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Hablemos de mentes

Hace unos años, el grueso de los colombianos no hablábamos de cambio climático o violencia de género. Hoy, estas problemáticas se debaten a diario porque, mejor tarde que nunca, se visibilizaron y popularizaron. Que son parte de una agenda política, del pensamiento mainstream o asuntos milenial, sí, tal vez.

Dar foco a dinámicas y fenómenos dañinos e históricamente desapercibidos, por decir lo menos, ha contribuido al despertar de nuestras consciencias y al poder de agencia sobre el bienestar individual y colectivo.

Ahora, más nos vale poner la salud mental sobre la mesa. Aunque se trata de vidas, no de cifras, revisemos algunos datos. En 2010, un estudio de JWT Sonar estimó que la ansiedad acompaña al 58 % de los colombianos. La depresión ha tocado la vida del 80 % de la población y alrededor del 4.7 % la padecen de manera crónica (OMS, 2019).

Adicionalmente, según UNODC, cerca de 484 mil compatriotas consumen psicoactivos de forma abusiva y dependiente (no social, no recreativa, no ocasional) y 2.6 millones son alcohólicos, mientras que la anorexia y la bulimia son los motivos más frecuentes en las terapias. Resumen: 2.696 de nuestros niños, jóvenes y adultos decidieron suicidarse en 2018 (617 intentos y 39 consumados en Ibagué). Los casos aumentan cada año.

Aun así, la salud mental y emocional sigue excluida o minimizada tanto en las conversaciones nacionales (políticas públicas, campañas electorales, normatividad) como en las de pareja o familia, pero somos “el segundo país más feliz del mundo”.

Al margen de las cuentas, de acuerdo con las ciencias en materia, todos presentamos algún grado de trastorno psicológico o afectivo producto de nuestras creencias, experiencias, cultura y hasta de la genética, pero la mayoría lo desconocemos.

Lo que se ignora corre el riesgo volverse normal, y lo normal muchas veces no es igual a lo sano. Asimismo, y aquí va la buena noticia, todos tenemos el potencial para trabajar en la sanidad propia y, si es posible, en la de quienes nos rodean.

Hablar, comunicar, contribuye a visibilizar, a prestar cada día mayor atención a lo afectivo, mental y espiritual, a unir energías para sanar y resolver problemas comunes en el camino. En el mío, he aprendido la importancia de los actos de aceptación y amor conmigo y con otros; de apreciar mi cuerpo, mi historia, mis circunstancias, mi entorno; de las prácticas que me conectan con lo divino y creativo que hay en cada uno de nosotros.

He aprendido a hacerme cargo de mi felicidad, mi presente y mi futuro (lecciones no incluidas en el currículo del colegio). También he encontrado las limitantes de acceso a ayuda especializada en el país. Para reconocer y trabajar exitosamente en un trauma, trastorno, síndrome, adicción o enfermedad mental, además de información, voluntad y acompañamiento de todo tipo, en Colombia hay que hacer uso de privilegios como el tiempo y el dinero. A través de esta columna, en adelante abro un espacio más de crecimiento personal y democrático, para hablar de mentes (entre dementes).

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