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Las victorias tienen muchos padres

Ahora resulta que todos votaron por Guillermo Alfonso Jaramillo para la Alcaldía de Ibagué, mientras los derrotados se encuentran huérfanos de tutores. Es una historia que se repite en las elecciones y que forma parte de la condición oportunista de muchas personas y movimientos políticos.

“Doctor yo vote por usted”, le dijo un parroquiano al alcalde electo de Ibagué, Guillermo Alfonso Jaramillo Martínez, y a renglón seguido le pidió puesto. El nuevo mandatario local con la experiencia y sapiencia que lo caracteriza en estos temas, simplemente atinó a decir: “Ahora más de 250 mil personas votaron por mi”.

Y esta escena se repite en movimientos y dirigentes políticos que quieren ganar indulgencias con camándula ajena. Y a ello, se suma el morbo de ciertos medios y comentaristas que tratan de adjudicar la victoria del candidato del Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS), a componendas secretas del candidato victorioso con esos líderes y organizaciones. Nada más falso y mentiroso.

Tratar de demeritar y restarle importancia al voto de opinión que  obtuvo  Jaramillo, para ponerlo en aguadad de condiciones al del tradicional sainete electoral de cada dos o cuatro años, es desconocer la realidad política de la ciudad y creer que la indignación  y el cansancio de la mayoría absuelta de los ibaguereños, tras el desgobierno y saqueo de la ciudad en las administraciones Trillizas, continuará y que nada cambiara.  Están equivocados quienes así piensan.

El hecho de que las bases de diversos partidos y movimientos hayan votado por Guillermo Alfonso, no significa de ninguna manera que existan maturrangas por debajo de la mesa ni mucho menos compromisos del alcalde electo para entregar los programas de gobierno con los que fue elegido. En Ibagué se cumplió una máxima gaitanista  que es el divorcio de la dirigencia política con sus bases.

Mientras  el pueblo pensaba en un cambio real de la ciudad, algunos dirigentes solo atisbaban a defender intereses y orgullos personales o de grupo, mientras las mayorías clamaban transparencia en el accionar de la administración pública, agua, salud, educación,  seguridad, movilidad, empleo, desarrollo social, obras de infraestructura,  entre otras.

Decir ahora que los liberales, Cambio Radical, o que determinado dirigente influyó en la elección de Guillermo Alfonso, es desconocer una realidad que comenzamos a vivir desde el pasado 25 de octubre, que busca transformar no solo la administración municipal sino las costumbres políticas de los ibaguereños. Estas elecciones demostraron que la capital del Tolima ya no es recua de ningún cacique o contratista ni mucho menos se deja secuestrar de las mafias empotradas en la administración local.

Cambio Radical tenía a su propio candidato que era John Esper Toledo, la senadora Rosmery y su hermano Emilio Martínez, lo apoyaron sin esguinces, además de toda la administración de Luis H. del partido conservador, los liberales saraviados, Óscar Barreto (?), todos los demás avales que le dieron y los contratistas que lo respaldaban. Sin embargo, era el candidato más débil y cuestionado,  que cargaba con todo el desprestigio de la actual administración, por lo tanto fácil de derrotar.

Entretanto, Mauricio Jaramillo, y todo el liberalismo se alineo con Rubén Darío Rodríguez, un buen candidato, pero tenía el desgaste de dos administraciones. Señalar que hubo orientaciones para votar por otra persona distinta, es mera especulación y chisme de café. El liberalismo se la jugó con Rubencho.

Lo que ocurrió, en las bases liberales como en la de otros partidos y movimientos, fue que la propuesta, el carácter y el estilo de Guillermo Alfonso caló más, y supo canalizar el descontento de los ciudadanos, amén de ser el candidato con la mejor hoja de vida, el más capaz y competente para dirigir los destinos de nuestra ciudad en los próximo cuatro años.

Pero en medio de esta diáfana claridad y realidad política que comenzó a vivir Ibagué, el único que no se da por enterado es el ultraderechista Ricardo Ferro, que fiel a las enseñanzas de odio, rencor y amargura de su jefe Álvaro Uribe,  no quiere reconocer nada bueno en el nuevo alcalde. Y habla de los supuestos acuerdos de Guillermo Alfonso, con los Liberales y Cambio Radical para su victoria, pero se cuida de reconocer que el barretismo como el conservatismo votó  por él. Y ahora arropado bajo la sigla de Firmes por Ibagué, trata de prolongar su campaña otros cuatro años, sin tener en cuenta  que la administración Jaramillo ni siquiera ha empezado.

Ferro no perdona que un candidato con escasos tres meses de campaña y sin tener los millonarios recursos  que ostentó durante cuatro años de trabajo electoral, lo haya derrotado. Jaramillo, fue directo, más convincente y propuso lo que el ciudadano del común quiere ver reflejado en la administración municipal, lo que no pudo hacer por su ambigüedad y posiciones bifrontes el representante de la ultraderecha.

Ferro tampoco entiende ¿o no quiere entender?  que  lo que pasó en Ibagué, fue también un rechazo a esas llamadas  candidaturas cívicas donde todos mandan pero a la hora de responder nadie lo hace porque se diluyen en grupo heterogéneo donde no hay “chicha ni limoná”.

Ahora también se le olvida a Ferro aquella sentencia popular  que reza: “Las victorias tiene muchos padres, las derrotas son huérfanas”.  No se martirice más, sus derrotas no van a tener dolientes.

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