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Nivelar la cancha

En occidente hemos asumido que el tiempo es lineal, es decir, no podemos regresar a momentos o épocas pretéritas, aunque sí leer sobre ellas. Podemos estudiar el pasado, pensar en la corta, la mediana y la larga duración, como diría Fernand Braduel; pero no podemos volver.

Por ello, es clave tener muy presente que muchas veces las personas pueden ser otras, pero el conjunto de prácticas que enmarcan su accionar puede ser el mismo, o incluso uno mucho más oscuro.

Esta reflexión cabe para la política y para el entramado empresarial del departamento del Tolima. Muchas veces escuché críticas sobre una familia que se había apoderado de todos los cargos públicos, de todas las entidades públicas, de los gremios, del presupuesto departamental y de una buena parte de los presupuestos municipales.

Gritaban sus críticos: “es hora de un cambio”, “solo piensan en su movimiento y no en el bienestar general”, “después de 30 años quieren seguir mandando”. Es difícil enfrentar a una casa política con esos tentáculos y por eso algunos sugirieron que tocaba “nivelar la cancha”. Es decir, “darles de su propia medicina”.

Aparecieron entonces los cuartos llenos de efectivo, las tulas en las camionetas, las amenazas, e incluso las peores alianzas con grupos armados al margen de la ley y con el narcotráfico y su socio, ese al que todos visitaban en sus fincas, para alegar después que no sabían quién era. Era la mejor forma de “nivelar la cancha”: subirse al cuadrilátero del hampa.

Muchos ‘empresaurios’ se ‘colincharon’ con ese régimen, cuyas facciones lo dejaban todo en el ring, apoyando a unos y otros, sabiendo que en cualquier caso sus intereses quedaban resguardados. Si llegaba mucha competencia de otras regiones, siempre estaría el presupuesto público y una que otra declaratoria de emergencia para irrigar sus cuentas con la liquidez que requiere enfrentar la competencia que llega.

Si el escenario mundial obligaba a que se hicieran altas inversiones en tecnología, ahí estaban sus políticos de bolsillo para chantajear al Gobierno Nacional con sus votos en el parlamento y asegurar que los colombianos financiaran, de sus bolsillos, las inversiones que necesitaban, mientras seguían viviendo a sus anchas como señores feudales.

Dice el adagio popular que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Aquél donde tantos ven la salida, es el origen del problema: la expansión del estado. Suena bien pedir programas sociales, subsidios, transferencias condicionadas. Ahora se habla de una renta mínima para todos. Es música para los oídos de quien ve en su hamaca las mejores horas de su día y en el esfuerzo su peor tragedia.

Mientras la única opción para las nuevas generaciones sea acercarse a una casa política para poder obtener un empleo, superar la absurda burocracia estatal para adelantar cualquier trámite, evitar persecución a sus negocios, pequeños y grandes; nada va a cambiar. “Evítese problemas” es un conjunto de palabras que deberíamos despreciar y exigir para quien las diga, en tono amenazante, un par de azotes en la plaza pública.

Si queremos que las cosas cambien debemos asumir una posición reflexiva y aceptar el sacrifico que ello implica. Para algunas cosas somos muy cristianos y cambiamos el Dios proveerá por un “el jefe (político) proveerá”; olvidando que el primer caso implica la gracia divina por hacer su voluntad y cumplir sus mandamientos, mientras que en el segundo implica ceder la libertad y perder toda agencia para el cambio.

Nivelar la cancha no puede ser entrar al juego de la corrupción, del clientelismo, de ese régimen que siempre denunció Álvaro Gómez Hurtado. Nivelar la cancha implica apoyarnos unas a otros para que nadie caiga en manos de esas redes mafiosas que combinan hoy los contratos con la política. Nivelar la cancha implica asumir todo sacrificio en defensa de la libertad y contra un régimen cuya soberbia nos mira a todos por encima del hombro, como hiciera en su momento Gadafi.

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