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Déficit fiscal cercano al 10%, deuda externa llegando al 70% del PIB, contracción económica proyectada en 8%, cuarentenas para enfrentar la pandemia del COVID, empresas sufriendo para poder pagar la nómina y esperando que todo en algún momento mejore. Varios centros de pensamiento ya pronostican que 2021 no será el año de la recuperación y mucho menos de la reactivación económica. 

Se anuncia nueva reforma tributaria y al mismo tiempo se celebra que tendremos en 2021 el presupuesto de inversión más alto de la historia ¿Quién paga? 

Se hace un incremento al salario mínimo que corresponde a tres veces la inflación, pero mientras tanto la desocupación se mantiene por encima del 10% y el empleo formal apenas supera el 50%.

Suena bien que nadie se gane menos de un millón de pesos y que el estado le gire recursos a todo aquél que no logre ese ingreso. Hacerlo realidad implica que la minoría sostenga a la mayoría. Brillante idea. 

Los políticos que ejercen cargos en el estado son felices retratándose inaugurado obras y repartiendo el presupuesto entre sus seguidores, recordando que “el futuro es de todos”. Esto último es verdad, es de todos. La deuda, el déficit, es de todos y todos tendremos que pagar de una u otra forma. Toda obra pública significa impuestos, escribía Hazlitt. Nada de malo tendría esto si fueran reducidos y para todos por igual, pero no, en Colombia hay un acuerdo nefasto entre una minoría que se apropia de las rentas estatales vía contratación y una minoría que logra un empleo formal superior al salario mínimo: los primeros mantienen su posición dominante imponiendo regulaciones y otras trabas que evitan la llegada de nuevos competidores, y la segunda logra beneficios para sus huestes, dejando a su suerte a la mayoría de colombianos que hace de tripas corazón para salir adelante, sin un empleo fijo y por lo tanto sin poder cotizar a la seguridad social.

¿Pensar en un salario mínimo diferencial, que promueva la formalización de las relaciones laborales en las regiones más apartadas? Descartado, pueden surgir nuevas industrias y muchos emprendedores podrían dejar el paraíso que se ha logrado en los principales centros urbanos. Incluso podrían surgir nuevos electores, mucho más libres y con alternativas de empleo diferentes a las que ofrecen los políticos en alcaldías y gobernaciones. “¡Ni de vainas!”

¿Promover que se acabe de una buena vez el impuesto progresivo y que todos los que ganen más de cincoo salarios mínimos (4,5 millones de pesos) paguen un 25% de impuestos, de los que se descuentan seguridad social, parafiscales y otros? Ni hablar, ser rico está mal y tienen que pagar más porque eso es justicia. Que muchos logren evadir y no tengamos cómo evitarlo no importa porque al menos el discurso es buen pan para el circo. 

¿Reducir el gasto público y la burocracia estatal? Ni lo piensen. Todo gerente de hospital necesita conductor, asistente y secretaria para vigilar al único médico y a una que otra enfermera o auxiliar de enfermería a los que se les deben horas extras, prestaciones y demás. Además, ¿Cómo le haría un agobiado senador para asumir su labor sin los 45 millones de pesos mensuales que puede contratar en asesores y asistentes? Se volverían locos y entrarían en depresión. ¿Qué sería de Colombia sin los altos consejeros, altos comisionados, consejeros, comisionados adjuntos, asesores, asistentes de los asesores? ¿A dónde irían a parar los brillantes profesionales de las mejores universidades del mundo o los MPAs que estudian en el “primer mundo” para servir en este? 

Ya dejemos de decirnos mentiras. En Colombia la política es el ejercicio del poder sin limitación alguna y por lo tanto no es política. Eso de quien se lleva qué, cuándo y cómo de Harold Laswell, o el ejercicio limitado del poder que anotan Klingemann y Goodin en sus manuales de Ciencia Política, aquí “no pegó”, como alguna vez me expresó un “líder” en Soledad al opinar sobre la ley de contratación pública. 

Si no hacemos algo, si no logramos vencer el miedo a la persecución laboral, social y de todo tipo, que acompaña levantar la mano y expresar que las cosas están mal, que no podemos seguir gastando lo que no tenemos, que no es justo que las nuevas generaciones asuman la deuda de lo que de manera irresponsable nos gastamos ahora, que los pequeños y medianos empresarios necesitan poder invertir en sus empresas y no pagarle al estado porque sí y porque no; pues tendremos que aceptar de una buena vez que la política se acabó y que así lo quisimos. 

Nota: el ataque de ira de Donald Trump logró lo impensable, que ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos quedarán en manos de los demócratas y que las cosas buenas que logró su gobierno quedarán en el olvido. La soberbia es un demonio, el peor de todos. 

 

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