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Vivir pacientemente en alegría

Desde hace un tiempo, quizá muy breve, abocada por la pandemia o quizás llevada a los extremos por ella, descubrí que hay valores que superan algunos mandamientos éticos; ser feliz o vivir en alegría no es un imperativo ético de nadie en estos tiempos, pero es preciso pedirle a los más jóvenes que lo intenten en sus vidas.

Vivir en alegría es muy difícil, curioso porque parece en principio un mandato sencillo, el gozo en los momentos de compañía e incluso en los solitarios es de suma importancia, pero la alegría no es plena sino se da.

La invitación es a dar siempre con alegría. No suelo hacer ninguna referencia religiosa, y presento excusas a aquellos que no creen en el relato cristiano y en la existencia de Dios. Sin embargo, no es fácil permanecer escéptico en tiempos de tribulación.  

Hay una frase bíblica que llama profundamente mi atención: Corintios 9:7 Cada uno debe dar según se lo haya propuesto en su corazón, y no debe dar con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama a quien da con alegría (2 Co 9:7).

La alegría debe estar en el dar, pero para dar en el marco del ejercicio de una profesión, ocupación u oficio requiere de pasión. Quien no hace las cosas con pasión, en el fondo actúa sin conciencia

La pasión es una llama que se le pone al corazón para mantenerlo caliente, es la que empuja a que en el momento de dar lo hagamos mejor, no en el común, no en lo ordinario, es la que nos mueve con sentido, por eso, cuando nos comprometemos en un trabajo, debemos procurar no solamente hacerlo bien, sino hacerlo con pasión y, de este modo, hacerlo extraordinario. En la vida debería ser consigna: “dar con alegría aquella actividad que hacemos con pasión”.

Eso suena fácil, pero para llegar a cumplirlo es complejo si se carece del valor de la paciencia. Nadie puede dar alegremente con pasión, si antes su actuación no ha estado provista de paciencia. 

Es muy sencillo, no eres alegre cuando estás impaciente, no puedes dar con pasión si eres impaciente, nada suele salir bien en la impaciencia. La paciencia era un valor olvidado y fue puesto a prueba en la pandemia, y es curioso porque la paciencia es la virtud que más se pierde cuando más se necesita, es tan esquiva, y es así porque ella requiere tiempo y cuando uno cree lograrla aparece algo, alguien o solo una palabra para perderla. 

La paciencia tiene muchas y variadas definiciones, se advierte como: la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, o la capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas o la facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho o se asocia a la lentitud para hacer algo. Padecimiento, espera, peso y lentitud, que duro es tener paciencia. Pero que virtud poder tenerla, porque con ella se logran procesos reflexivos, racionales, permite la creatividad.

Así que hay que cultivar la paciencia, con los propios y los extraños, con los jefes, con los empleados, con los que prestan un servicio público, con los hijos, la familia, los profesores, Y tener una paciencia enorme hacia sí mismo, para que la frustración no nos conduzca a pensamientos inadecuados, recordando siempre que “cuando se actúa pacientemente todo fluye”.

 

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