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Andrés Tafur Villarreal

“Una mujer con conocimiento, es una mujer que transforma el mundo”

La frase es el estado de What’s App de Dagmar Hernández, cofundadora de la Red de Mujeres Chaparralunas por la Paz, quien falleció este domingo, producto de un cáncer que no había podido doblegar su activismo social por las mujeres surtolimenses. 

Al anhelo de construcción de paz en el sur del Tolima, le harán falta dos lideresas extraordinarias: Dagmar Hernández y María Elvira Paya. 

Dagmar cofundó la Red de Mujeres Chaparralunas por la Paz, proceso que inició hace más de 15 años en un escenario complejo mediado por la guerra y la violencia contra las mujeres. 

Las “chaparralunas”, como se llamaba a sí misma y a sus compañeras, son reconocidas por su labor organizativa y sus acciones por la paz con enfoque de género. 

Esta organización ha sido pieza clave en la construcción de políticas locales de género, y en la creación de estrategias ciudadanas de control social a la gestión pública municipal, departamental y nacional. A ellas se debe en buen parte el posicionamiento de las demandas de las mujeres en el espacio público del Sur del Tolima. 

María Elvira Paya, quien falleció el año pasado, fue una reconocida lideresa indígena, única mujer gobernadora del Resguardo Nasa Wesx de Gaitania hasta ahora, y una de quienes tejió el proceso de paz con el frente 21 de la antigua guerrilla de las FARC en ese territorio. 

Durante el periodo de la Seguridad Democrática, cuando el gobierno Uribe pretendió ilegalizar el Acuerdo de Paz Nasa - FARC, María Elvira organizó a las mujeres del resguardo para alzar la voz y decir: “nuestro acuerdo no es un acuerdo ilegal, es un acuerdo sagrado… y lo es porque salva vidas”. 

Pensar en Dagmar y María Elvira es evocar palabras como energía, fortaleza, acción, decisión, solidaridad, empatía, justicia. Desde los procesos sociales que lideraron, esto era lo que representaban estas mujeres. 

Dagmar, como líderesa social y defensora de derechos humanos, María Elvira, como autoridad Nasa protegiendo la paz buscada por su comunidad, la defensa del territorio y de los derechos de las mujeres indígenas. 

Estar junto a ellas era sentir la fuerza de su voluntad, esa que en el caso de Dagmar la llevaba a emprender todas las ideas que le surgían sumando a unas y otros en el camino, y María Elvira, quien desde la fuerza de su palabra no callaba su demanda permanente por los derechos de su comunidad. 

Ambas, trabajadoras incansables, curtidas por la experiencia y por la esperanza de que las cosas podían ser diferentes para las mujeres violentadas en sus derechos, para las comunidades impactadas por la guerra y para el Sur del Tolima como un territorio posible de paz. 

Desafortunadamente la enfermedad llegó a sus vidas, y aunque lucharon como siempre lo hacían, finalmente dejaron sus cuerpos y elevaron sus espíritus. 

Las despedimos con tristeza pues nos encantaría seguir contando con sus palabras, acciones, abrazos, sonrisas y miradas altivas, pero a través de su legado las sentimos vivas, ahora más vivas que nunca. 

Sabemos que las semillas y frutos que plantaron están vivos en sus procesos sociales, en cada mujer que seguirá impulsando su trabajo por la defensa de los derechos de las demás, en cada organización que luchará por la construcción de la paz y en cada comunidad que seguirá protegiendo el territorio.

Gracias infinitas Dagmar, María Elvira y cada mujer que continúa el camino.

Sea esta también la oportunidad de llamar la atención a la recién creada Secretaría de la Mujer para que reconozca, articule y fortalezca los procesos de organización de base, y realce la labor de las lideresas cuyas luchas hoy hacen posible y cada vez más común hablar de derechos humanos de las mujeres. 

 

Escrita con Pilar Vargas Acosta