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La universidad del futuro

Hay quienes consideran que la universidad entrará en una crisis de la que puede no levantarse, a raíz, entre otras cosas, de la enseñanza remota a la que se recurrió debido a la pandemia del COVID-19. Lo cierto es que aquellas que se mantengan firmes en su tarea de transformar vidas, generar comunidad académica, promover la creación de empresas y el desarrollo da habilidades clave para el empleo, seguirán vigentes

Para nadie es un secreto que muchas universidades se resisten al cambio, obstaculizan toda innovación que implique serios, y hasta graves, cuestionamientos a su forma de operar y anhelan regresar a su normalidad cuando podamos convivir con el COVID-19. Excesivas e ineficientes burocracias, profesores que se niegan a orientar más de uno o dos cursos y que ven en los auditorios espacios que atentan contra la dinámica de una buena clase, aulas virtuales donde solamente se suben trabajos o se responden algunos cuestionarios, afán de algunos por terminar un doctorado para poder ascender en el escalafón, y una lógica nefasta donde se asume que estudiantes con problemas de aprendizaje no deberían ser admitidos. 

Así, durante mucho tiempo se cuestionó la educación en línea, asumiendo que no podía ser de calidad, pues nada reemplazaría un aula de clase en el campus. Yo fui uno de esos, hasta que empecé a ver cómo mejoraba la interacción entre los alumnos y con sus profesores, cuando tenían una plataforma 24 horas, cuando los estudiantes definían en qué momento interactuar en el campus digital y cuándo abordar los temas que más les llamaban la atención y los que los aburrían sobre manera

La educación no es otra cosa que aprender a partir de un diseño para ello, que incluye una comunidad, un currículo y pedagogía, tal como lo sugieren William Cope y Mary Kalantzis en su trabajo New Learning (2012), entre otros. Es decir, siempre que la universidad tenga muy claro el camino a seguir para generar una sana comunidad académica, que ofrezca programas bien articulados y actualizados, y que promueva la innovación en todas las dinámicas propias del proceso de aprendizaje, estará vigente y activa.

Ahora bien, si, por el contrario, asume que los planes de estudio y la pedagogía que acompañaron su fundación, y que hasta ahora habían sido exitosos, deben mantenerse sin alteración alguna; ha firmado su certificado de defunción, así de claro. Una universidad que no se piensa a sí misma, que no asume los cambios como algo esencial, que se encierra en los privilegios, seguramente logrados después de muchos debates y luchas, de algunos integrantes de la comunidad de profesores y directivos, que se atrinchera en la defensa de la universidad como un espacio de combate ideológico donde debe vivirse la utopía; terminará educando y formando profesionales insatisfechos, exigentes con la sociedad y el estado, pero cada vez menos exigentes consigo mismos.  

La universidad debe ser un espacio abierto para la investigación, para el debate en libertad, para la promoción de la innovación. Un escenario que permita ofrecer todos los recursos necesarios para transformar vidas, en el que se asuma una sana competencia para hacer las cosas cada vez mejor. Esto implica, sin duda, la activa promoción del emprendimiento y la empresa. Ver en esta última el origen de todos los males sería revivir épocas pretéritas donde unos pocos definieron por los muchos, que con hambre entendieron que la ideología impuesta no cultiva, no cosecha, no produce. 

La universidad del futuro será aquella que tome lo mejor de su historia y lo proyecte hacia nuevos retos, que desarrolle un ADN propicio para la innovación y deje atrás la burocracia inerte que se aleja del mundo y lo confunde con su escritorio.

Nota: la semana pasada, el portal “lasillavacia.com” publicó una nota donde se cuestiona una cartilla elaborada por el profesor Camilo Noguera Pardo, asesor del Alto Comisionado para la paz y Director de Humanidades en la Universidad Sergio Arboleda. Resulta que algunos asumen que compartir marcos teóricos sobre progresismo o ateísmo, en aras de promover un sano debate sobre posibles generadores de violencia, es inaceptable. Mi generación tuvo que leer en los textos escolares sobre “la dictadura de Laureano Gómez”, “el golpe de opinión de Rojas”, “el régimen no democrático del Frente Nacional”, entre otras aproximaciones que claramente corresponden a una única visión de la historia política de Colombia, esa que ahora se escandaliza cuando se comparten trabajos académicos que la cuestionan. La democracia para quienes procuran imponer su modelo y negar todo espacio a las alternativas, especialmente las cristianas, es aquella que defendía Stalin. Han trazado el camino. El gobierno parece ayudar en su pavimentación.  

 

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