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Cómo duele ver a nuestro país paralizado, lleno de bloqueos, de violencia, de indignación, de furia, de odio. Es la síntesis expresiva de muchos males que nos aquejan: el bajo estado de ánimo en el que nos sumió la pandemia, la crisis de la democracia representativa y la polarización política que parece haber hecho definitiva la fractura de la nación en dos grupos.

La pandemia nos cambió a todos; han sido tiempos extraños y difíciles. Los estudios hablan de los profundos y silenciosos efectos del miedo y la ansiedad sobre nuestra psiquis.

A esto, hay que sumarle la aguda crisis que atraviesa la representación democrática. La ciudadanía, para bien, se ha sentido empoderada con las redes sociales. Quieren participar, opinar, tomar las decisiones. Sin embargo, esto supone un difícil reto para los representantes elegidos por la democracia.

Quienes antes eran delegatarios de la confianza y expresaban la voluntad popular; hoy son solo credenciales para muchos poco significativas. Habría que reflexionar en torno a hacia dónde van las democracias con la exuberancia de los estados de opinión.

Si dejaremos de elegir “representantes del pueblo” para remplazarlos por sondeos de opinión que permitan determinar cuál es la mayoría para cada decisión; o si respetaremos esas delegaciones que hemos dado con nuestro voto, por los períodos acordados.

Lo más preocupante ha sido la trivialización de la política pública. Las dificultades de transformación o de solución de los problemas sociales se han resuelto con la simpleza de decir que el gobernante es inepto o no quiere. La complejidad de la política pública se resolvió con una frase de cajón: es un tema de voluntad política.

Y otra vez el país se parte en dos. Unos que vemos los desmanes, los bloqueos y la quiebra de nuestra economía, el temor, la inseguridad y el peligro de la debilidad estatal. Otros que ven exceso de fuerza y autoritarismo en el gobierno y miles de razones para estar indignado y protestar. Podríamos pasarnos varios días debatiendo sin ponernos de acuerdo.

Tal vez convenga hacer una pausa, renunciar por un momento a “la verdad”. Podríamos pensar en aquello que todos los colombianos pretendemos.

Importa que nuestro país tiene el 42% de ciudadanos en la pobreza, que estamos endeudados en un 64% del PIB. Lo cierto es que necesitamos recursos. El desempleo rampante, miles de empresas quebradas y quebrándose nos exige acelerar la reactivación. La ciudadanía requiere trabajo, los empresarios crédito y mercado.

En este paro estamos caminando en el sentido contrario: más empresas se quiebran, la reactivación se dilata, crece el desempleo y perdemos recursos.... Siempre es momento para protestar, pero hoy más que nunca debía ser de manera pacífica, organizada, sin causar ningún daño.

Por supuesto, hoy como todos los días, también debemos respaldar a nuestra fuerza pública cuyo sacrificio es y ha sido fundamental para nuestra democracia; y por supuesto aspirar al respeto a los derechos humanos.

Tal vez, podría ser que, por esta vez, quienes están a favor del paro sean los voceros más enérgicos contra el vandalismo, los bloqueos y los saqueos. Podría suceder que su voz sea mejor para calmar los ánimos y transformar la protesta en una manifestación pacífica que respete los derechos a la seguridad, la propiedad y a la participación en el mercado.

Podría ser que sean ellos quienes se esfuercen para recuperar el respeto hacia nuestros policías y soldados, que sean ellos quienes les agradezcan. Estamos, desde este lado, nosotros dispuestos a pedir respeto por los derechos humanos, cuidar la manifestación pacífica y a cada uno de los protestantes.

Nos encargaríamos de pedir oídos para las propuestas, de ser oídos, de tratar de construir con todos. Tal vez, lograríamos sosegar los ánimos. Tal vez, escucharnos un poco. Tal vez estar unidos por Colombia, que es al fin y al cabo, nuestro terruño.

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