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Hora de pedir perdón

Hace unos años cuando Luis H se aproximó al partido Liberal para hacerse su candidato a la Alcaldía, escribí una columna titulada “La Gran Ramera”. El propósito de la columna era significar que el partido en ese entonces robusto y vigente en la vida política de la ciudad, no podía venderse como franquicia al mejor postor y Luis H, no era ni mucho menos un liberal, sino que había militado en distintos movimientos, todos ellos de talante conservador.

La columna causó cierto revuelo y escozor entre algunos liberales de la época que aún hoy siguen viviendo de la historia del partido, al punto que me exigieron respeto por la colectividad, mientras ellos precisamente hacían lo contrario, irrespetándola con un embuchado electoral que terminaría tan mal como ya todos lo sabemos.

El liberalismo de la mano de Luis H fue el partido de gobierno en un cuatrenio aciago en el que puso sus fichas en las más importantes posiciones y apoyó desde sus mayorías en el concejo los “proyectos” del ejecutivo. Cosa distinta es que destapada la debacle miró para otro lado, como si nada tuviera que ver con el estropicio, faltando aún por esclarecer – hasta que el chatarrero no disponga otra cosa - la participación de sus alfiles y concejales en la rebatiña.

Al final del gobierno de Luis H. cuando ya los liberales habían saciado su apetito, desconocieron su participación en la administración y con remozado brío se vistieron de oposición para acompañar por la puerta de atrás a Guillermo – con lapsus y todo -, quien cabalgó hacia la alcaldía enarbolando la bandera de la lucha contra la corrupción, abrazado a la colectividad que la había liderado.

Nadie pudo entender porque Guillermo aceptaba entonces la compañía del liberalismo y le reservaba los mejores perniles de la burocracia, si se trataba del partido que había ungido alcalde a quien el mandatario había graduado como adalid de la corrupción que el gobierno “con todo el corazón” decía repudiar. Cosas de hermanos.

No resulta extraño entonces que el electorado de la ciudad dé la espalda al partido que históricamente la ha gobernado y que siendo el responsable político de su atraso y de jornadas aciagas como las que describo, ha carecido de valor para aceptarlo pidiendo perdón a los ciudadanos como debe ser por sus desaciertos y por los irreparables daños que ocasionó.

Solo de esa manera el partido puede volver a aspirar a ser mínimamente algo de lo que fue.

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