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Universidades del siglo XIX para enfrentar los retos del siglo XXI

Algunos añoran los internados y las aulas restringidas a unos pocos que pudiesen demostrar no tener origen en familias de artesanos o campesinos. La sociedad cambió, la universidad debe acompañar ese cambio con responsabilidad y ser punto de partida para la innovación, centro de reflexión sobre la ética y la democracia, promotora de la investigación y de la ciencia

Ahora que la enseñanza remota ha dejado de ser una alternativa coyuntural para enfrentar las cuarentenas, el distanciamiento y todas las restricciones que se han impuesto para tratar de lidiar con la pandemia del COVID19; muchos añoran el regreso a los campus y a las aulas, incluso alegando que una plataforma jamás podrá reemplazar la interacción que se vive de manera presencial. Varios colegas me han expresado su malestar con la educación “virtual” y su preocupación por el proceso de aprendizaje de sus alumnos. Algunos incluso están preparando un conjunto de clases de “nivelación”, argumentando que han quedado muchos vacíos en las sesiones que se vienen llevando a cabo a través de los medios digitales. 

La nostalgia, el reto de las nuevas tecnologías, el malestar que produce sentir que algún alumno no presta suficiente atención y que incluso apagó su cámara o desactivó su micrófono, ha hecho que muchos profesores cuestionen la educación en línea. Sienten que la plataforma no es suficiente, que a veces falta compromiso, que hay dificultades técnicas y que los avances en calidad académica se han tirado por la borda. 

Pues bien, el problema es que seguimos pensando el siglo XXI en universidades del siglo XIX. Todavía hay maestros que se niegan a cargar un control de lectura en el sistema de gestión del aprendizaje porque solo confían en los cuestionarios que se resuelven estando el maestro presente. Aún hay quienes insisten en la lógica de reprobar, sin más, a quienes no han logrado apropiarse de los contenidos clave que se “evalúan” en un examen, asumiendo que la educación es una competencia en la que deben triunfar unos pocos. Muchos siguen pensando que la única forma de garantizar la excelencia académica es con robustos exámenes de admisión que terminan por excluir el potencial y la capacidad, premiando muchas veces el privilegio

Es muy fácil criticar la falta de lectura en las nuevas generaciones cuando se ha tenido la posibilidad de contar con una biblioteca, computador de última generación y conexión de banda ancha en casa ¿Qué hacer con la mayoría de latinoamericanos que no tiene con qué comprar un libro o pagar una conexión a internet estable? Sencillo, se les permite presentar un examen de admisión en “igualdad de condiciones”. Anatole France se queda corto. 

Lo que corresponde es asumir las nuevas tecnologías como los cimientos de una gran revolución educativa que, a su vez, responda a la libertad. Que cada quién estudie lo que quiera, lo que la haga feliz, lo que le genere la más alta motivación y lo mueva a interactuar con sus compañeros, profesores y a realizar con responsabilidad el conjunto de actividades que hoy puede encontrar en plataforma, cuando encuentre tiempo para ello. Puede aplicar en su día a día lo que aprende en la universidad, esa que lleva en el celular, en su computador, en su bloc de notas, en su libro; esa que hoy promueve la omnicanalidad y cuyo campus es digital y físico. 

El reto está en transitar hacia un modelo que tenga al menos lo siguiente: 

  1. Excelencia en contenidos, garantizando que los estudiantes se “enganchen” con todas sus clases, actividades, lecturas, objetos de aprendizaje y todo aquello que la universidad sugiera para acompañar su proceso y que debe incluir cine, teatro, visitas a las empresas, a los museos, ferias y todo aquello que la comunidad académica considere importante para garantizar la formación integral. 
  2. La mejor interacción en el campus físico y digital, donde los estudiantes puedan compartir sus avances, dificultades, inquietudes; donde puedan revisar el trabajo de sus compañeros, comentarlo y evaluarlo; donde los profesores participen activamente sugiriendo diferentes caminos para resolver inquietudes, buscando siempre promover la creatividad, esa que no es genética sino que se aprende, se asume. 
  3. Desarrollo de habilidades a través de ejercicios prácticos, simuladores, experimentos, trabajos en equipo para abordar y resolver problemas. En el hacer está la mayor riqueza de la universidad. 
  4. Alta motivación de todos los estudiantes, para que vean la educación superior como la posibilidad de transformar las cosas, de observar, de experimentar, de aceptar la disciplina y la exigencia como algo clave en sus vidas. 
  5. Compromiso docente con la generación de conocimiento y el acompañamiento al proceso de aprendizaje, logrando la mejor retroalimentación posible. La investigación, los argumentos, los datos, el método científico y la lógica por encima de cualquier posición particular o prejuicio. 

Preguntó alguna vez Brunner “¿Cómo hablar de universidades exitosas en sociedades que fracasan?” Ya es hora de asumir los cambios que requiere la educación superior. 

 

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