo que sucede a nuestro alrededor, porque Ibagué necesita consolidar sus cimientos para que las futuras generaciones sigan teniendo la fortuna de habitar en este maravilloso vividero. Alejarse de la política por considerarla sucia y corrupta no es, nunca ha sido y jamás será una solución, en las palabras de Platón: “El precio de desentenderse de la política es el ser gobernados por los peores hombres”.

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