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Me duele la muerte de Santiago Murillo, pero me duele más el dolor causado a su mamá

Ni siquiera sé cómo empezar esta columna pero lo haré desde algo muy cercano y personal: lo mucho que he aprendido de la muerte porque la he tenido cerca muchísimas veces y gracias a eso, he entendido que nos equivocamos cuando decimos: pobre de tal que murió.

NO, pobre de aquellos que se quedan en la vida, luchando contra un dolor que no se sanará nunca y con un vacío que nada llena.

Hace seis años mataron a mi hermano, desde entonces mi vida no ha sido para nada igual. He tenido que luchar día tras día con cada momento de angustia que a veces me persigue y he tenido que combatir el miedo y la depresión muchas veces.

Pero, lo que más me ha costado, es tener que ver a mi mamá llorar por seis años, es tener que hacerme la fuerte cuando a mi papá se le entrecorta la voz al preguntarle, quien no sabe lo sucedido, que dónde está su hijo.

Es tener que ver crecer a mis sobrinas sin su padre y tener que ver luchar a mi cuñada por sacarlas adelante y, sobre todo, es tener que ver, como cada día, mi abuela está más en decadencia, producto de la peor enfermedad que un ser humano pueda tener: la enfermedad del alma.

Por eso y porque en estos seis años, en los que además han matado otros tres tíos, es que sé perfectamente que el dolor no es precisamente para quien murió sino para quien queda.

Hoy no puedo ser indiferente ante lo que pasa en Colombia, sería de palo donde lo fuera, pero sí debo decir con toda vehemencia que ningún ser humano merece morir a causa del mal obrar de otro, y menos, ninguna madre ni padre merecen sentir lo que han sentido mis papás, mi abuela y ahora los de Santiago y los de todos aquellos que han muerto, víctimas de un odio desmesurado y absurdo, que no nos llevará a nada bueno, si se sigue proliferando.

Desde hace seis años mi vida cambió tanto, que soy tremendamente responsable de mis actos, sencillamente porque no quiero causarles más dolor del que ya llevan, a mis padres y mi abuela. Desde hace seis años que mi vida y mis prioridades cambiaron tanto, que dejé de lado mi rebeldía juvenil, para pensar siempre en cuidarme, por y para ellos, porque sé que no merecen nada más que amor y agradecimiento.

Y es precisamente porque durante seis años he visto y sentido tan vivo y tan fuerte este duelo, que hoy me conmueve más el dolor de la madre de Santiago y de los familiares de todos aquellos que han muerto, que la misma ausencia física de ellos, en este plano terrenal, que solo es transitorio.

Tristemente estamos en un país y en un mundo donde no se puede salir a las calles a una protesta pacíficamente y por eso me abstengo, porque al salir y exponerme a que me maten, estoy siendo igual o peor que las personas que me atacan, porque yo estoy accediendo a causarle, o peor aún, a matar otro pedacito de la vida de mis padres y quienes dicen amarme.

Estoy segura que hoy Santiago, desde el plano de la vida eterna, no quiere ver a su madre pasando por esto. Estoy segura que ese que disparó el arma, tampoco quisiera que sus padres, su pareja o sus hijos, lo llorarán en una tumba. Y estoy, sobre todo segura, que la muerte se nos acerca una vez más para enseñarnos, enseñarnos tanto de lo vulnerables que somos, de lo minúsculos y chiquiticos que nos vemos, ante una inmensidad de vida que hoy está siendo vista de manera errada.

Nada, absolutamente nada, justifica el desgarramiento que sufre el alma, las implicaciones emocionales, la inseguridad, el miedo, las enfermedades físicas, el insomnio, la rabia, la impotencia, la vulnerabilidad triplicada, la depresión, la ansiedad y un sinfín de cosas más, que le suceden a quienes tenemos que lidiar un luto por muerte violenta.

No podemos pensar que la violencia nos traerá paz y oportunidades, no podemos pensar que el dolor por la muerte de Santiago y los demás lo vale una reforma tributaria o un Gobierno desubicado. NO, somos más que eso y la verdadera marcha, la verdadera lucha, tristemente… es la que, sin querer, va a tener que caminar y guerrear la familia de Santiago y los demás que han muerto, de ahora en adelante.

Esa es una lucha que no tiene satisfacción nunca, no tiene papel que la aquiete, ni paro que logre que sea diferente, porque será la lucha del dolor de la pérdida y ausencia que acompañará cada instante de la vida de quien la lleve, y sólo cesará el día en que la muerte vuelva y llegue, pero esta vez para unir en la eternidad a quien se fue por culpa de otros y quien lloró y sufrió, también a causa de otros. 

Hoy veo en la mamá de Santiago, a mi mamá, y por eso con respeto y sin decir que no marchen, sí quiero decirles a los jóvenes que piensen si el valor de sus padres es tan poco que prefieren salir a exponerse a un balazo, una herida o cualquier agresión. Si los errores de este Gobierno y los otros, valen las lágrimas y el dolor que la madre de Santiago y los demás, están sintiendo.

Pueden llamarme egoísta, inconsciente, pueden creer que soy indiferente, pero yo hoy prefiero estar en casa cuidando de mi abuela y trabajando con mis padres, teniendo la certeza de que el país lo empiezo a cambiar desde el respeto y entrega que les debo a ellos, que han luchado desde siempre por tenernos donde estamos. 

Evitemos, por favor, que haya más personas con el fin de Santiago, mi hermano, mis tíos … evitemos, por favor, más lágrimas de duelo y madres gritando el dolor la pérdida de un hijo.

Ojalá al terminar de leer esto, usted pueda tener a sus hermanos, sus papás, su hijos, su pareja… sus seres queridos vivos y logre abrazarlos, llamarlos, besarlos y decirles te amo, te respeto y te valoro.

Yo hoy no tengo a mi hermano, pero es gracias a su ausencia que puede escribirle a usted, sin conocerlo, este texto.

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