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El amor bonito

¿Cómo será un amor bien bonito?

¿Como el de Abelardo y Eloísa, castrado por el tío de su amada? ¿Como el de Romeo y Julieta, fortificado en el odio de dos familias? ¿Como el de Eduardo que abdicó por su Wallis? ¿O como el de Francisco y Juliana, que un tiro de fusil acabó en un instante?

¿O será que el amor es lo que queda después del fin?

Francisco me dijo que la conoció en una calle de Cali, “en la vía pública”, y que -al instante- se enamoró perdidamente de ella. “Era muy especial, su forma de ser, incondicional, lista a ayudar todo el tiempo, de mucha calidad humana”. Por eso, todos la querían.

 - Yo pienso en lo que se me llevó la vida, ahí el que perdí fui yo.

Pues sí, el que perdió fue él porque era el amor de su vida. Vivieron juntos más de dos años y medio después de un largo y serio noviazgo, con todas las de la ley.

 - ¿Y fue muy duro el golpe cuando supiste que ella era trans?

 - Yo siempre lo supe, desde el principio.

Así que, un día, estando en Jamundí (Valle) le propuso que se fueran a vivir a Miranda, en el Cauca. Allá estaban sus papás, allá tenía su casa, allá vivirían más tranquilos, allá podrían empezar a cumplir todos y cada uno de los sueños, especialmente los de ella.

 - Ella era muy soñadora. Y todos los sueños los hacía realidad.

La convenció y llegó una tarde con ella de la mano. Se la presentó a su mamá, a su papá, a su hermano, a un amigo y luego al otro. Estaba tranquilo porque sabía que su Juliana era arrolladora, con una personalidad a prueba de viejas tradiciones, de amigos machistas, de pueblos chicos, de infiernos grandes.

“Esa es una verdadera historia de amor pero uno debe tener el valor de decir que uno se sorprende, el montañerismo de uno”, me contó su mejor amigo, que dormirá con él por estos días porque “sin la Juli, la casa se siente muy sola y grande”.

La casa es una de las más antiguas del pueblo y está ubicada en la plaza principal de Miranda. Cuando Juliana llegó, estaba abandonada, en ruinas, y sin pensarlo dos veces, empezó a restaurarla. Trabajó en su idea todos los días porque quería convertirla en patrimonio de la región.

Así que tiró cables, cambió maderas, resanó, pintó, limpió y siguió adelante, sin que nadie la detuviera, con su amor bonito al lado, acolitándole todo. Les estaba quedando tan bonita que allá se fueron a vivir los cuatro: Francisco, Juliana y los suegros que la adoraban; “ella no se me puede ir de aquí”, le decía con frecuencia la mamá a Francisco.

 - Donde estaba Juliana todo lucía, todo fluía. Quiero terminar la restauración, yo siento que ella está a mi lado, siento que su espíritu está aquí.

Su espíritu era emprendedor e hiperactivo. No se podía perder tiempo. Todo era ya. Había que ir haciendo. No soportaba ver algo sucio o en desorden o inservible.

 - El carro lo conseguí años atrás y lo tenía por allá tirado. Juliana me dijo que quería verlo andar y entonces empezamos a arreglarlo hasta que lo pusimos a funcionar. Usted viera cómo lo mantenía ella de aseado y de bonito.

Hace apenas una semana habían logrado que les entregaran el certificado de la revisión técnico-mecánica. Ese fue uno de los papeles que olvidaron meter en el carro la trágica mañana del jueves, cuando decidieron ir a buscar unos repuestos.

 - Esa misma mañana le di un beso y le dije que la amaba cuando me desperté. “Me voy a levantar”, me dijo. Estaba motivada, contenta. Yo vivía enamorado de Juliana, a mí me gustan las mujeres pero Juliana me enloqueció.

Juliana enloquecía. Medía un metro 80, pelo largo, negro, labios gruesos, más mujer que muchas, con una cara de enamorada que no podía con ella, “un cuerpo hermoso lleno de energía, demasiada energía”, resaltó Francisco.

 - Y ahora, ¿qué?

 - Pues queríamos hacer empresa. Pero lo que yo voy a hacer es una fundación para ayudar a los enfermos terminales de cáncer. Y también a la comunidad lgtbi, porque ellos son muy discriminados en este país y en esta región y yo quiero ayudar.

La discriminación sexual no es el único problema que aqueja a la zona. La violencia ha sido tradicional y particularmente marcada en el occidente del país. Y Miranda no es la excepción. “Me duele mucho que a los mirandeños nos estén tildando de guerrilleros a toda hora. No Señor. Aquí somos gente de bien”, enfatizó el amigo de Francisco y me pidió que lo subrayara.

El funeral será el domingo pero en Jamundí. Allá llegará por la mañana la mamá de Juliana, que viene de España. Allá irán todos a despedir a “la guerrera Juli”, como le decían sus nuevos amigos. Allá se quedará para siempre y su Francisco tendrá que viajar a visitarla aunque su recuerdo permanecerá especialmente vivo en Miranda.

Y unos años después, cuando pase el tiempo, los enamorados que caminen por el pueblo verán la casa restaurada y hablarán de la increíble historia de amor de un par que se olvidó del resto del mundo y se dedicó a ser feliz, hasta el último de los días, sin jurarse amor eterno, sin esperar permisos de la sociedad, sin miedo al qué dirán.

Un amor más libre que cualquiera que conozcan. Un amor más macho que muchos que hay por ahí. Un amor auténtico. Un amor bonito.

 

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