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Con mi cámara en mano sería testigo de una noche musical

A las 7:00 de la noche, las puertas del Panóptico se abrieron lentamente iluminadas con la magia de las luces en el escenario.
Ibagué
Autor: Ana María Cifuentes Grimaldo
Autor:
Ana María Cifuentes Grimaldo
Con mi cámara en mano sería testigo de una noche musical
Foto: Sebastián Rivas

El sol caía lentamente sobre la ciudad de Ibagué, teñendo el cielo de tonos cálidos y dorados el 07 de septiembre. En medio de la brisa tibia que soplaba sobre la ciudad, los rumores de un evento excepcional se habían extendido por todas las esquinas.

Los habitantes de la capital musical de Colombia esperaban ansiosos una noche llena de magia y música en el histórico Panóptico en el marco del Ibagué Festival, un evento organizado por la Fundación Salvi que prometía ser una noche llena de tradición, talento y música.

Los acordes de artistas de renombre como la compañia Antonio Gades, el Ensamble Gurrufio y el inigualable Cholo Valderrama, resonarían en un tributo a la música llanera y a la danza y música española.

En medio de la efervescencia de la multitud que se agolpaba frente a las puertas del Panóptico, me hallaba yo, una estudiante de Comunicación Social y periodista de El
Anzuelo Medios
, quien estaba emocionada por la oportunidad de cubrir el evento en representación de su medio.

Con mi libreta de notas, cámara en mano y una sonrisa de
anticipación, me encontraba lista para adentrarme en el corazón de la velada musical. Mi misión: capturar la esencia de la música llanera y el espíritu de esta noche inolvidable.

Desde niña, había crecido junto a mi hermano escuchando las historias cantadas de los llanos colombianos, y esta noche tenía la oportunidad de sumergirme en el corazón de esa
tradición musical que tanto amaba.

A las 7:00 de la noche, las puertas del Panóptico se abrieron lentamente iluminadas con la magia de las luces en el escenario. La fila de personas que esperaban ansiosas para entrar parecía interminable, y algunas se quedaban por fuera, deleitándose con los primeros acordes que emanaba del recinto.

En medio de la majestuosidad de la estructura carcelaria
convertida en escenario, el público tomó asiento, y yo me sumergí en el entorno. Los muros altos y las rejas de hierro forjado parecían contar historias del pasado, mientras que las
luces suaves creaban un ambiente íntimo.

La velada comenzó con la actuación de la compañía Antonio Gades, maestros de la danza flamenca. Su baile apasionado y enérgico llenó el escenario, transportando al público a un
rincón de Andalucía. Los compases de las guitarras españolas y el zapateo resonante crearon una conexión única entre la música flamenca y la esencia de la música llanera.

Ensamble Gurrufio, un grupo musical venezolano que fusionaba melodías llaneras con influencias contemporáneas, tomó el escenario a continuación. La combinación de arpas,
maracas y guitarras eléctricas hizo que los asistentes se levantaran de sus sillas para admirar el arte y aplaudir a los intérpretes, mientras otros colegas y yo capturábamos la
emoción de los rostros maravillados con grandes fotografías.

El punto culminante de la noche llegó cuando el legendario Cholo Valderrama hizo su aparición en el escenario. Con su voz poderosa y emotiva, Valderrama entonó canciones que hablaban del alma llanera y la vida en los extensos llanos colombianos.

Me emocioné al ver cómo el público se unía en un coro espontáneo, cantando junto al Cholo; en ese momento comprendí la verdadera esencia de la música llanera y su capacidad para unir a las personas.

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