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Ana Forero, la valluna que lleva 43 años vendiendo arepas frente al colegio San Simón de Ibagué

Conozca la historia de esta mujer valiente que, con parrilla en mano, ha deleitado a más de 40 generaciones de egresados de la institución.
Ibagué
Autor: Valentina Castellanos Jater
Autor:
Valentina Castellanos Jater
Foto: EL OLFATO

La valentía no es la ausencia del miedo, sino el ser conscientes de que se puede afrontar una realidad sin desfallecer en el intento. Y como muchas mujeres valientes, Ana Forero tiene una historia digna de la más grande admiración.

Nació en Pradera, Valle del Cauca, y cuando tenía tan solo 14 años, en los 50’, llegó a Ibagué junto con sus padres como dice ella: “con Dios y la Virgen”, huyendo de la cruda violencia que, hasta ahora, comenzaba a azotar el país. 

“Ellos me dejaron trabajando aquí en una panadería en la 19 con Quinta. Trabajé ahí un tiempo y mi sueldo eran 15 centavos. Luego una señora de la Pola me encontró y conseguí otro trabajo donde me ganaba 20 centavos”, contó.

Pasado un tiempo, empezó a trabajar en la 37 con Quinta vendiendo tintos en la mañana y arepas en la tarde, y como “en esos tiempos salían los muchachos del San Simón, yo sacaba una parrillita pequeña pues me compraban”.

Se preguntarán: ¿qué tienen de especial estas arepas? Y la respuesta no está en que son de maíz, chicharrón y quesillo, sino en que son elaboradas con el amor y la lucha de una mujer incansable.

En vista de esto, comenzó a tener clientes fieles, entre ellos, un estudiante que más que un comprador, se convirtió en su amigo.

“Yo seguía trabajando ahí hasta que un día él me dijo: negra, ¿y usted por qué no se va para arriba?, allá le va a ir bien. Pero yo tenía miedo porque nadie me conocía allá y de pronto no me iban a dejar por ser un colegio. Le hice caso al muchacho y recuerdo muy bien que el primer día me traje 50 arepas que vendía yo a 30 pesos en esos años. Y desde entonces, me siguió gustando”, manifestó.

Desde ese momento, en 1977, comenzó su trabajo frente al colegio San Simón. Se llevaba diariamente 120 arepas y las vendía desde la mañana hasta la noche de lunes a viernes.

‘A punta’ de arepas sacó adelante a sus tres hijos y les dio todo en la vida “para que llegaran lejos, menos mal que ellos me salieron buenos hijos”.

Y como una muestra más de su fortaleza física y emocional, luego de estar encerrada cuatro meses a raíz de la pandemia, y con parrilla en mano, volvió de nuevo a vender arepas en el mismo espacio de siempre.

“Mis hijos me decían que no saliera, pero yo ya estaba cansada del encierro y dije: “Yo me voy pal’ San Simón así sea que me siente a que la gente me mire la ‘jeta’”, expresó con una sonrisa en su rostro.

Aunque sus manos estén un poco desgastadas por el calor de la parrilla, se levanta todos los días agradeciendo a la vida por una oportunidad más de estar allí, su segundo hogar.

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