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El problema del empleo

Nos hemos acostumbrado a repetir que la ciudad de Ibagué es uno de los centros urbanos con la tasa más alta de desempleo en Colombia. Es un dato confuso que mide la desocupación, pues si incluyéramos únicamente los empleos formales que existen en Ibagué el panorama sería aún menos alentador. Sin embargo, diagnóstico tras diagnóstico confirman que el camino trazado no es el adecuado y, a pesar de ello, los políticos siguen pensando que la salida es mirar cómo concentran más recursos en el gobierno para generar así algunos puestos de trabajo, sospechando siempre del sector privado libre

El trabajo es el punto de partida para generar valor, dirían los clásicos, es una forma de explotación en el mundo capitalista que genera plusvalía, esa de la que se apropian los capitalistas, diría algún marxista, y así podemos hacer un recuento de la historia del pensamiento económico o como lo quieran llamar. El asunto es mucho más sencillo: la gente tiene que trabajar y debe poder hacerlo en condiciones dignas, que le permitan vivir y no solamente evitar el hambre. El problema es que algunos han querido malinterpretar el trabajo como derecho, explotando la connotación a un punto ridículo donde el trabajo debe estar garantizado en el estado social de derecho y si no es posible, entonces el gobierno deberá garantizar un ingreso mínimo y un conjunto de complementos que garanticen cierto bienestar: salud, educación, vivienda, alimentación. 

Esto último hace que a los políticos tradicionales se les haga agua la boca. Poder ser los gestores de subsidios, de viviendas a repartir en piñatas con voladores y orquesta, encontrar el cupo en un colegio para uno de los “líderes” que les pone los votos, hacer una llamada al director del hospital municipal para que atienda a su recomendada. El padrino al lado de ellos es un italiano muerto de hambre. 

La mejor forma de evitar perder ese control, ese “poder”, es combinando dos cosas: un discurso populista que promueve incrementos del salario mínimo, ese que la mayoría de colombianos no percibe; y promoviendo nuevos y más amplios programas “sociales” que “beneficien” a sus electores. La economía, las finanzas del estado, el mundo… eso son cuentos de los tecnócratas y “neoliberales” que no entienden al “pueblo”.  

¿Cuánto pagan los comerciantes de municipios rurales en el Tolima a sus “empleados”? La mayoría paga muy por debajo del salario mínimo porque sencillamente no alcanza para más

La clase política de hoy no se atreve a reconocer esto y ponerle freno, en aras de invertir en lo que corresponde: seguridad, justicia, infraestructura. Si el salario mínimo llega a ser diferencial y se quitan los absurdos aportes parafiscales, los empresarios podrían establecer relaciones formales con quienes, ahora sí, serían trabajadores con derechos; competirían por la mano de obra más calificada y habría un proceso libre de migración interna hacia nuevas oportunidades y mejores condiciones, algo horrible para quienes son dueños de esos votos. 

El problema del empleo tiene su origen en una clase política que lo aborrece cuando está fuera de su control. Se agrava cuando esa clase política decide que los empleados que logran mejorar sus salarios paguen más impuestos y que las empresas tengan menos utilidades, inflando un discurso de distribución que pocos les cuestionan. La única distribución en la que creen es el reparto de la torta de contratos, cuya tajada alcanza hasta para cambiar los fallos judiciales. 

 

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