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Desde hace mucho tiempo todas las encuestas muestran que el Congreso de la República tiene una baja aceptación de la opinión pública. 

Los ciudadanos no ven que la tarea de los senadores y representantes a la cámara contribuyan sustancialmente en la disminución de los problemas que vive el país. Esto sin hablar de la dualidad de funciones de las dos cámaras.

En un país en donde la gran mayoría de las personas sobreviven con un salario mínimo resulta grotesco los salarios que estos reciben, para nada ayuda las prerrogativas que tienen los honorables padres de la patria.

Se viene planteando desde hace años que debería reducirse el Congreso, sin embargo, ¿será que realmente el problema es el número de senadores y representantes que integran las corporaciones? o ¿habrá un fallo en el diseño de las ramas del poder público en colombia y en el modelo de representación política?

Inicialmente voy a decir que la respuesta se encuentra en una escala de grises, que disminuir el numero de congresitas no resuelve los problemas estructurales que tiene esta institución y que por el contrario podría traer nuevos problemas a la fragil democracia colombiana.

Una forma de contestar la primera pregunta es visualizar al Congreso de la República sin pagarle salarios a los congresistas. Es muy probable que si a los congresistas no les pagaran los sueldos que hoy reciben el debate se centraría en lo fundamental, el papel de representación que ellos hacen en un sistema presidencialista como el nuestro.

Sabemos que a los congresistas hay que pagarles, por lo que este tema del costo presupuestal debe separarse de los temas de eficiencia, productividad, representatividad que hoy también critican los colombianos. Una cosa es lo que vale operar el congreso y otra lo que finalmente hacen, por lo que motivar la reducción del congreso apelando a los tres anteriores temas es un error.

Con relación a la segunda pregunta, frente a lo que hacen, la respuesta debe darse desde la reflexión de lo que pueden y logran hacer los congresitas en un sistema presidencialista de una república unitaria como la nuestra.

La verdad es que los congresistas se hacen elegir para reclamar por los intereses de las regiones, y recién se posesionan, la mayoría de estos se convierten en los voceros del gobierno nacional en las regiones, el sistema los lleva a eso, no les queda otra cosa que hacer.

El estatuto de oposición ha fortalecido este accionar. En este cambio de actitud es donde radica la inconformidad de las personas, ven con frustración el corto circuito entre ellos y sus elegidos, entre lo que les prometieron y lo que les ofrecen, por ejemplo, muchos congresistas estaban dispuestos a votar silenciosamente la reforma tributaria de carrasquilla pensando en el favor presidencial y no en la situación de sus electores.

Un tema que no se puede dejar de lado es el de la corrupción, existen muchos casos que involucran a los padres de la patria, sin embargo, no hay evidencia que esto tenga que ver con el tamaño del congreso, la evidencia apunta a las relaciones malsanas con el ejecutivo y con el financiamiento de las campañas electorales, es decir el problema está en el diseño del sistema electoral, la democracia interna de los partidos y el financimiento.

Reducir el congreso trae consigo una gran amenaza de representación política, al reducir el número de congresistas se favorece directamente a los grandes movimientos políticos en desmedro de las nuevas iniciativas políticas y de las llamadas nuevas ciudadanias.  

Evidentemente este debate seguirá estando en la retina de muchos, por lo que vale la pena decir que la discuión tiene que abordar el sistema de partidos, el sistema electoral y el financiamiento de las campañas electorales.

Valdría la pena revisar si el Congreso está sobrevalorado y que tanto tiene que ver esto con la llamada democracia representativa con visos de democracia participativa. Podría ser que el tema debe ir mas allá, en terminos del sistema democrático, escalando como nación a una democrácia deliberativa.  

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