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La nueva democracia

Vivimos un momento difícil, muy difícil, en el que las urnas parecen ya no definir nada. La calle, la amenaza y la violencia se imponen hoy en Colombia. 

Desde aquel domingo de octubre del año 2016, cuando el pueblo colombiano se presentó a votar a favor o en contra de un acuerdo de paz al que habían llegado el gobierno y la guerrilla de las FARC, se alteró la democracia. Se dijo una y otra vez que por encima de todo habría que reconocer el resultado. El gobierno logró reducir el umbral, impuso la “pedagogía sobre el acuerdo de paz”, que se tenía que transmitir en todos los medios, so pena de sanción. Varias universidades trataron de obligar a sus profesores a hacer lo propio. Billones de pesos se malgastaron, convencidos, como estaban algunos, de un triunfo del SI. 

Pues bien, contra todo pronóstico, o al menos contra los que pudimos leer en los grandes medios de comunicación, pasadas las seis de la tarde, la Organización Nacional Electoral confirmaba que los votos por el NO eran mayoría. Júbilo en las salas, habitaciones y comedores de las casas de millones de colombianos que habían expresado su decisión en las urnas, sin hacer mucha “alaraca” en público, evitando así la nefasta persecución por parte del régimen. 

El Presidente no supo hacer otra cosa que lo propio de su Talante, recordar que sus facultades constitucionales permanecían inalteradas y, palabras más o menos, que no acataría la decisión del pueblo, expresada en las urnas

Pasaron algunas horas y algunos dirigentes del NO, sin entender muy bien lo que había pasado, se presentaron en el palacio de Nariño, no para exigirle al jefe del estado cumplir su palabra, sino para ofrecer abrir una puerta hacia la revisión de lo acordado. Así se hizo, pero el acuerdo, firmado ahora en el teatro Colón y sin ser sometido a las urnas, entró en vigor, no sin antes recibir el respaldo de miles de personas que se movilizaban en las calles de algunas ciudades de Colombia, exigiendo su ratificación. La minoría en la calle y en el Congreso se lograba imponer a la mayoría que había decidido en las urnas

A quienes exigimos que se respetará el resultado del plebiscito nos tacharon de locos, de guerreristas y de inconscientes. Todo era muy confuso. Participar en unas elecciones, ir a votar y pedir que se respetara la decisión, era suficiente para ser atacados de forma vil por quienes defendían la paz y la democracia

Algo de eso quedó en el aire y la ciudadanía volvió a reaccionar, primero participando masivamente en una consulta en marzo de 2018 para elegir un candidato único a la Presidencia, en la que más de cinco millones de personas votaron y resultó ganador el entonces Senador Iván Duque; y después respaldando esta candidatura en una segunda vuelta en junio del mismo año. El NO estaba vivo y definía que Colombia debía tomar otro rumbo. Sin embargo, antes de terminar el año, la calle volvía a imponerse y el nuevo gobierno quedaba a la deriva, sin entender cómo lograr una sólida coalición en el Congreso y así cumplir aquello que se había definido en octubre de 2016 y en junio de 2018. 

La movilización, el paro y la amenaza de paro, la violencia contra los agentes del estado, que van desde machetazos a los soldados hasta disparos y puñaladas a la policía, pronto se convirtieron en el pan de cada día. Las urnas en esta nueva democracia ya no definen. Ahora es la calle y algunos jueces que no olvidan su activismo político, pero sí la Constitución y la ley; los que deciden y orientan la política y la justicia en Colombia. Mientras tanto, el Presidente se presenta puntual, todas las tardes, a su programa en Facebook, para compartir con menos de dos mil personas las medidas que se siguen tomando para enfrentar el COVID, ese que rondará las marchas que se convocan, otra vez, para hoy. 

Esta nueva democracia hay que estudiarla. Implica representación sin tributación, derechos sin deberes, protestas contra lo que definen las urnas y una justicia especial que el otrora comandante guerrillero, alias “Timochenko”, reconoce como un tribunal de la insurgencia para la insurgencia. 

Uno puede estar a favor o en contra del acuerdo que se negoció en La Habana, pero cuando ya las elecciones no definen y se asume que en la calle está el “combate democrático”, empezamos a recorrer caminos de los que la humanidad ha tratado de alejarse. 

 

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