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Desarrollo de competencias clave desde la escuela, ambientes de sana competencia y lectura aplicada.

Hemos escrito una y otra vez que América Latina va mal en educación, compartiendo algunos datos de las pruebas PISA, e invitando a que se consulten los observatorios laborales y las múltiples fuentes de información que revelan un panorama muy difícil. Hoy quiero compartir con quienes me leen tres propuestas en materia de educación. 

En primer lugar, urge revisar los objetivos de aprendizaje del conjunto de asignaturas que deben “cursar” los estudiantes en los diferentes niveles de educación, con el fin de asumir el desarrollo de competencias más allá del documento que se comparte y se sube al portal de la escuela. La clave está en encontrar nuevos caminos para que niños y niñas quieran buscar e investigar, esforzarse por desarrollar una nueva habilidad y enmarcarla en el conjunto de saberes, conocimientos y valores que los rodean, para que encuentren su relevancia y la asuman como algo de su día a día. No podemos seguir exigiendo de las nuevas generaciones que aprendan a aburrirse en el aula. Winston Churchill recordaba a su profesor de latín en la escuela y cómo solo quería salir de allí y regresar a casa de esa “odiosa servidumbre”. Hoy muchos sienten lo mismo.

Para ello, necesitamos amplios programas de acompañamiento y formación docente, que incluyan ejercicios, talleres y laboratorios de programación, diseño, análisis de datos; pero también tertulias sobre lo último en arte, literatura, historia, filosofía. Nada hace más daño que un maestro que se acostumbra a repetir la lección. Al final de cada periodo debemos evaluar los avances de cada estudiante, pero también de cada profesor, cruzando el resultado de los primeros con la motivación que logra el segundo. Se requieren exámenes unificados, sin duda, pero también mejores ejercicios para evidenciar la formación vía proyectos, trabajo en equipo, comportamiento ético, el valor que le dan al esfuerzo y la forma como logran regular la angustia.

En segundo lugar, es clave promover activamente escenarios de sana competencia. Nos guste o no, el mundo de hoy empieza girar entorno a la innovación, a la “destrucción creativa”, a la competencia global. Una aplicación móvil, por ejemplo, hoy se piensa en La Paz, se diseña en Texas, se afina en Alemania, se desarrolla en India y su estrategia de marketing digital se aterriza en Singapur. Sin duda, debemos formar seres humanos solidarios, pero tenemos que prepararlos para el mundo al que se van a enfrentar y que pueden transformar siempre que no teman asumir riesgos, que no se arrodillen frente a la altísima probabilidad de fracasar y que quieran ser los mejores.

Hackatons, ligas deportivas y culturales, clubes de debate, ferias de emprendimiento con entrenadores exigentes que les exijan dar el 200% y jurados que sean directos y duros en su retroalimentación. Programas de reconocimiento a la excelencia que incluyan caminos de mentoría con ejemplos a seguir, pero también caminos de reforzamiento o desarrollo de nuevas habilidades (upskilling) para quienes se empiezan a quedar atrás. La creatividad no es genética, de manera que no hay excusa para seguir insistiendo hasta que la “chispa creadora” estalle.

Esa política de admitir solo a “los mejores” para poder ser “la mejor universidad”, dejémosela a una minoría que no quiere ver el cambio que se gesta en el día a día de quienes sufrieron la escuela, pero quieren seguir aprendiendo. Abramos las puertas de las universidades no para “impartir” o “dictar”, sino para promover el aprendizaje.

Por último, no hay nada más importante que promover la lectura, pero no cualquier tipo de lectura, no aquella de leer en voz alta y con perfecta entonación, pensando en que se escuche bien y sin poner atención al contenido; no aquella lectura obligada para cumplir un requisito, sino aquella pensada y diseñada en conjunto.

Profesores y alumnos deben tener espacios fuera de las aulas y plataformas para compartir y guiar la lectura, siempre aterrizando en asuntos que nos afectan en el día a día. Hablar del desarrollo de la Ciudad de México, acompañado de Villoro o Fuentes; pensar la historia de América Latina y sus cien años de soledad; hablar de innovación con el caballero de la triste figura. Perderse una tarde en el palacio nacional con Diego Rivera o pensando la filosofía de la liberación con Dussel. Recordar la historia desde los precios del maíz con Enrique Florezcano o estudiar la democracia y la pedagogía con Estanislao Zuleta y Paulo Freire.

La educación nunca puede ser un camposanto, tranquilo e insonoro, pero tampoco debe caer en la tentación del “rompan todo”. Tiene que encontrar el sano punto medio, ese que en la escuela pocas veces nos incitaron a buscar.

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