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El puente entre la vida y la muerte

Hace un mes despertábamos con la noticia de un caso más de suicidio en el puente de la variante de Ibagué. Yo regresaba de un retiro de meditación clásica y yoga antiguo, por tanto este hecho me tocó especialmente, tras semanas de aprender sobre aspectos físicos, mentales y espirituales que concilian y que profundizan la vida.

Quise entonces ir a ese lugar convertido en ícono de la muerte en la ciudad. Ya es imposible saber la historia de Óscar desde su propia voz, ni lo conocía, pero siempre nos quedan la empatía y el respeto, dos habilidades humanas maravillosas y complejas, para imaginar por lo que pasaba.

Cuando alguien muere al lanzarse desde un lugar alto (un edificio, un acantilado, un puente), su muerte, por naturaleza, se convierte en un acto público. El secreto está afuera. La imagen de la tragedia es una mancha, una herida que todos vemos.

Sin embargo, lo que como sociedad sabemos sobre estos suicidios se limita básicamente a reportes de números: 40 casos en 20 años, mujeres en su mayoría, durante los primeros meses de cada año y principalmente por problemas de amor, según la Secretaría de Salud Municipal 2019.

Las estrategias de prevención y abordaje se han centrado en las barreras físicas, informes de medios (irresponsables o indiferentes), una señal de alerta divina y una línea telefónica de apoyo psicológico. Por tanto, el puente entre la vida y la muerte sigue quebrado.

Al llegar allí, por difícil o incómodo que resulte, intentaba comprender lo que sería moverme hasta ahí con la intención de morir. Encontré varios incentivos. La facilidad de acceso, la letalidad percibida del salto al vacío, la atención mediática y paisajes únicos como el vasto Cañón del Combeima por debajo, hacen de este puente un hotspot suicida, como lo son el Golden Gate Bridge, las Cataratas del Niágara o la Torre Eiffel. Lugares con todo el simbolismo y el romanticismo que envuelve la vida. Y también la muerte.

Mientras regresaba pensé: si llega un momento en el que sentimos que nuestra vida es un fracaso, que tenemos mala suerte, que nos ha correspondido todo lo malo ¿qué podría detenernos de dar un salto al vacío? Las duras experiencias nos hacen fuertes, más sabios, seres humanos más aptos, mejor equipados, pero cuando las atravesamos no solemos tener esa visión.

De ahí la importancia, en principio, del diálogo y la comunicación genuina e infinita como formas de salvarnos de un dolor que parece insoportable. Por el contrario, al atribuir a los sucesos traumáticos un carácter incomprensible o incomunicable, los luchadores quedan atrapados en la soledad.

No importa si no encontramos las mejores palabras. Más que palabras, se trata de la conexión, del puente que se establece para quedarse, para seguir intentándolo, así muchas veces duela estar aquí, a este lado del puente, con la poca o mucha fuerza que haya. Se vale intentarlo un día a la vez.

PD: Daniel decidió no hacerlo, hace 6 días, desde otro lugar de Ibagué.

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