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El “Socialismo” Venezolano

Para muchos es evidente que Venezuela sufre un agudo conflicto inter-clase. La clase media-media y media-alta despotrican en general del modelo chavista. Muchos de sus privilegios fueron recortados, y su capacidad de intervención (a través de gremios, partidos y relaciones público-privadas cotidianas) sobre las decisiones que tomaban las élites políticas tradicionales se vieron seriamente lesionadas.
 
Los más ricos que usurparon el tesoro público durante décadas desplazaron sus capitales a otros lugares, recularon en sus planes de expansión, y sólo algunos se instalaron en el nuevo modelo socialista para cooptar la renta pública mediante proyectos de infraestructura e importaciones, especialmente. Estos son en efecto los grupos sociales que apoyan la reacción política contra el chavismo, y de allí es que Leopoldo López, Corina Machado, y los demás, han derivado su apoyo político y económico.
 
Por otro lado, la clase media-baja y las clases populares, que representan una parte importante de la población venezolana, apoyan el régimen socialista, con contradicciones o reparos, ciertamente. Pero aún constituyen casi la mitad del electorado nacional, a pesar de las recientes encuestas que ponen en entredicho la gestión de Maduro.
 
En esta orilla es obvio que se alinea la casta militar y su poderoso grupo de presión (el cual también vota), lo mismo que la nueva élite civil chavista, los cuales han experimentado un acelerado ascenso social por la vía política o la carrera militar.
 
No obstante, a pesar de la grandilocuencia de sus discursos proto-socialistas y las reformas estructurales anunciadas desde hace más de una década, sus efectos se han estancado en un conjunto de medidas de choque, focalizadas y accidentadas, las cuales fueron concebidas por el mismo Chávez como políticas de intervención de emergencia o temporales. La idea de las “misiones sociales” y otros “subsidios costosos” debía representar la excepcionalidad del régimen, y no la regla del proyecto socialista. Y en efecto, los resultados fueron su completa inversión.
 
¿Cuáles son los principales factores que han hecho casi impracticable el proyecto socialista venezolano, ahora sustituido por un “Estado súper-centralizado” y generador de subsidios indiferenciados e insostenibles? Se trata de dos cosas: la cultura y el proyecto de país mismo.
 
La mayoría de las veces, este tipo de proyectos políticos puestos en marcha en lo real y concreto están cortados a la medida de la cultura del trabajo, la organización productiva, la participación política y la capacidad de autogestión social de los problemas públicos.
 
El “capitalismo clásico” funciona mejor en Ginebra que en cualquier otro lugar del mundo desde el siglo XVIII, por su antigua relación con la “democracia local”, la distribución razonable de medios de producción, la proscripción del despotismo y la confesionalidad, y una profunda cultura calvinista que exhorta a “Dios” en el trabajo abnegado. De allí que esa democracia liberal o republicana con “capitalismo social” sea mucho más estable y exitosa que en sus replicadores. Pero, ciertamente, nosotros fuimos y somos otra cosa muy distinta.
 
Venezuela, como Colombia, no tiene una cultura colectivista en estricto (y la que existe en los indígenas y campesinos, la estamos destruyendo desde la Conquista), tampoco toma decisiones asamblearias para enfrentar retos públicos, nunca ha experimentado los hábitos protestantes del trabajo, y tampoco ha incorporado ciertos valores des-mistificadores del mundo. Por el contrario, practicamos con solvencia el ladinismo, los ilegalismos, la simulación, la destrucción del otro, la mezquindad, el fatalismo católico, el amiguismo, el clientelismo, y esa compasión vacía por el “desgraciado” que elimina cualquier forma de meritocracia.
 
Por ello, la corrupción circula como una práctica válida por todo el cuerpo social de Venezuela. El policía, el soldado, el funcionario, el intermediario, el político de base, el chavista en ascenso, entre otros, vienen deshaciendo todo aquello que quiso impactar positivamente a la gente. Banalizaron todo aquello relacionado con la ciencia, la pedagogía, la tecnología, el ambiente, la democracia profunda, etc., por una puesta en escena ideológica y superficial que sólo busca justificar una nueva concentración de poder y rentas en otras élites sociales.   
 
Estos elementos han agudizado el conflicto inter-clase en Venezuela a niveles insostenibles. Y las acciones públicas han caído en el típico chantaje de los regímenes populistas, sean de izquierda o de derecha: a falta de una cultura del trabajo individual y colectivo, a falta de una participación política efectiva de las clases populares y medias, a falta de hábitos realmente comunitarios, el Estado ha desplegado una aparatosa red de dotaciones públicas para demostrar que ellos son el centro del proyecto político. Y cada vez que amenaza una demanda efectiva de las clases populares y medias sobre el gobierno nacional o regional, la solución sigue siendo ampliar la cobertura de las dotaciones.
 
En breve, el “socialismo” es una invención eurocéntrica que podría verse hasta cierto punto, como la normalización de los conflictos históricos del capitalismo clásico, o al menos como el clímax del desarrollo de las fuerzas productivas. Y esto ya lo había dicho el mismo Marx, pero para un mundo euro-norteamericano, vale corregir.  
 
Y esta hipótesis nos lleva al segundo factor: el proyecto de país debió y deber ser siempre “a lo latinoamericano”.
 
El socialismo venezolano tiene por supuestos unas bases culturales inexistentes, lo que implicó también la implementación de un modelo político y económico inviable. De allí esa simbolización extrema de sus líderes y programas públicos, en una típica sustitución propagandística de los “sentidos del mundo” que fundarían el socialismo europeo o norteamericano.
 
Y quienes han comprendido mejor esas tensiones entre lo “andino” o “mestizo” con los modelos de gobierno de cuño liberal-burgués o protestante-capitalista siguen siendo los proyectos “pluri-económicos” de Correa, “pluri-ideológicos” de Mujica y “pluri-nacionales” de Evo.   

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