Pasar al contenido principal

La mala hora

Estaba feliz limándole las uñas a su viejo. Una por una, despacito, con cuidado. Acababa de soltarle la mano izquierda cuando -de repente-oyó un grito perturbador en la distancia. Era su mamá.

- Pero cómo se te ocurre. Tú no puedes hacer eso. Yo tengo un radicado de ayer. Oye, espérate. Entra y mira…

Karol sintió un frío de arriba abajo pero es una mujer que sabe mantener la calma y se paró de la silla sin mayor alarma.

- Ya vengo, papi.

Su papá se quedó tranquilo en la cama. Lo estaba mimando sabroso su hija menor, la menor de 13, la que presenta el noticiero, le decía orgulloso a la enfermera que lo cuidaba todas las mañanas desde que padecía las desventuras de una enfermedad renal, agravada por los años vividos y el calor infernal del medio día en la bahía.

El cuarto queda al fondo de la casa, en el barrio Alcázares, en Santa Marta. Es sencillo y cómodo, con aire, una tele, una neverita, un timbre y una cama de hospital que él odiaba pero que necesitaba para poderse subir y bajar. Hay un cristo y está una silla reclinable donde se sientan las visitas a hablar de fútbol -incluidas las penurias del Unión- y de política.

El que se sentara ahí tenía que saber de esos temas. O hacerse el que sabía. Me parece ver a la enfermera oyéndole los comentarios de un partido o las inobjetables opiniones sobre el gobierno de turno. Y ella, asintiendo.

Porque el médico José Miguel Dau David, hijo de libaneses que huían de alguna de las mil guerras que hay por allá, (un poco como acá) y reconocido dermatólogo de la ciudad, si con algo vibraba era con la política. Por supuesto, la familia y su medicina. Pero es que hablar de política y de fútbol, intercaladito, ese señor es de los míos. O era, porque una mala hora se lo llevó. Ya verán Ustedes.

- Eso en pandemia, ¿se puede hacer?

- Sí.

- ¿Usted sabe que hay un señor allá adentro que se está muriendo con un respirador?

- Cualquier cosa, ahí está el supervisor.

La triste escena está en un video casero y muestra a un operario de Electricaribe, con su chaleco fluorescente, impasible ante el reclamo de la angustiada hija, que se entró a la casa con la rabia en la cabeza mientras que la mamá salía a perseguir hasta la esquina al encargado, que se portó como tanto supervisor que hay por ahí, frío en ese calor, sordo ante los reclamos, indiferente hasta con la muerte, ciego que no vio el comienzo de una tragedia.

Es como si en las empresas de servicios públicos o en los call center o en los almacenes de cadena, o en todos esos lugares donde el ciudadano debe hacer reclamos con frecuencia, los contrataran así: fríos, sordos, ciegos e indiferentes.

Como si ellos no fueran ciudadanos, como si ellos no hicieran reclamos, como si siempre fueran a ser jefes, como si supervisar fuera jugar a ser dios en la tierra.

Claro que cumplen órdenes. Pero hay órdenes de órdenes. Y qué me dicen del jefe de este supervisor. O del gerente del que depende este supervisor. Qué personajes deben ser.

¿Y el jefe de los gerentes? En su oficina, tranquilo, ambiente fresquito, mirando cifras, analizando la cartera, esta gente de por acá que son como malapaga, conchudos, toca cobrarles, miren a ver cómo hacen pero hay que cobrarles.

¿Y el presidente de esa empresa?

Bueno, en realidad es una Agente Especial que la está liquidando. A la empresa.

¿Sabrá ella que en Electricaribe aplican a rajatabla el aforismo de que las órdenes se cumplen o la milicia se acaba? O pagan o se corta la luz. Pero es que hay una reclamación. Nada, o pagan o se corta. Pero es que la Corte Constitucional dice que si el servicio es vital para el ciudadano, no se puede cortar. Nada, o pagan o se corta. Pero es que si la cortan el señor se va a morir. Nada, o pagan o se corta.

Eso de que “El cliente siempre tiene la razón” no pegó mucho en esa empresa. Allá prefieren “El usuario es el enemigo”. 

Porque es momento de decir que el doctor Dau siempre pagó sus cuentas y que el recibo de la luz estaba en reclamación porque llegaron facturas millonarias que no correspondían con el consumo. Hay una de 2 millones 300 mil. No puede ser. Ni que fuera una discoteca, con luces en el techo, 24 horas. Vivía con su esposa y tenía los mismos electrodomésticos que casi todos más un condensador (concentra el oxígeno del medio ambiente y lo pasa sin presión) que lo mantenía vivo. Pero a las 9 y 28 de la mañana del viernes 28 de agosto, lo desconectaron, sin aspavientos.

Y ahí empezó la mala hora, que siguió con el drama del calor en la habitación, la asfixia, el sofoco. Entonces se dieron cuenta que estaban 3 mujeres y que necesitaban levantar de la cama a un hombre de 135 kilos y 93 años de edad. Temperatura a esa hora: unos 37 grados.

No había más camino que llevarlo a la terraza, afuera, a la calle, a echarle viento, abanicarlo con hojas, con un sombrero, con la mano, como fuera, mientras llamaron a un hermano que llegó corriendo y con la ayuda de otro lo lograron sacar.

Luego le dieron su pastilla para calmar el agite, pero empezó a saturar mal, a ponerse taquicárdico, a desesperarse. Poco a poco, todo lo que estaba controlado y tranquilo, se fue complicando, lenta pero certeramente.

Tan mal se puso que decidieron llevarlo a la clínica y sobre la una llamaron a la ambulancia, que llegó como a las tres horas y entre todos lo subieron a la camilla. Qué susto el supervisor de las ambulancias.

Y faltaba la ironía. Justo en ese instante en que lo montaban a la ambulancia, un carro de Electricaribe se apareció en la casa de los Dau y otro supervisor dijo que lo sentía, que los disculparan, que ya mismo los reconectamos, yo de Ustedes demandaría, esto no pudo haber pasado.

Esto no pudo haber pasado, eso es entrenamiento de supervisor nivel dios.

Detrás de la ambulancia se armó una caravana, con los carros de hijos, sobrinos, nietos, amigos, vecinos y todo el que se enteró del mortal corte de luz y llegó hasta la casa del médico más querido a ver cómo ayudaban. Por ser buen tipo era un consentido incorregible.

En la clínica lo llevaron a la Unidad de Cuidados Intensivos y hasta allá logró entrar su hijo médico, que lo dejó sobre las 8 de la noche cuando salió y dio el parte de tranquilidad a la familia.

En la casa, ya con luz, iban terminando el primero de los misterios dolorosos del Santo Rosario virtual que rezaban por la salud del patriarca, La oración en el Huerto, cuando José Miguel, otro de sus hijos, contestó el teléfono, se levantó de la silla y se puso blanco, no colgaba, no hablaba, hasta que un grito lo sacó del trance:

- ¿Qué pasó?, dijo doña Luz Marina.

Y entonces pronunció lo que ya todos presentían pero nadie quería oír:

- Mi papá falleció.

El médico Dau sufrió un paro cardiorrespiratorio que no soportó y se murió a las 9.04 de la noche. La mala hora casi completaba las 12 horas.

“Esa noche dormí en su cama. Y acá estoy”, me contó ayer la dulce Karol. Y empezó a aferrarse a los buenos momentos, el arreglo de uñas que alcanzó a terminar; el masaje que le dieron ese día, “con la crema azul”, “¿cuál crema azul?” “esa, esa, la arctic”; el cumpleaños de hace dos meses y los globos que aún sobreviven; los perfumes que le encantaban, el menticol que sólo usan en el Caribe, las mochilas, el celular, el calendario detrás de la puerta, carajo, todo.

“Mi papá era de un carácter fuerte, regañaba, discutía, pero conmigo no. Yo le podía decir lo que quería y no me refutaba, siempre me defendía y aunque estaba muy orgulloso de todos sus hijos, conmigo estaba conectadísimo porque su hija menor le había heredado su pasión por la política”.

Estuvieron conectados desde siempre. Cuando niña, él era su juguete y ella su muñeca. A ella se le ocurría hacerle moñitas en el pelo y pintarle las uñas. Y él se dejaba.

Tienen que entender que este señor era una especie de patriarca, donde todos lo consentían, lo obedecían y lo amaban hasta el límite con la idolatría, como a los viejos de antes, los que mandaban con la mirada, movían personas girando los ojos, señalaban con la boca, metían miedo con una levantada de ceja, inspiraban respeto con cada palabra. Y con cada silencio. De esos que ya casi no quedan. Me acuerda del mío.

En los años 90, Dau era médico de Sanidad Portuaria y cada vez que atracaba un buque, debía acompañar la revisión. Pero una noche cualquiera, cuando la niña se cansó de jugar con su papá y él se quedó profundamente dormido, recibió una llamada que lo dejó de una pieza y que apenas le dio tiempo para medio vestirse y salir corriendo, en el silencio de la noche.

Cuando llegó al puerto supo que algo malo estaba pasando porque todos ponían caras irreconocibles, de miedo, de espanto, de angustia. Nadie decía nada.

Hasta que alguien no aguantó y le dijo:

- Oye, ¿y tú qué carajos te hiciste en el pelo?

- ¿En el pelo? Nada.

- ¿Cómo que nada? ¿Y es que ahora te haces moñitas o qué?

Dicen que el doctor Dau iluminó la noche en el muelle con los colores que su cara puso mientras recordaba a la niña jugando con su pelo unas horas atrás y antes de que escondiera las manos, un operario se la tiró sin miedo:

- Erdaaaa, docto, y hasta bonitas te quedaron las uñas.

“Nunca me dijo nada, nunca me pegó, nunca me regañó. Yo era su niña, yo era su muñeca”, me dijo Karol con una voz medio sonriente, porque las voces ríen, o sufren, o lloran, o imploran, sólo que casi no nos damos cuenta.

Somos malos para oír, especialmente cuando estamos pasando una mala hora, ese infortunio que se le atraviesa a una persona y no da tiempo de reaccionar, de corregir, de evitar.

Esa maldita mala hora que -ojalá- nunca tengan. Nunca tengamos.

 

 

Diseño y desarrollo web por Micoworker
© 2020 All reserved rights.