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Entre ejercer y exigir

Resulta muy interesante escuchar y leer a tantos con relación a los “derechos” y el “estado social de derecho”. Los primeros se atrofian cuando se asumen en conjunto como algo natural, y el segundo se expande hasta convertirse en un Leviatán sin control que todo lo consume, todo lo reparte y poco produce. Una cosa es tener derecho al trabajo y otra cosa es “derecho” al trabajo “bien remunerado”, extendiendo esa noción al punto donde las empresas sencillamente no pueden tener empleados. De allí que tantos profesionales quieran ingresar al sector público, bajo la triste premisa de “el estado no se quiebra”. 

De igual modo, una cosa es tener derecho a una vivienda digna y otro muy diferente asumir que no hay porqué trabajar para lograrlo y mucho menos para sostenerla. Una cosa es tener derecho a la salud y otra llegar al punto de exigir cirugías estéticas, alegando que nuestro físico impacta nuestra salud mental y por lo tanto tenemos que responder a un modelo de belleza socialmente impuesto. Hay fallos de tutela al respecto que son propios de una obra de Les Luthiers. 

Ahora con la pandemia del coronavirus, el Estado aparece como la salvación y andan los gobiernos repartiendo a diestra y siniestra, mientras las empresas, que son las que generan los puestos de trabajo, se ven a gatas para poder obtener créditos a largo plazo y sostenerse. Por ahí dicen que lo que es de todos no es de nadie. También recuerdo alguna vez que uno de mis hijos me pidió comprar algo y cuando le respondí que no tenía plata en ese momento, su respuesta fue “pues vamos al cajero y sacas”. Esa noción infantil del origen mágico del dinero es el que tienen muchos. Papá estado debe ir al cajero y sacar para todos. El problema es que la cuenta está en rojo, en sobre giro. Es decir, se gastan lo que no hay y se compromete un pago a futuro con un interés. Si lo presta a una empresa es posible que lo devuelva, si lo reparte para gasto, pues ya lo perdió.  

Entonces ¿De dónde salen los recursos del estado? Para no hacer de esta columna una clase mediocre de Hacienda Pública, acordemos que provienen de los impuestos y que los hay directos, como el impuesto de renta (usted paga un % de su ingreso) e indirectos (usted compra un producto que tiene IVA y el oferente reporta y gira este último valor al gobierno). También están los ingresos por la explotación de recursos que constitucionalmente son del estado.

Pues resulta que, si las empresas quiebran, se pierden los puestos de trabajo y por el mismo camino el estado deja de percibir ingresos vía impuestos de ambos, empresa y empleados. Si a esto agregamos que los recursos naturales no renovables, por ejemplo, petróleo y gas, que son propiedad del estado, pierden valor en los mercados internacionales y se cotizan muy por debajo del supuesto que se tuvo en cuenta en el presupuesto general de la nación (67 dólares barril de petróleo, hoy bordea los 20); estamos a punto de enfrentar un escenario donde papá estado va al cajero y leerá “FONDOS INSUFICIENTES”.

En ese momento no habrá más mesada, diga lo que diga la Constitución Política sobre un estado que interviene decididamente para fortalecer el vínculo social, que es en últimas el Estado Social de Derecho. En ese momento, además, no habrá para garantizar vivienda o empleo bien remunerado y por lo tanto a todos les tocará salir a ver cómo le hacen para sobrevivir. En ese momento tendrán que salir a ejercer los derechos, es decir, a trabajar, a construir con su esfuerzo una vivienda digna, a proveer por sus propios medios un esquema de protección social que garantice un mínimo de salud y nutrición, etc. En ese momento los que viven de exigir y exigir se verán a gatas porque producir es cosa difícil, mientras que capturar una tajada de lo que otros producen es más fácil.   

 

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