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Ya para qué

Esta semana no la olvidará jamás Óscar Pantoja, un hombre de su pueblo que está a punto de cumplir 8 meses como alcalde de Samaniego, en Nariño.

El sábado 15 fue de los primeros en saber que habían matado a sangre fría a 8 jovencitos del municipio. El domingo tuvo que hacer de tripas corazón y atender papás desconsolados, ministros, policías, periodistas y a todo el que lo necesitara, en medio del caos que debió ser ese pueblo apenas se conoció la tragedia.

El lunes asistió al funeral de Laura, Brayan, Rubén, Sebastián, Oscar, Byron, Daniel y Elián, que apenas tenía 19 añitos. El martes intentaba tomar aire cuando le avisaron que lo esperaban en Bogotá para que le contara –en persona- a Iván Duque cómo iba todo.

El miércoles estuvo en la Casa de Nariño. El jueves ya andaba de vuelta en Samaniego. Y el viernes 21 lo dedicó a atender a la directora de Bienestar Familiar y a organizar la anunciada visita del presidente Duque, que le prometió hacer un Consejo de Seguridad con todas las de la ley.

El presidente de la república también debió tener su agenda movida, por fortuna sin interminables viajes metido entre un carro para cumplir una cita importante ni nada de eso. Bueno, excepto la de los enviados de Trump, que eso sí tocaba atenderlos divinamente (imagínense, eran el asesor de seguridad de Estados Unidos y el jefe del Comando Sur); y la del aeropuerto de Rionegro, parece que era un viaje ineludible. No estoy menospreciando su trabajo pero -claramente- lo del alcalde es de admirar.

Y lo digo por esto: El martes en la tarde, Pantoja -de 37 años- se montó en un carro con una congresista, un funcionario y un amigo, rumbo a Pasto, dos horas y media. Un descanso y arrancaron para Popayán, casi 5 horas. Y siga a Cali, dos horas largas. Y de ahí a Bogotá, pasando por La Línea, antecitos de la madrugada. ¿Han manejado por La Línea a esa hora? Incluyendo las paradas a estirar las piernas, llegaron a Bogotá el miércoles sobre las nueve de la mañana.

La buena noticia es que el presidente estaba en Medellín. ¿En Medellín? ¿Y eso? 

Ahí está el video de Duque, donde se le ve -súper juicioso- recibiendo un avión en el aeropuerto de Rionegro, viéndolo cruzar el arco de agua que hacen los bomberos, y después saludando a los pasajeros. Estaba en Bogotá y se montó en el avión presidencial, para eso. Para recibir un avión.

¿Y no hubiera sido mejor haber volado a Nariño? Una hora larga de viaje a Pasto y de ahí un helicóptero lo lleva a Samaniego, 15 minutos. Pero el hubiera no existe.

En todo caso, ese día el alcalde se sentó en el salón-estudio de la Casa de Nariño y habló largo y tendido sobre la realidad de su tierra.

De allá salió de noche, con un par de promesas bajo el brazo, se montó al carro, arrancó de vuelta a Samaniego y a su municipio llegó el jueves en la tarde. 18 horas de ida. 18 horas de vuelta. Para una cita con el presidente de la república que pudo hacerse por zoom.

Pregunto ¿por qué el alcalde tuvo que viajar 850 kilómetros de ida desde Samaniego hasta Bogotá y 850 de vuelta? ¿Por qué mejor no fue el presidente a Samaniego? ¿O qué le costaba mandarlo recoger? Que lo trajera un vuelo militar. O el avión del fiscal. ¿Por qué hay avión y helicóptero para todo y para esto no?

Si estaba en el aeropuerto José María Córdova viendo aterrizar aviones, ¿por qué no aprovechar y montarse en uno? ¿Por qué la gente de Samaniego y de Leiva y de Balboa y de todos esos municipios lejanos, los tratan como si fueran de cuarta categoría?

En tuiter, el presidente @IvanDuque dijo : “En nuestra visita al @AeropuertoMDE vimos cómo se cumplen los protocolos, tanto en terminales como en aviones”. ¿En serio tocaba ir a ver cómo se cumplen unos protocolos?

No puede ser. En Nariño están matando gente día de por medio. Sobre todo niños y jóvenes. Tal vez hubiera sido mejor irse para allá. A Samaniego. A decirle a los criminales que los van a perseguir, pero decírselo allá, no por el programa de las 6, revuelto con la cifra de muertos por coronavirus.

Y de paso, abrazar a cada mamá, a cada papá, con tapabocas pero abrazarlos. Que sintieran que tienen un presidente que se preocupa por ellos, que es solidario, que está al frente de la situación para que -además- el resto de los habitantes de Samaniego pueda dormir un poquito menos angustiado porque vino el presidente y encargó a un general de la seguridad. O a un sargento. O al que sea. Y todos más tranquilos. Aunque sea esa una noche.

Porque el problema también es de tranquilidad. De sentir la presencia de quien lidera. No de verla por televisión. O peor, de verlo recibiendo un avión y después reuniéndose con el alcalde de Medellín. Ah no, el de Samaniego, que eche carretera, que aquí lo espero. Y ahí le llegó.

Estos tecnócratas, tan fríos para unas cosas.

Esta semana vi un tuiter del asesor de comunicaciones donde destacaba la favorabilidad del presidente en 3 encuestas. Y anotaba: “Mucho trabajo por delante y humildad en el camino”.

¿Humildad en el camino? No se notó mucho con Samaniego. Humildes si van a la Casa Blanca. Humildes si la emergencia es en Medellín. O en Cartagena. De pronto, en Cali un poquito.

Hasta donde me informaron, el prometido Consejo de Seguridad ya no se iba a hacer. Estaba previsto cambiarlo por un acto privado del presidente con las familias de los muchachos asesinados. Un poco tarde, me parece. Y además, sin preguntas de periodistas. Van y lo incomoden.

Eso sí, toque de queda en Samaniego mientras está el presidente. Nadie sale de la casa. Ni a la esquina. Dicen que eso por allá es muy peligroso. Pero no creo que en el municipio se sorprendan con el cambio de planes. Están acostumbrados a que no les cumplan. 

El presidente pudo ir el domingo y hacer el facebook live desde allá. O el lunes y aplazar la cita con los gringos. O el martes, a hacer el Consejo de Seguridad. O el miércoles y cancelar la ida a Medellín. Debió asistir a ese funeral. Llevar algo de consuelo, algo de tranquilidad, algo de esperanza, algo.

Estar con las familias de las víctimas, mostrar que la solidaridad no se predica únicamente por redes sociales. Desde allá tenía que decirle a los colombianos que no iba a permitir que los siguieran matando. Pero no.

El señor presidente va a Samaniego ocho días después de la masacre. Parece que fuera a regañadientes, como obligado, como si no quisiera. Él, que va a todo, a casi todo. Incluso a Rionegro, a recibir aviones. ¡Ya para qué!

 

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