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Crónica de un joven sobreviviente a varios intentos de suicidio en Ibagué

Antonio intentó quitarse la vida cinco veces. Pero algo ocurrió en su camino y ahora hace cortometrajes, está becado y se encuentra cerca de publicar un libro sobre su guerra interior. Esta es su historia.
Ibagué
Autor: Juan Esteban Leguízamo
Autor:
Juan Esteban Leguízamo
Crónica de un joven sobreviviente a varios intentos de suicidio en Ibagué

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Antonio Uparela tuvo, desde muy joven, una enfermedad silenciosa. Los días –todos ellos– eran iguales y grises, hasta que la depresión irrumpió con cinco intentos de suicidio en varios capítulos de su vida.

Sin embargo, algo ocurrió en su camino, y hoy Antonio sigue una carrera universitaria, está becado, produce cortometrajes, es maestro de ceremonias y está a punto de publicar un libro donde explica cómo tramitó su guerra interior. Esta es su historia.

Antonio nació en una vereda de Sucre, en el norte de Colombia, a unos 900 kilómetros de Ibagué. Allí, tuvo una familia disfuncional y una infancia difícil.

“Desde los ocho años mi vida se vino a pique. Fui víctima de maltrato sexual y psicológico, e intenté quitarme la vida a los once años”, dijo.

Antonio intentó contar lo sucedido a familiares y conocidos, pero ni siquiera encontró en ellos la ayuda que necesitaba con urgencia. En Colombia, especialmente en zonas rurales, la salud mental está excluida de los temas de conversación.

“A mí me enseñaron que los hombres no lloraban, que debían tener muchas mujeres y que al psicólogo solo van los locos. A los 15 años volví a intentar otro suicidio en medio de un colapso mental. Al siguiente día amanecí con una tubería en mis fosas nasales”, manifestó.

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Entonces comenzó a consumir drogas. Alcohol también, en cantidades. En el colegio le hacían bullying por la forma en que vestía y como se comportaba. Caminaba incómodo y se sentía pesado de tanto mundo adentro que tenía por sacar.

“A pesar de todo, yo era festivo y contento. Bailábamos y champeteábamos. Pero cuando se apagaban las luces y era hora de dormir, pensaba en desaparecer”, dijo, intentando señalar la sutil línea entre ser y aparentar que algunos, con problemas de salud mental, atraviesan.

Los días dejaron de ser grises y comenzaron a ser oscuros. Pese a que otras personas se habían solidarizado con su situación, Antonio cometió un tercer intento de suicidio, a los 17 años.

Por pocos segundos, antes de dar el paso decisivo, llegaron uniformados al lugar donde se hallaba. “¡Policía, policía! ¡Abra la puerta!”, gritaron, mientras golpeaban fuertemente una puerta que crujía.

Por este último evento, le fueron asignadas una serie de terapias y sesiones de rehabilitación que se negó a recibir, porque se había grabado a fuego una idea equivocada en su mente: “al psicólogo solo van los locos, los hombres no lloran”.

Un día decidió marcharse por fin –y solo– para un pueblo ubicado en Antioquia. Allí se graduó de bachiller y se vinculó a una iglesia donde conoció una oferta para trabajar y servir en otra institución religiosa, pero en Ibagué.

Fue así como llegó a la ciudad en enero de 2017, “con 25 años y una maleta llena de sueños”, según indicó.

Entre tanto, comenzó a estudiar Comunicación Social en la Uniminuto, y allí se ganó una beca del 100% que entregaba la Gobernación del Tolima. También comenzó a sentir interés por la oratoria.

“Quería sentirme como un ciudadano participativo. Quería de algún modo florecer”, señaló.

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Sin embargo, al parecer, todavía no era su momento. Fue discriminado por la iglesia donde inicialmente había llegado y algunos asistentes corrieron rumores sobre su pasado. Pero la peor noticia que recibió fue la muerte violenta de su hermano en Sucre y, tiempo después, el suicidio de un profesor universitario que estimaba mucho.

Antonio se había quedado sin trabajo, sin techo y sin compañía. La vida parecía empeñada en ser visceral con él hasta el aniquilamiento.  

“Entonces me fui a vivir bajo el puente del Éxito de la 80 sin nada más que unas pertenencias y mi moto. Se me congelaban los pies, los autos que pasaban sobre el puente me despertaban. Pero como estaba desprotegido y no me importaba nada, también me robaron todo. Eso fue en 2020”, dijo.

Luego agregó: “Me fui para el CAI del Éxito a pedir ayuda. Allá recogieron un dinero y me entregaron un pan y una gaseosa. Me subí a una buseta a pedir monedas y terminé con $10.500. ¿Sabes qué hice? Coger un taxi que me llevara al puente de La Variante”.

Al llegar, Antonio escaló la baranda amarilla, bajó el rostro y miró al vacío. La oscuridad pareció devolverle la mirada y, cuando estuvo a punto de lanzarse, su teléfono comenzó a sonar desesperadamente.

“Eran unos panas de la universidad y lo que sentí justo después fue que algo rozó mi pierna”, dijo.

Se trataba de un perro gigante que no soltaba su pantalón por nada del mundo, y cuando por fin pudo liberarse, no supo en qué momento un policía lo estaba agarrando fuertemente de la camisa.

Entonces fue internado en Los Remansos.

A partir de ese momento, comenzó un proceso riguroso con psicología y psiquiatría. Tuvo otra recaída y por quinta – y última– vez atentó contra su vida.

En este punto se podría pensar que Antonio había tocado fondo, pero la verdad es que, para tocarlo, él debía empinarse.

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Aunque se encontraba en lo más profundo, algo ocurrió en su vida: de algún modo dejó de resistirse a su destino. Dejó de rechazar su depresión, comenzó a verbalizarla, darle una forma, para reconocerla y aceptar su presencia. Y aunque al principio fue ambiguo, así halló una cura para el dolor de su alma.

“Durante un año fui a terapia con el psicólogo Mario Iván Castro y el psiquiatra Jairo Novoa. A ellos les debo todo”, puntualizó.

Antonio comenzó a reincorporarse lentamente. Manos solidarias ayudaron a que consiguiera ropa y una forma de pagar un arriendo. La universidad lo ayudó a sostener su beca. También pudo reencontrarse a sí mismo y participar en la producción de cortometrajes (una de sus pasiones), así como en la presentación de ceremonias.

“Yo quiero ser presentador, maestro de ceremonias, quiero trabajar en algo con la universidad”, pensaba. Y todo comenzó a florecer para él.

“De ahí surgió mi libro ‘A prueba de fuego’, con él quiero apoyar a jóvenes en temas de vulnerabilidad en salud mental. Por otro lado, voy en séptimo semestre y estoy haciendo un proceso de internacionalización para irme a Brasil. También trabajo felizmente en una veterinaria. En fin, vivo al máximo”, sentenció.

De estos episodios, Antonio captó algo esencial de su vida y, quizá, de otros.

“Uno nunca olvida, pero sí supera. Uno aprende a convivir con su pasado”, manifestó, como diciendo: para olvidar es necesario recordar.

Además, explicó que a cualquier otra persona que padeciera una complicación en su salud mental le diría: "el sistema y las circustancias te harán creer que eres un fracasado, pero el fracaso es solo parte de la formación del carácter. Te costarán lágrimas, pero volverás a levantarte".

Por último, Antonio parece mirar al cielo y dice que tres pilares definen su vida y su historia: Dios, Uniminuto e Ibagué.

Todos –a su modo– le extendieron su mano y lo ayudaron a encontrar un mejor destino a través de una carrera universitaria, una beca, los cortometrajes, la oratoria, la veterinaria, el libro. Pero su mayor logro, sin lugar a dudas, fue haber superado su guerra interior: la depresión.

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