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El lustrabotas del centro de Ibagué que cumplió su sueño de volar en la cabina de un avión

Por casualidad: así obtuvo Robin Hernán Rivero un boleto a la realización de su propio sueño en los cielos.
Historias
Autor: Juan Esteban Leguízamo
Autor:
Juan Esteban Leguízamo
El lustrabotas del centro de Ibagué que cumplió su sueño de volar en la cabina de un avión
Foto: Diego Fernando Vargas

Gracias a su trabajo como lustrabotas, Robin Hernán Rivero cumplió su sueño de abordar la cabina de un avión y contemplar el paisaje del Tolima a 3.000 pies de altura. Esta es la historia de una serie de casualidades que lo llevaron a este destino increíble.

Como resultado de los aprietos en el hogar, Robin comenzó a trabajar de lustrabotas cuando tenía ocho años. En su cabeza había un sueño juvenil: ser piloto de avión. 

“Yo me la pasaba viendo los aviones. Pero no se pudo, vale mucha plata ese aprendizaje, es una cosa muy difícil de realizar”, manifestó.

Sin embargo, Robin es un lustrabotas histórico del centro de Ibagué. Tiene clientes aquí y allá que lo llaman para un servicio por el que es célebre y con el que ha pulido los zapatos de políticos y personajes ilustres. “A Rodrigo Silva, el músico, le hice una vez un trabajo”, señaló.

Con el voz a voz, su nombre llegó a los oídos de un fotógrafo de Ibagué, Diego Fernando Vargas, que decidió entrevistarlo para narrar su historia de vida.

A medida que se desarrollaba el encuentro, llegó el instante que lo definiría todo: ¿cuál es su sueño? le preguntaron, y él respondió: “yo quería ser piloto de aviación. Creía que lo más bonito de ver era el mundo desde el aire”.

La entrevista se publicó, pasaron los días y Robin seguía levantándose a las 5:30 de la mañana para asegurar el pan de todos los días.

De pronto, un día corriente de junio de 2021 lo abordó Diego –el fotógrafo– con una actitud sospechosa.

“Tengo que hacer un video, y necesito que usted me acompañe. Salimos de Ibagué, es cerca”, le dijo. Robin nunca había escuchado algo semejante.

“Acepté porque si sale trabajo hay que hacerle sea como sea. Yo creí que iban a hacer un evento de la Gobernación, que me tocaba mover sillas o algo de logística”, manifestó. Estaba muy equivocado.

Tomaron la vía que comunica a Ibagué con Espinal, en un viaje de una hora, hasta que dieron con un cartel que lo aclaró todo para Robin. Decía: ‘Escuela de aviación’.

El rostro de Robin era el mismo de un niño que ve cumplida su felicidad en un instante. Frente a la avioneta de dos puestos, Diego le confirmó que, en efecto, no se trataba de un evento de la Gobernación.

“Yo le tengo una sorpresa porque usted es un bacán, trabajador: hoy va a vivir la experiencia de volar por primera vez. ¿Se le mide?”.

Robin aceptó de inmediato y confesó que en el ascenso sintió algo de temor (no es lo mismo ser un pasajero que estar en el puesto del copiloto a un kilómetro de altura). Sin embargo, recordó que estaba ahí por una razón.

“La demora fue pensar en que ese sueño lo tenía hace muchísimos años y no me iba a echar para atrás. No señor. Así que hagámosle”, pensó al tiempo que ahuyentaba su miedo.

El viaje duró una hora y pasaron sobre Girardot, Espinal, Chicoral y el río Magdalena. Desde allí pudo confirmar que “lo más bonito de ver era el mundo desde el aire" y la grandeza de un paisaje que se abría como la palma de una mano. Sin embargo, Robin lamentó un error.

“La emoción tan verraca me hizo subir rápido al avión y se me olvidó el celular en tierra. No pude tomar mis fotos, pero al menos me quedan los recuerdos”, dijo.

A su llegada a la casa, sus familiares no podían creer lo que recién había acontecido. ‘El piloto’ comenzaron a decirle. Al contarle a su padre, él reía y lloraba de la emoción, pues nunca pudo subir a un avión ni experimentar una vista semejante con sus propios ojos.

Ahora Robin mira al cielo y agradece. Dice que fue un anhelo que conservó toda la vida hasta que se hizo realidad y ahora será una dulce memoria. “Yo le agradezco a Dios, es la certeza de lo que no se ve”, sentenció.

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