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Domingo 13, pasadas las 10 de la mañana. La alcaldesa de Bogotá está a punto de pararse frente al atril ubicado en el costado oriental de la Plaza de Bolívar, en Bogotá, cuando -de repente- un hombre de gafas y morral a la espalda, llega afanosamente hasta la primera silla y estampa un papel en el espaldar de la misma, sin siquiera mirar, sin detenerse. Avanza tres pasos y frena en seco, gira, se sube el ajustado pantalón que luce y sale tan rápido como entra.

El operativo sucedió durante el Acto de Perdón y Reconciliación, promovido por Claudia López, luego de las trágicas noches de la semana anterior, que dejaron muertos, destrucción y un odio generalizado en la ciudad. Parecía una buena idea. Al fin y al cabo, nos estamos matando.

En algún momento del discurso, el torcido papelito fue enderezado milimétricamente, quedó derechito y centrado. Y luego se viralizó una sugestiva foto de la silla vacía, con un tarro de gel al lado y donde se lee claramente lo que decía el sticker: IVÁN DUQUE MÁRQUEZ, Presidente de la República. Hay como mil mensajes implícitos en esa foto.

¿Quién fue el genio que tramó toda esa estrategia? Ya sabían que el presidente no iba a ir. Ahí estaban sus delegados. Que no es lo mismo, bueno, esa es otra discusión. Pero, qué ganas tan tremendas de pelear justo cuando los ánimos están bien caldeados. Justo en un evento de reconciliación. Justo frente a las familias de los muertos. Qué mal ser humano el que fraguó eso.

Mandaron poner un papelito y lo pusieron torcido. Mandaron enderezarlo, ¡vaya y pegue esa vaina bien!

Alguien muy cerca del poder, porque esas decisiones no se toman así no más. Todo un genio.

Martes 15, pasadas las 10 de la noche. La caravana presidencial recorre rauda las calles de Bogotá, que todavía huelen a pelea, a pólvora, a miedo. Visita las estaciones de Policía de Kennedy y la Metropolitana, además de los CAI de Castilla y Ferias.

Llegó a conocer esos lugares, enfundado en su reflectiva nueva chaqueta de policía, saludó a los uniformados y los felicitó por su trabajo y su compromiso. Más que merecido.

Aunque no fue al CAI de Villaluz, donde mataron a Javier Ordóñez dos tipos que tenían de dotación chaquetas como la que él lucía. Hubiera aprovechado y saludaba a la familia del ingeniero, creo que también merecía un poco de solidaridad presidencial, seguro que allá la necesitaban. Pero no. Alguien le debió decir que eso, ni de fundas, va y alguien piense que no está luchando contra el terrorismo.

Tampoco fue al funeral del muerto que desencadenó la peor noche en la historia reciente de esta peor ciudad. Qué le costaba. Si hasta le quedaba cerquita de Palacio porque fue por Teusaquillo.

¿Quién le aconsejará que -en estos momentos- el liderazgo que debe mostrar impide que lo vean solidario con las víctimas? ¿Con las familias de las víctimas? ¿Por qué no habrá ido al funeral del señor?

¿Quién le habrá dicho que no fuera por allá? ¿O nadie le recomendó que lo hiciera? ¿Quien le estará diciendo al presidente que defender la institucionalidad es ponerse una chaqueta de policía a la media noche?

Alguien muy cerca del poder, porque esas decisiones no se toman así no más. Todo un genio.

¿Quiénes serán los genios? Porque genios hay en todos lados. Y de todas las vertientes. Incluso, algunos hasta tienen ideas.

Y ahí vamos. Enfrentados entre nosotros mismos. Justificando nuestras razones, nuestras rivalidades, nuestros odios. Defiendes la policía o eres mamerto. Divididos entre los que incendiaron un CAI y los que fueron a repintarlo al otro día. Aunque la mayoría no sea ni haya sido de los unos ni de los otros. La mayoría ni siquiera ha ido a Villaluz.

En Colombia no se puede estar de acuerdo con el aborto y ser de derecha. No se puede pedir que no tumben estatuas y ser de izquierda. No se puede ser gay de derecha. Ni de izquierda. Mejor dicho, no se puede ser gay.

Está prohibido apoyar la institucionalidad y criticar a la Policía. O reclamar decencia en un acto de perdón. Pedir cambios es subversivo. Decir “Estás haciendo lo mismo que criticas. O lo estás minimizando” me convierte en enemigo.

Somos el festival del áulico. Criticar a Duque es ser de la far. Criticar a Claudia es ser paraco. Por cuenta de genios dedicados a sembrar vientos mientras condenan al país a recoger tempestades.

En las noticias del Palacio de Nariño no registraron la nocturna visita del presidente. Seguramente no la vieron tan importante como para para andar informando por todo lado ese gesto presidencial. Eso sí, el mismo día publicaron una nota titulada: “Vicepresidenta visita dos CAI con mensaje de respaldo a institución y respeto a derechos humanos”.

Ella fue a los de San Victorino y Telecom. De pronto, el presidente se decidió a ir a un CAI para que los halcones de su partido no fueran a verlo muy al centro. Todo aguantaría el presidente Duque, menos que le vayan a decir mamerto.

Ni una foto oficial. Ni un tuiter de la Presidencia ni mucho menos de la cuenta personal del Policía por un día. O una noche.

Y tampoco en las noticias del Palacio Liévano, o en la cuenta de la Alcaldía o en el tuiter de la alcaldesa registraron el mañanero incidente del papelito. No sabemos si la alcaldesa estaba al tanto de esa tramoya. Si se enteró por los medios. Si tomó medidas después de saberlo. Seguramente no lo vieron tan importante como para andar explicando semejante pendejada. 

El único problema es que esas pendejadas casi siempre terminan convertidas en provocadoras afrentas y el día menos pensado, las ciudades estallan, las autoridades colapsan, y al final -llenos de rabia y odio- sólo contamos muertos. Para eso sí somos buenos.

Quienes idearon esas estrategias sólo quieren seguir dividiéndonos, entre buenos y malos, entre paracos y mamertos, entre derechas e izquierdas. Quieren seguir asociando protesta social con un lado y abusos de autoridad con el otro.

Eso del papelito es de una cortedad impresionante. Eso de la visita al CAI pero no a los deudos, para ser presidente en público de unos y de otros privado, también.

Los autores de estas ideas no están pensando en el país ni en la ciudad. No suman, dividen. No solucionan, enredan. No asesoran, odian. Genios, diría yo.

El presidente y la alcaldesa deben mantener la cabeza fría, aunque estén rodeados de azuzadores profesionales cual permanentes volcanes en erupción.

Excepto, claro está, que los genios sean ellos mismos. Porque ahí sí, apague y vámonos.

 

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