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¿Quién en Colombia no ha escuchado que alguien insulta a otro diciéndole indio? No preguntaré si lo han usado. O si se lo han espetado. Esa es una india. Mucho indio. Indio, en general, se volvió un despectivo que -etnológicamente- ni siquiera está bien usado. Debería ser indígena. ¡Uich, usted sí es mucho indígena! Claro que no suena igual, hay que reconocerlo.

Como si fuéramos la más pura de las razas, la colombiana-blanca, inmaculada, tan pura que ni colombiana debe ser, eso tiene que ser original de los mejores linajes de Andalucía, con escudo de armas incluido, de donde llegaron tan nobles caballeros, tan educados, tan corteses, tan europeos, tan ellos. Y nosotros, todos dignos herederos. Todos, menos esos indios.

Yo, por ejemplo, soy González, de los gonzález más ilustres de España, nada más y nada menos que del reino de Castilla, la tierra de Isabel, que financiara al genovés con sus propias joyas, gonzález de ancestro visigodo, y de ahí godo, y de ahí germánico, y de ahí gótico. Mejor dicho, más blanco que los blancos, más puro que los puros, más ario que los arios. Debo tener sangre de Alarico, o al menos de José González, que por no prestar un florero debió soportar los vilipendios de estos guaches revolucionarios.

Qué pereza estos indios, tan feos, tan sucios, tan pobres. Tan indios. Menos mal llegamos. Menos mal los conquistamos. Menos mal los convertimos. Menos mal los civilizamos. ¡Gracias Almirante!

La historia dice que -después de buscarla en el horizonte por 35 días desde que partiera de las Canarias- el primero en avistar tierra firme fue Rodrigo de Triana, sobre las dos de la madrugada del viernes 12 de octubre, hace 528 años y 6 noches, trepado en el palo mayor de La Pinta, la carabela que -en ese momento- comandara la expedición que buscaba llegar a Las Indias dándole la vuelta al planeta.

Por eso, a los hombres que el italiano Cristoforo Colombo vio desnudos en Guanahaní, los llamó indios. Y desde ese momento, su raza se mostró superior y los menospreció, como consta en su bitácora de viaje, donde narraba la ingenuidad de los indígenas con los espejos, su sorpresa ante las armas (les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia), su decepción con las nativas (aunque no vi más de una harto moza) y su decisión de dominarlos desde el primer momento (con cincuenta hombres los ternán a todos sojuzgados y los harán hazer lo que quisieren), entre otras maravillas.

Conquista, invasión, civilización, genocidio, Ustedes decidan el sustantivo, que para cualquiera de esas posiciones hay suficiente literatura y abundan los académicos juiciosos con sólidas tesis que justifican de sobra cada una de esas.

Lo cierto es que los expertos calculan que -por esa época- había cerca de 60 millones de indígenas en América y 100 años después ”el encuentro de dos mundos” los había reducido a apenas seis, a punta de guerras, enfermedades y esclavitud.

Cómo sería la matazón que hasta le pusieron nombre: Great Dying (Gran Muerte).

Cómo sería que hasta se afectó el clima del planeta: al abandonarse cerca de 56 millones de hectáreas los bosques crecieron, se redujeron los niveles de CO2 y la tierra se enfrió 0.15 grados.

No lo digo yo. Es un estudio de investigadores del University College de Londres, publicado en la revista Quaternary Science Reviews. 

La pólvora, las cadenas, la viruela, el sarampión, la gripe, los piojos y otras bellezas diezmaron a los pueblos indígenas, dominados a punta de engaños y fuerza, lo que fuese menester, paralizados por extraños seres mitad humano mitad animal, que veloces cabalgaban armados con mágicas lanzas que arrojaban un fuego tan mortal como desconocido. Claro que de aquí para allá se llevaron la sífilis, es justo decirlo.

Hoy las noticias hablan del viaje de miles de ellos desde sus lejanas tierras -donde quedaron reducidos- hasta la capital. Decidieron venir porque el presidente no quiso ir. No es que le dé jartera verse con ellos o hablar con ellos porque -por ejemplo- en campaña presidencial sí fue, para qué.

Debe ser por otros motivos. Debe estar ocupado con otros temas, el programa de las 6, en fin, ser presidente no es fácil, hay mucho desconsiderado por ahí, quieren todo regalado, “este es un gobierno dialogante”, dijo ayer al gremio de los hoteleros en el Palacio de Nariño.

Los indígenas también dormirán en un palacio, el de los deportes, donde habrá carpas para acomodarlos por cuenta de la Alcaldía, porque el Gobierno Nacional, que es con quien vinieron a hablar, prefirió abstenerse de colaborar. Me parece hasta bien. Hay que cuidar los recursos y no malgastarlos en gente que no ha sido invitada, que viene infiltrada por el terrorismo, con motivaciones políticas, en vez de dejar que sus necesidades sociales se discutan por los caminos establecidos para ello, ahí esta el Congreso, allá fue la ministra, y el consejero, y el del Ejército. Pero no. Es como ellos quieran. Indios tercos. Todo lo quieren hacer como a ellos se les da la gana. Pues no voy.

Pues entonces nosotros vamos.

Quieren hablar de territorio, de democracia, de paz y sobre todo de vidas. 4 temitas ahí. Es que eso es lo mismo de siempre. Miremos unas cifras, como para que esto no sea solo palabras: el año pasado mataron 84 de sus líderes, todo un récord, y en lo que llevamos de este 2020 ya van más de 50. Por ejemplo, Oliverio Conejo, que coordinaba el programa de salud del pueblo indígena Totoroez y estaba dedicado a prevenir la llegada del coronavirus a su territorio. Iba caminado del brazo con su hija por una carretera del Cauca y de repente, una moto se acercó y el de atrás le disparó a sangre fría. Sin preguntas, sin respuestas, sin reclamos, los mató a los dos en el acto. Eso fue hace un mes y eso se quedó así. Un número más para la fría estadística.

“Ellos nunca van a cambiar y van a ser miserables y brutos toda su vida”, dijo un descuidado contratista del MinTIC que no cerró su micrófono al final de una reunión virtual con líderes indígenas que pedían ayudas para enfrentar la pandemia, hace como 6 meses. Ahí resumió lo que muchos piensan.

Me parece que razones tienen de sobra para protestar y pelear y patalear y luchar por lo que ellos creen. Eduardo Galeano lo resumió maravillosamente: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: `Cierren los ojos y recen´. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.

No le gustará a muchos pero… Va uno a ver y sí.

 

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