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La Coalición Colombia y la impotencia del centro

A Sergio Fajardo y a su fórmula Claudia López, la pacha presidencial de la denominada Coalición Colombia, se les nota inquietos. Esa inquietud propia de los consumidos por la angustia, de los presos del desespero.

Si bien es cierto que a hoy se mantienen en el lote de favoritos en la carrera por llegar a la Casa de Nariño, junto a Iván Duque, Germán Vargas Lleras y Gustavo Petro, resulta evidente que sienten amenazada su aspiración de llegar a la segunda vuelta y disputar la presidencia, en especial después de la jornada electoral del pasado 11 de marzo. Su actitud reciente los delata.

Es previsible, además de legítimo, que Fajardo y Claudia den la pelea por posicionar una candidatura que viene exhibiendo signos de debilitamiento. No obstante, la legitimidad y honorabilidad de las maneras de las que han echado mano es totalmente cuestionable, toda vez que, a despecho de su preconizado “no todo vale”, han centrado su táctica en lo que, en lenguaje matemático, se puede exponer en forma de ecuación: la suma de una artimaña y un cañazo, esperando obtener, específicamente, el debilitamiento de la candidatura de Gustavo Petro.

La artimaña tiene que ver, en un primer momento, con la fabricación de profecías auto cumplidas, movida que se basa en repetir insistentemente que Petro es un candidato que genera miedo y, por tanto, es fácilmente derrotable, al tiempo que enfatizan, entre otras, que fue guerrillero y que mostró alguna vez simpatías por Hugo Chávez (cualquier parecido con las cuñas de Cambio Radical no es mera coincidencia). Por añadidura, gradúan a Petro y sus simpatizantes de rencorosos (según ellos, está planteada una disyuntiva entre miedo (Duque) y rencor (Petro)), vendiéndose como moralmente superiores (por oposición, ellos representarían la opción de la reconciliación). Todo esto, con los grandes medios de comunicación como vitrina y la complicidad militante de reputados líderes de opinión.

En cuanto al cañazo, consiste en proclamar la resurrección de la denominada “ola verde”, aferrados al más que destacado desempeño del Partido Verde y el Polo en las elecciones parlamentarias y, en especial, a la notable votación de Antanas Mockus al senado. Se trata, sobre todo, de la exhibición mediática y pública de Mockus, quien, dicho sea de paso, se ha mostrado muy entusiasta en la ejecución de la artimaña, con la intención de movilizar a la ciudadanía hacia la campaña de Fajardo y López y, de ese modo, revitalizar su aspiración.

A mi juicio, las razones del actuar de la pareja presidencial de la Coalición Colombia -denunciado aquí- se explican, más que por mezquindades personales, por la incapacidad ideológica de la opción de centro que ellos encarnan para responder favorablemente a la dinámica que exhibe la reconfiguración del escenario político nacional, con sus nuevos contornos y matices.

Inicialmente le apostaron a la fórmula Ni – Ni: Ni con Santos, Ni con Uribe, ofreciendo la lucha contra la corrupción como factor diferenciador. Sin embargo, a medida que avanza la contienda por la presidencia y se acerca el día de la sepultura definitiva del Santoral gobernante, venimos asistiendo a la progresiva extinción de la polarización en la que estaba atrapado el país en los últimos años, entre la derecha moderada –de tercera vía- liderada por el señor presidente y la extrema derecha en cabeza del senador Álvaro Uribe. Y, con esto, a la más que probable reconciliación de las derechas de todo orden alrededor del mantenimiento del modelo económico excluyente y depredador del ambiente, y una implementación del acuerdo de paz con espíritu revanchista y de espaldas a las víctimas de la guerra. Los más opcionados entre ellos para llegar a la Casa de Nariño, Iván Duque (Álvaro Uribe en cuerpo ajeno) y Germán Vargas Lleras, están disputándose el liderazgo en torno al que se dará dicha reconciliación. Es en estas coordenadas en que las derechas, desafiantes, buscan consolidar su hegemonía.

Petro, por su parte, ha sido afirmativo desde el inicio, en la línea de defender el acuerdo de paz y de proponer reformas relacionadas con la superación del modelo minero-extractivista, el cambio en el paradigma energético basado en el petróleo, una educación superior pública/gratuita, un sistema de salud sin intermediación financiera y el combate al latifundio improductivo. Propuestas que, además de oxigenar el monolítico debate público nacional, responden mejor a los grandes problemas del país. Frente a ellas, los llamados de Fajardo y Claudia a la reconciliación y a la lucha contra de la corrupción lucen como un barniz que se le quiere aplicar a una pared para ocultar sus fallas estructurales.

No es fortuito entonces que crezca la audiencia para Petro y su Colombia Humana, y que se posicione como alternativa a las derechas entre sectores populares y de demócratas. Como tampoco lo es que aflore la impotencia de la Coalición Colombia, hecho que se sintetiza en la reedición de su fórmula Ni – Ni: Ni con Duque, Ni con Petro.

Entre tanto, Uribe se frota las manos pues, en lo concreto, Fajardo y Claudia terminan secundando su táctica de estigmatización, aquella que el ex presidente puede capitalizar mejor en beneficio de su candidato. Flaco favor a Colombia y su democracia.

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