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Llegó la corona

Ningún estado, ninguna sociedad, ningún gobierno, parece haber estado listo para enfrentar la pandemia del COVID19. Los expertos en políticas públicas tratan de revisar sus datos históricos y buscan modelar de alguna manera posibles respuestas.

Los bancos centrales, donde existen y son independientes, terminan acercándose al gobierno y haciendo esfuerzos por romper su ortodoxia, sin entender muy bien hacia dónde empiezan a remar.

Los ministros de salud piden desesperadamente que todos se queden en sus casas, mientras que los economistas buscan la manera de sugerir algún camino de reactivación después de una crisis que no saben cuánto va a durar.

Las familias se aprovisionan y tratan de guardar los últimos centavos, pues los privilegiados que tienen un empleo no saben si el próximo mes les llegará un salario o la liquidación. El ministro de trabajo hace afirmaciones políticas que van en contra vía de la realidad empresarial de cualquier país del mundo.

Suena bien obligar a las empresas a no despedir a sus trabajadores, pero no suena tan bien cuando las cuentas en los bancos están en rojo y no se puede disparar el pago de la nómina porque sencillamente no hubo ingresos. Las que tienen cómo, ya han depositado nóminas por anticipado y aseguran a sus trabajadores, pero ¿las que viven a ras? ¿las que viven la historia de quien no sabe si las ventas comprometidas se concretan y por lo tanto no tienen la tranquilidad de poder pagar salarios y pedirles a todos que se queden en la casa? ¿La señora que vende empanadas en un local y paga a sus dos empleados lo mejor que puede?

Hay lugar a todas las medidas posibles; hay lugar para apoyar al sistema financiero con créditos a una década sin intereses, para que a su vez suspendan el cobro de créditos a sus clientes; hay lugar a transferir a todos los colombianos que viven en la informalidad un monto mínimo para que se puedan abastecer, ojalá de productos que se siguen cosechando en el campo colombiano; hay lugar para exigir a las cajas de compensación el depósito de sus rendimientos financieros a las cuentas de sus afiliados, que no son libres de elegir a cuál quieren pertenecer; hay lugar a que el gobierno gire recursos a colegios y universidades privadas a modo de crédito a largo plazo y sin interés, para garantizar que puedan prestar sus servicios con la misma calidad, haciendo uso de herramientas digitales; en fin, hay lugar a casi todo en este momento.

Para lo que no puede ni debe haber lugar ni hoy ni nunca, es para el populismo. Ya salió Pablo Iglesias, segundo vicepresidente del gobierno de España, a decir que toda la riqueza del reino debe estar al servicio del gobierno que él, muy a su estilo, confunde con el interés general. Ya salieron otros a decir que los ricos deben ceder sus fortunas y empresas, pues el gobierno es quien ahora debe administrarlas para así superar la crisis. Para eso no puede haber lugar.

Pensar que la estatización es la salida es volver a un absolutismo totalitario donde se piensa que papá estado es siempre la mejor salida. Para eso no hay lugar. Piense usted estimado empresario de una tienda, que ha logrado resistir la llegada de grandes superficies cuando le digan que esa, su competencia, pasará a manos del estado.

Piense, que en un segundo momento también vendrán por usted. Piense usted apreciado productor agrícola, que en pocas hectáreas logra generar lo suficiente para sostener a su familia, que hoy expropien las grandes extensiones de tierra. Piense que en ese momento el “terrateniente” será usted ¿Estará de acuerdo con ceder el fruto de su trabajo para que papá estado se encargue?

La corona del totalitarismo y del populismo también llegó con el COVID19 y entre todos debemos salir adelante para que el virus pase y esa nefasta corona se vaya con él.

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