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Santiago Barreto y la contaminación visual del Cañón del Combeima

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Editorial EL OLFATO

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08 de febrero de 2026
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Santiago Barreto y la contaminación visual del Cañón del Combeima

Hay campañas que revelan más de lo que prometen. No por sus propuestas —que a veces brillan por su ausencia— sino por la forma como irrumpen en el espacio público. En Ibagué, la candidatura al Senado de Santiago Barreto ha dejado una huella visible, literal y preocupante: la apropiación del paisaje como si fuera propiedad privada.

No bastó con intervenir, de manera cuestionable, la fachada de una casa histórica en el barrio La Pola. La casona de Leonor Buenaventura —parte de la memoria arquitectónica de la ciudad— fue modificada y cubierta con publicidad electoral del heredero político del barretismo.

Pero lo ocurrido en el Cañón del Combeima trasciende la anécdota urbana. Se trata de la reserva natural más importante de Ibagué, pulmón ambiental y destino turístico que debería estar protegido con celo institucional. En cambio, hoy luce invadido por vallas, pancartas, pasacalles y pendones que desfiguran el corredor ecológico.

No es solo una discusión estética. Es una cuestión de límites. La normativa electoral fija topes y condiciones para la publicidad exterior. La pregunta es simple: ¿se respetaron? Y si no fue así, ¿por qué ninguna autoridad actúa?

La saturación publicitaria no parece un descuido logístico, sino una demostración de músculo. El poder económico del actual senador Óscar Barreto —figura dominante del grupo político— permitió una impresión masiva que convirtió el paisaje en vitrina electoral. En la zona donde nació, donde reside y donde también emerge su principal rival, Miguel Barreto, primo y competidor por la misma curul, la campaña parece haber adoptado el lenguaje del territorio conquistado.

La política, cuando pierde el sentido de lo público, termina reducida a exhibición. El paisaje deja de ser patrimonio colectivo y se convierte en lienzo para la competencia familiar.

El daño no es únicamente visual. Es simbólico. Cuando un candidato invade una reserva natural con propaganda y ninguna autoridad interviene, el mensaje es claro: el poder puede más que la norma. Y ese mensaje, en un país fatigado por la captura de lo público, es profundamente corrosivo.

Si quienes aspiran a legislar comienzan por desbordar las reglas más básicas, ¿qué puede esperar el ciudadano cuando ocupen una curul?

El Cañón del Combeima no es un tablero electoral. Es un bien común. Y el bien común no debería subordinarse al tamaño de una imprenta ni al peso de un apellido.

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