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La historia de la mujer que pasó de ser empleada a dirigir su propia floristería

Sólo Luz Muñoz sabe lo que significa levantarse y terminar el día viendo las formas y colores de las flores. Con sus años de experiencia, ha aprendido a conocer que la calidad está en el grosor de su tallo, la apariencia de sus pétalos y hojas, y en su aroma.
Historias
Autor: Redacción Ibagué
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Redacción Ibagué

Luz Inés Muñoz Gómez nunca se imaginó ser dueña de su propio negocio. A sus 47 años es propietaria de Ponte Vedra, una de las primeras floristerías de la ciudad de Ibagué. En el año 86’, ingresó como auxiliar de temporada, y no volvió a salir. Ante sus ojos, ha visto evolucionar el negocio de las flores, en sus técnicas, materiales, tendencias y formas de manejo. Su flor favorita es el lirio, y ha aprendido a conocer la calidad de las flores como la palma de su mano.

Su dedicación y responsabilidad han logrado que Ponte Vedra tenga hoy conexión con tres de las cadenas de flores más grandes en el mundo. Su visión empresarial, el apoyo de su familia y la fidelidad a su ideario de progreso, le han permitido ser una mujer ejemplo de emprendimiento y realización personal para todos los ibaguereños.

Su entrada a su primer y único empleo

Siendo una estudiante de bachillerato, Luz Muñoz ingresó a trabajar cuando la Floristería Ponte Vedra llevaba unos 17 años de funcionamiento. Su fundadora y dueña era Isabel Segura de Espinosa, quien con un carácter fuerte y una alta exigencia a sus empleados, fue pionera en el negocio de las floristerías en Ibagué. Le llamó Ponte Vedra, en alusión a una ciudad de España famosa por sus jardines. Luz ingresó con la idea de ganarse un dinero que aprovecharía dándose gusto, pero no imaginó que doña Isabel le propondría quedarse.

Su hermana, quien trabajaba también en la floristería y le dijo de la vacante, le dio algunos consejos para ganarse el corazón de sus jefes. Aunque Luz comenzó con labores básicas como hacer mandados o mantener el orden y la buena imagen del local, se interesó siempre por aprender a hacer arreglos. Lo que le decía doña Isabel era que observara a las otras dos chicas que trabajaban allí, y que intentara hacer lo mismo con flores viejas, mientras ganaba agilidad y experiencia.

Las jornadas eran extenuantes, no sólo porque por aquella época no habían más de cuatro floristerías en la ciudad, sino porque eran pocas las manos para cumplir con todos los pedidos. Al terminar sus estudios secundarios, y con un trabajo fijo, Luz se animó a estudiar Administración de Empresas en la Universidad del Tolima, pero el cruce de horarios y el haberle dado prioridad a su ingreso económico, sólo la dejaron llegar hasta quinto semestre.

Comenzó ganándose el salario mínimo: $14.600, y colaboraba con los gastos de su casa, obteniendo una nueva posición ante sus padres y sintiéndose orgullosa de su trabajo. “Lo primero que llevé fue un comedor para un día de las madres…se siente uno muy contento de verdad”. Uno de los motivadores que otorgaba doña Isabel Segura, dueña de Ponte Vedra, eran las comisiones de ventas, por lo que Luz y sus dos compañeras de trabajo se veían presionadas por un halo de competencia que impedía una relación desinteresada.

Pese a ello, Luz siempre trató de concentrarse en su aprendizaje por observación, ya que no era usual guiarse por catálogos y cuando se hacían arreglos, no se dejaban copias visuales. La creatividad y el conocimiento de la técnica, eran cruciales a la hora de elaborar un bello arreglo floral para cualquier ocasión. Empezó haciendo moños en cinta de papel, bolas de greda y su primera obra fue un solitario, es decir, una flor adornada en una base de cristal.

La toma de riendas del negocio

Luz siempre quiso tener su propia floristería, pero su esposo la frenó cada vez. Le aconsejaba esperar un mejor momento, y no poner en peligro su estabilidad laboral. Su temprana mentalidad de empresaria y el querer mandar sobre sí misma y sus horarios, la impulsaba a independizarse. En 1.999 el día llegaría, cuando doña Isabel Segura le ofreció venderle la floristería pues estaba agotada por tantos años de trabajo y esfuerzo.

Pese a la buena noticia y la oportunidad de manejar Ponte Vedra, Luz sólo tenía el capital de su liquidación, y no solía endeudarse. Entonces, doña Isabel le propuso recibirle ese dinero más los ingresos que tuviera el establecimiento hasta diciembre de ese año. A partir del primero de enero, entonces, Luz sería oficialmente la dueña de la Floristería Ponte Vedra, donde había laborado por más de diez años, en calidad de empleada. “Me dio una alegría tan grande…pero no la demostré…me fui contenta por la [calle] Tercera para contarle a mi esposo…yo sólo le daba gracias a Dios…no podía creerlo”.

Luz no se aguantó las ganas de atender a su primer cliente como dueña un primero de enero. “Era la goma de recibir el primer peso mío…empezar a ganar por uno mismo es muy satisfactorio”. Abrió las puertas de su floristería y facturó su primera venta: un hombre que deseaba enviarle flores cada dos días y durante un mes, a una mujer que pretendía conquistar. Luz conocía no solamente lo relacionado con las flores, sino también el ámbito administrativo y los clientes, lo que le permitió un manejo inteligente y audaz en sus ventas.

Ponte Vedra sólo ofrecía flores naturales, por lo que Luz decidió añadir otros productos como chocolates, muñecos de felpa y cajas decorativas, además de desarrollar la línea de eventos que incluye desde la elaboración de tarjetas de invitación, alquiler de sonido, luces, decoración, búsqueda del salón y comidas y bebidas. Luz recuerda cuando a sus 18 años ingresó y se pinchaba los dedos con las crucetas, como se le denominaba a los maderos que sostenían las flores con alfileres, en los tarros de leche Klimm pintados, y que vestían de mimbre o bambú.

Este procedimiento artesanal fue uno de los primeros antes de la llegada del oasis, que cambió tajantemente la forma de incrustar flores y adornos. “Cuando fue el boom del oasis, yo recuerdo que decían: -llegó el oasis, una espuma verde que disque uno echa en agua, y eso toma el agua, y uno clava las flores- empezaron a llegar las cajas, nos decían gaste sólo medio, o un poquito”. Ahora, la posibilidad de acceder a Internet brinda cada vez más ideas para seguir ampliando y diversificando los servicios de su floristería, y el auge de materiales y adornos facilita la labor.

Las historias de sus clientes

Luz podría escribir un libro con todas las historias que están detrás de regalar una flor. Personas de todas las edades se acercan a Ponte Vedra para comprar un detalle en fechas tradicionales como el Día de las Madres y del Amor y la Amistad, o para contratar la decoración de eventos privados, matrimonios, grados y bautismos. También, es común querer regalar una rosa con motivo de pedir perdón tras una falta, felicitar a alguien en su cumpleaños, celebrar un mes más de noviazgo o desear conquistar un corazón. Son muchas las situaciones que Luz ha presenciado, y las historias que ha escuchado.

“Recuerdo que una vez llegaron unas niñas…eran las 3:00 de la tarde y decían: -¿Qué le regalamos a ese man?-…yo me les acerqué y les dije en qué les ayudaba y me dijeron que querían decorar una cama…les recomendé las bolsas de pétalos y los globos de helio en forma de corazón”. Uno de los principios que Luz aplica con su clientela es la discreción y el no juzgar el motivo de una compra. A su negocio, han llegado hombres que le piden un consejo sobre qué regalar para que una chica vuelva con ellos, o mujeres que desean romper el estigma de ser siempre las que reciben flores, para más bien regalarlas.

Pero no todo ha sido color de rosa. Luz recibió una vez la solicitud de un pedido costoso para una adolescente, y en el camino a llevarlo husmeó el mensaje encontrando la  terminación de la relación sentimental. Luz sintió tristeza y leyó con algo de crueldad la intención de quien enviaba flores para dar una noticia poco agradable. También, los mensajeros de Ponte Vedra han tenido que lidiar con el disgusto de mujeres que, al negarse a recibir las flores, las destruyen, las devuelven e incluso los insultan por haberlas llevado. En particular, algunas llaman  a la floristería y piden que si pueden darles más bien el dinero en vez del arreglo floral.

No todas las ocasiones para las que las flores se utilizan revisten alegría. En el caso de las coronas fúnebres, servicio que también ofrece Ponte Vedra, Luz confiesa que en un principio sentía temor de verlas, y más de elaborarlas. “Al comienzo a mi me daba pánico…las primeras coronas que yo veía me daban escalofrío…como si tuviera el féretro ahí…”. Sin embargo, con el tiempo ese tipo de elementos suelen asumirse como parte de su trabajo, y se perciben desde la mirada comercial.

Según Luz, las flores que más se venden son las rosas pues se ajustan a cualquier ocasión. Algunos clientes piden colores en particular pues para ellos representan diferentes significados. El amarillo suele asociarse a enfermedad, el rosado a ternura y el blanco a pureza, no obstante, para Luz es una interpretación que ha aprendido a respetar. Ante todo, debe llevársele la idea al cliente porque “las flores son para todo y para todos, y pueden complacer a todo el mundo”.

Ponte Vedra y su conexión con el exterior

Unas de las novedades de la Floristería Ponte Vedra es que es la central, en Ibagué, de tres de las cadenas de flores más reconocidas en el mundo. Luz, gracias a su capacidad de gestión y su visión como empresaria, logró aliarse a FTD Flores, Flores para Colombia y daFlores.com; todas, redes de florerías en Hispanoamérica que trabajan con domicilios de un país a otro. Luz recibe cotidianamente pedidos desde Estados Unidos, por ejemplo, para entregarlos en Ibagué; debe imitar el modelo elegido por el cliente y que la compañía envía a través de correo electrónico. Su misión es dejarlo lo más similar posible e imprimir el mensaje que acompaña el arreglo. Gracias a las ventajas tecnológicas y las formas de comunicación contemporáneas, la intención de expresar un sentimiento por otro, no tiene fronteras.

La mayoría de sus flores proceden de Bogotá. Para este año, Luz logró registrar 150 envíos para el exterior. En particular, en la temporada de Madres o de Amor y Amistad, requiere de tres floristas más, cuatro mensajeros, y dos señoras para atender, además de vehículos de transporte. El trabajo nunca ha faltado, lo que para Luz es una gran bendición. Ponte Vedra estuvo en sus primeros veinte años sobre la Calle 10 del centro de Ibagué, y ahora está ubicada en la Calle Novena entre las carreras Tercera y Cuarta, junto al Edificio Nacional donde funciona la DIAN.

Luz, es amiga de la idea de que el producto de su trabajo debe compartirse y disfrutarse. Por ello, suele organizar paseos en familia y con amigos, y salir a almorzar los domingos con sus padres, su esposo y sus dos hijos. Ha viajado igualmente a varios lugares de Colombia, como Medellín, Manizales Cartagena y San Andrés; y para el próximo año, planea un viaje a Europa.  Cuando Luz llegó a trabajar como auxiliar de apoyo en Ponte Vedra, no sabía nada de flores.

“Nunca pensé ser dueña de un negocio…yo pensaba seguir la universidad y graduarme…ahora, mis ingresos son igual o más que los de un profesional”.

Aunque Luz vive entre flores, su esposo y su hijo de 18 años la sorprenden esporádicamente con una, porque ““una flor comunica muchas cosas…por ejemplo, que alguien piensa en uno…[entonces], no es lo mismo trabajar con ellas que recibirlas”.

Luz tiene en sus manos una floristería que lleva más de 45 años en la ciudad de Ibagué. Cuenta con dos personas que le ayudan, y no es un sacrificio trabajar días festivos si la venta lo amerita.  Sueña con tener un local más amplio que le permita funcionar también como depósito de su mercancía, y dividirlo en secciones para exhibir vestidos de quince años y primera comunión, por ejemplo, con el fin de que el cliente pueda ilustrarse de lo que Ponte Vedra ofrece.

Sólo Luz Muñoz sabe lo que significa levantarse y terminar el día viendo las formas y colores de las flores. Con sus años de experiencia, ha aprendido a conocer que la calidad está en el grosor de su tallo, la apariencia de sus pétalos y hojas, y en su aroma. La Floristería Ponte Vedra fue su escuela, y ahora más que su negocio es su casa; el lugar donde se enamoró de las rosas y los lirios por su belleza silenciosa, y su poder de brindar felicidad a las almas nobles que las buscan y las regalan.