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Santiago José Castro Agudelo

Es hora de dar el debate, alejados del populismo

El gobierno nacional ha decretado, por segunda vez este año, la emergencia económica, pues necesita encontrar el camino para hacer frente a la peor crisis económica desde 1999. En ese momento la economía sufrió un crecimiento negativo de 4,2%. Este año el pronóstico pesimista sigue a la baja y algunos hablan de “escenarios hipotéticos”, donde el crecimiento podría estar muy por debajo de -5,5% y llegar incluso a -8,3%. La desocupación alcanzaría un 20% y el marco fiscal, con el precio del petróleo por debajo de los 30 dólares el barril, seguiría muy apretado.

Hasta aquí lo que todo aquél que lee algunas líneas en la prensa ya sabe. La pregunta sería entonces: ¿Cómo reactivar la economía con el COVID19 presente? La clave, en primer lugar, está en asumir desde ya que el coronavirus no se va a ir. De hecho, podría incluso mutar y ser aún más resistente, aunque nuestros organismos también podrán ir avanzando y estar mejor preparados, al menos eso es lo que esperamos.  

Tenemos así un marco en el que el distanciamiento social y las medidas de higiene serán permanentes y eso cambia mucho las cosas. Imposible hablar de transporte masivo, un error volver a los conciertes de miles de personas y ni hablar de las filas inhumanas en los bancos o en las EPS. Digámoslo con claridad: nos toca reinventarnos. El problema es que, por alguna razón, seguimos esperando a que todo pase para volver a la “normalidad”. Pues queridos lectores, eso no va a ocurrir

Hay que decirlo con claridad. En unos meses tendremos que volver a la discusión de siempre: más o menos intervención del estado y cómo garantizar la libertad económica, poniendo freno de una vez por todas a los oligopolios y a las mafias que se apropian de la burocracia y de las rentas creadas para el estado. 

Sugiero aquí tres cambios fundamentales en los que como sociedad debemos ponernos de acuerdo: 

  1. Educación. No tiene sentido mantener un modelo tradicional que impide la actualización en contenidos, formación docente y uso de las nuevas tecnologías. Llegó el momento de permitir a las familias definir cómo y en dónde quieren que estudien sus hijos, sin obligarlas a ir al único plantel disponible. 
  2. Salud. Llegó el momento de exigir planes de prevención obligatorios que impliquen la posibilidad de reducir o aumentar el costo de la EPS, a partir de los hábitos y del cumplimiento de las recomendaciones médicas. Registrar los datos debe ser tarea bimensual vía plataforma, garantizando que todos lo puedan hacer y recibir recomendaciones. 
  3. Impuestos. A la responsabilidad del estado debe reemplazarla la responsabilidad social, en un escenario que permita el flujo real de capital hacia nuevos emprendimientos, ahorro, obras de infraestructura, entre otros. La lógica de pensar que el estado es el mejor administrador es errada. En Colombia ha quedado demostrado que “los intocables” con sus “contactos” y “relaciones” se apoderan de esos recursos, que son de todos, y muchas veces acrecientan sus fortunas vía obras mal hechas o nunca terminadas. Es hora de reducir significativamente los impuestos a las empresas y a las personas naturales, especialmente a quienes ganan menos de 3 SMMLV ($2.633.409). Asumamos la mayoría de edad. 
  4. Justicia, seguridad y fronteras. Urge invertir significativamente en la despolitización de la rama judicial y su avance en tecnología y eficiencia, pues en la pandemia el sistema ha quedado paralizado. La sociedad no debe aceptar, no se puede conformar con el sistema que tenemos. Lo mismo ocurre con la seguridad ciudadana y la protección de las fronteras. La policía debe tener herramientas y no temer sanciones por hacer cumplir la ley, regulando incluso el uso de la fuerza letal. No más policías recibidos a machetazos. Lo mismo para las fronteras por las que ingresan toneladas de contrabando y migración ilegal. La tecnología está, la voluntad no y se resiste incluso al mortal COVID19. 

Si no cambiamos las cosas de una buena vez, algunos políticos y sus amigos contratistas seguirán gastándose lo de otros, es decir, lo de nosotros y lo mucho que tendrán que pagar nuestros hijos.