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Hace cuatro años estábamos listos para votar el referendo sobre el acuerdo de paz. Polarizados pero listos y yo conocía tanto a fanáticos como a analistas de las dos causas.

El NO ganó con 6.431.372 votos. Conozco personalmente a muchos, buenas personas, trabajadores, decentes. Como los 6.377.464 que votaron SÍ. También con muchos de ellos hablo, buenas personas, trabajadores, decentes, que -ese día- por 53.908 votos perdieron. Perdimos.

Y conozco a varios de los que no salieron a votar. Por pereza, por desidia, por confiados, por desilusionados, por malgeniados, por lo que fuera. Muchos no salieron.

Sin embargo, no hay uno sólo de mis conocidos que -en estos cuatro años- haya cambiado de idea. Repito, entre mis conocidos, aunque tampoco tenga muchos. Pero seguro en el país hay arrepentidos, como el exministro de defensa Pinzón, que votó sí como embajador de Santos allá en Estados Unidos, aunque ahora se declara desilusionado y se haya convertido en importante crítico de lo que hace cuatro años defendió. Digno representante de “la política es dinámica”, la frase que acuñara Sabas Pretelt, otro exministro. Está en todo su derecho.

En estos cuatro años, la paz -o el intento- ha recibido duros golpes. Por ejemplo, la intención del Gobierno de cambiar la Justicia Especial para la Paz -la JEP, la fuga de Santrich, la inaudita incapacidad para evitar que maten a los líderes sociales, la vuelta al monte de varios, o el mínimo liderazgo del ministro de defensa por estar dedicado a hacer puntos con el jefe político a ver si lo escoge como su candidato, mientras exige cárcel para los calumniadores pero no atrapa a ninguno.

A pesar del esfuerzo de muchos, la idea de la paz se ha ido diluyendo en el tiempo, en las eternas peleas de uribistas y santistas que se achacan mutuamente -de manera inobjetable- las responsabilidades: se robaron el referendo, sacaron a la gente a votar emberracada; le entregaron el país a la far, le entregaron el país a Duque; dejaron el país sembrado de coca, dos años gobernando y no han podido reducir los cultivos; van a volver esto Venezuela, volvieron esto Venezuela. Y así podría llenar 5 párrafos más de culpas mutuas.

Ahora, póngase a analizar una frase de éstas con alguien de la otra orilla y verá cómo no llega ni a la esquina.

Y así íbamos. Hasta el certero golpe del pasado lunes cuando apareció la foto a todo color: Iván Márquez, Hernán Darío Velásquez “El Paisa”, Aldinever Morantes y Jesús Santrich, con nuevos uniformes, gorras recién hechas, de buen semblante, los cuatro repuesticos, afeitaditos, las barbas y los bigotes pulidos, cómo les ha sentado el monte. Y cómo les quedó de grande la vida de ciudadano, la vida decente, la vida honrada.

Cada uno, con un tremendo rifle tavor, el orgullo de la industria militar israelí, súper liviano, apenas para recién regresados que pudiesen estar desacostumbrados a las exigencias del mundo delincuencial. Aquí conocíamos al galil o al kaláshnikov. Pero estos de la foto, hasta en colores vienen. El merchandising de la guerra. ¡Dios santo!

Y no con una mira sino con varias. La tradicional, la telescópica, la de visión nocturna, la holográfica. ¡Hágame el favor! Aunque -por lo menos- a Santrich no le van a servir de nada porque padece el síndrome de Leber, que lo tiene prácticamente ciego. Lo que se debieron burlar de él sus camaradas.

En fin. Fue duro ver la foto. Los que votamos por el sí confiamos siempre en que iban a cumplir su parte. Defendimos un acuerdo más que generoso (negociaron la impunidad, dicen sus detractores) y me parece que sigue siendo valioso haber desarmado a casi 7 mil guerrilleros, con sus armas. A eso le apostamos. Aunque con estos cuatro hayamos perdido.

En todo caso, ni idea dónde están. Ni estos ni los que tienen asolado al Cauca, a Nariño, al Chocó, al Catatumbo, a los lugares de siempre, que sólo existen en el mapa por los muertos que ponen a diario. Y a veces, ni así existen.

El ministro de defensa debería saber dónde andan pero está ocupado en una velada campaña política, peleando con las cortes (que yo ya me disculpé), persiguiendo vándalos que destruyen Cais (no ha encontrado a todos los que mataron a tiros a 12 bogotanos aquella horrible noche), defendiendo la honorabilidad de la Policía (como si la honorabilidad se defendiera sólo con palabras), tan solidario con Trump y su virus pero tan duro con quienes lo cuestionan. Y de los de la foto, nada.

Da rabia ver la foto. Es un escupitazo en la cara de cada uno de los que vieron posible el fin de esa guerra. Es la representación a todo color del sangriento verdugo que asoló al país por tantos y tantos años. No el único, pero sí uno muy terrible.

Hay que decirlo. También le revolvió el estomago a los que votaron no y muchos rabiosamente levantaron el dedo señalador mientras esgrimían el popular: “se los dije”.

La foto es la sal en la herida de un país que se niega a unirse porque los señores de la guerra nos necesitan divididitos, que peliemos entre nosotros mientras algunos de ellos, protagonistas de imperdonables delitos que fueron perdonados, posan tranquilos, bien pegaditos el uno del otro, como si estuvieran en un evento promocional o en una fiesta de disfraces, con armas de utilería y sorpresita al final.

Pero el presidente anda en otro tema, el ministro ni se diga y los generales, pues, ahí van. Falta liderazgo en el país, falta ejemplo, hay como una desazón general, como una paquidermia aumentada por la pandemia, como un país que se mueve a medias, como tratando de desperezarse, mientras que los delincuentes se mueven rapidito, sin problema, como pez en el agua, coordinados, decididos, envalentonados. Ojalá los atraparan. Esa sería una mejor foto. Al menos, más justa. Justicia fotográfica, diría yo.

 

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