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Greis Cifuentes

Columnista ElOlfato.com
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¿Por qué se debe invertir en arte y cultura?

Está es una pregunta que no deberíamos ni siquiera plantearnos, debería ser obvio que el Gobierno invirtiera un presupuesto mayor al 0.2% del PIB en cultura. Sin embargo, la realidad no es solo que el presupuesto disminuye anualmente sino también que la cultura tiene la cartera más pobre del Estado.

No me voy a centrar hablar del tema de moda en cultura, llamado ‘economía naranja’ que responde a la generación de riqueza y fortalecimiento de las industrias creativas y culturales ya que sobre este punto de vista, vemos el valor instrumental de las artes y la cultura para justificar su financiación pública. En otras palabras, invertimos en cultura esperando que genere desarrollo económico, y para eso tenemos la Cuenta Satélite de Cultura qué arroja los datos del aporte de la cultura a la economía del país. Por la misma naturaleza intangible de las artes es entendible el enfoque del sector público en dar más peso a su valor económico sobre su valor cualitativo, que es más difícil de medir.

Sin embargo, mi interés es abrir un espacio de reflexión sobre la tendencia del gobierno en valorar la cultura por su ‘impacto económico’ en lugar de su valor intrínseco. Debemos transcender el debate sobre el cual se ven obligados muchos políticos de apreciar las artes y la cultura en términos de sus beneficios instrumentales e incentivar la investigación, y cuestionamiento sobre lo que la cultura realmente es en sí misma. El valor simbólico, patrimonial o ancestral que la cultura representa para el individuo que la practica. Cómo se mide el efecto que tiene una canción para una persona? lo que siente cuando baila? cuando ve una pintura? o lee un libro? Ese efecto que toca todos sus sentidos y emociones llega a ser en algunos casos indescriptible, y es la esencia de la persona que consume capital cultural.

Una muestra clara de ello, es la transformación social de la Comuna 13 de Medellín en donde el arte y la cultura han contribuido a propiciar escenarios que promueven la convivencia e incluso el desarrollo de un ecosistema cultural.  En principio no debería esperarse un retorno económico a partir de su inversión. Aún así, las iniciativas que privilegian el componente cultural como factor de desarrollo logran un detonante de transformación en su entorno: se convierten en puntos de encuentro que facilitan el diálogo, dan voz a quienes no la tienen, hacen visibles, accesibles y públicas las opiniones, sentimientos, intereses o problemas de una comunidad fortaleciendo de este modo el tejido social y estimulando la construcción de capital social.

Es inaceptable que a la fecha una ciudad con más de 500.000 habitantes no cuente con un complejo deportivo y ni mencionar espacios culturales porque son prácticamente inexistentes. Por eso, proyectos como el acto legislativo que convierte a Ibagué en un Distrito Especial, Musical y Creativo es un primer impulso que permite potenciar el desarrollo de políticas públicas alrededor de la cultura y exigir un mayor presupuesto, sin embargo es necesario que se trabaje de manera articulada con políticas integrales que no solo incentiven el emprendimiento y la generación de empleo, sino que también reconozcan el valor intrínseco de la cultura.

La cultura es un derecho y es deber del Estado garantizar que todos los ciudadanos tengan acceso a la vida cultural y puedan disfrutar de sus beneficios. Esa transformación cultural profunda que tanto necesitamos requiere no solo tiempo sino voluntad política.