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Niña indígena

Esto del coronavirus no va bien. Ayer batimos récord en muertos diarios: 259. Reviso los reportes y muchos tenían problemas físicos, edad avanzada, otras enfermedades, en fin. Todos adultos.

El jueves, 215 colombianos también se los llevó el COVID. A ellos sumaré una niña de apenas 9 añitos, que intentaba escapar de un fuego cruzado pero terminó fríamente asesinada de un tiro de fusil. Nadie es más rápido que la muerte.

Se llamaba Luz Elena y a casi nadie le importa ya. Bueno, en realidad, nunca le importó a casi nadie. Eso sí, fue titular de una tarde, la de antier. Pero, como ocurre seguido en Colombia, cada día pasa algo más grave o más absurdo que le echa tierra a la tragedia de ayer, o a la de esta mañana o a la de hace un rato.

Unos asesinos de una banda de delincuentes llamada Autodefensas Gaitanistas de Colombia (autodefensas sí son porque se defienden muy bien, tanto que no los han podido derrotar) se enfrentaron a tiros con otros iguales a ellos, pero de otra banda, la del ELN. Tienen una puntería impresionante para nunca matarse entre ellos y siempre asesinar a civiles, a los que nada tienen que ver, a los indefensos, a los desprevenidos. Y como bala perdida que se respete, siempre le da a un niño. O niña.

En tuiter hay un video del tiroteo. Dura 112 segundos y conté 89 disparos de fusil, unos tiros a tiro, otros modo ráfaga. Pero lo escalofriante es escuchar el llanto de los niños entre bala y bala, angustiados, asustados, muertos de miedo. Y luego, otra descarga de fusil y después más tiros. Y más lágrimas.

Y al final, el silencioso ruido de la selva, mezclado con un lejano lloriqueo de alguien que debe estar metido en una de esas casuchas que se ven en la triste imagen. ¡Este país sí es! Virgen santísima.

Pero bueno, podemos pasar a otro tuiter, otro video, de cualquier cosa, por ejemplo, el del presidente afirmando que no es conveniente cerrar a Bogotá, o el de la alcaldesa diciendo que sí. Y luego los de sus fanáticos, como para no estresarnos más con estos crímenes de niños. Aunque me parece que ellos deben estar llorando todavía. Asustados, a la intemperie.

Le voy a decir cómo se llega allá, para que lo imagine mentalmente: supongamos que sale de Medellín a Quibdó, 230 kilómetros, 7 horas, carretera difícil, lo saben quienes han viajado por ella. Después a Istmina, 76 kilómetros, dos horas. Sigue a Puerto Meluk, 44 kilómetros, 3 horas, carreterita destapada, con abismos y estrechos. Apriétese el cinturón. Y ahí, bote o canoa, río arriba por el Baudó, entre 3 y 4 horas dependiendo del motor. Con razón allá no va nadie. Mucho menos la autoridad.

Los informes de prensa dicen que las dos bandas se están peleando el territorio. Y yo que pensé que el territorio colombiano no tenía dueño y que para defenderlo estaba la Policía y el Ejército y los 10 mil millones de dólares anuales que se le dan al sector Defensa. Para defender a niños indefensos. Pero qué va.

10 mil millones de dólares para redondear. 10.613 millones de dólares, para ser exactos. ¿Saben cuánto son 10.613 millones de dólares? Son 29 millones 77 mil dólares diarios. Un millón 211 mil dólares por hora. 20.192 por minuto.

336 dólares con 54 centavos americanos por segundo no sirvieron para defender a la niña, de la comunidad Geandó, en Alto Baudó, que para su papá es tan valiosa como la niña negra, o la niña blanca, o la niña rica, o la niña pobre, o mi niña, o la suya. Pero no. Es la indígena.

“Tenía todo el futuro del mundo para servirle al municipio y a su gente, al Chocó y a Colombia”, dijo Ulises Palacios, el alcalde del Alto Baudó, en un video difundido por youtube. “Quiero elevar mi más enérgica protesta por las acciones cometidas por estos grupos al margen de la ley, que están afectando la tranquilidad de nuestras comunidades”, remató.

No hay voz más silenciosa ni grito más perdido que esa enérgica protesta. Además, por un youtube que nadie vio ni oyó. Por eso, los seguirán matando. Por eso les toca volver a desplazarse. Porque nadie los ve. Y nadie los oye.

Luz Helena Caizamos Rojas fue asesinada a las 6 de la mañana cuando huía hacia el río Apartadó, buscando esconderse con su familia. Estaba en tercero de primaria y me quedé viendo una fotico que publicaron de ella. No la que circula de su cuerpo yaciente en el piso mientras su hermano se agarra la cabeza y el papá se tuerce del dolor sin saber cómo consolarlo. No, esa no.

Me quedo con una en la que luce en su cabeza una balaquita con apliques, cada uno de diferente color, blanco, verde, amarillo, azul y rojo. Tiene el rostro delineado, adusto, ceño fruncido, ojos negros grandes, cachetona, una preciosura de 9 años que sólo vemos en televisión. O en las calles, pidiendo limosna.

Me quedo mirando esa foto e imagino: qué pensaría ella, con qué soñaría, querría ir a jugar, querría ir a ayudar a su mamá, querría caminar, querría sólo ser niña, sólo estar ahí, tranquila, sin tener que correr porque la vayan a matar, porque la persigan, porque es pobre, porque está indefensa, porque es indígena. Porque es la niña indígena.

Hace 3 meses, la Defensoría del Pueblo lo había advertido. Se llama Alerta Temprana, un aviso para evitar que esto pase. Pero se quedó en el papel. Les garantizo que nunca, pero nunca es nunca, conoceremos el nombre del tipo que la mató. Ni de su comandante. Nunca pagarán un día de cárcel. Nunca indemnizarán a su familia. Nadie le devolverá la hija a ese señor de la foto que no supo consolar a su otro hijo.

Me duele el estómago. No escribiré más.

 

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