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Editorial: Años perdidos

Editorial EL OLFATO

Ibagué no tiene dolientes. La indiferencia ciudadana es el pan de cada día y los dirigentes políticos locales ponen por encima sus intereses personales sobre las necesidades de la capital tolimense.

Prueba de ello es la administración del exalcalde Luis H. Rodríguez. Este abogado soñó toda su vida con ser Alcalde de Ibagué, fue elegido después de tres campañas, no obstante, para él y todos los ibaguereños  su sueño terminó convertido en una pesadilla.

Logró un presupuesto impensado de $140 mil millones para remodelar la infraestructura deportiva de la ciudad, recursos entregados casi en su totalidad por el Gobierno Nacional, pero le entregó ese proyecto a criminales como Orlando Arciniegas Lagos, el entonces poderoso asesor jurídico del Imdri, y el dinero terminó en bolsillos de particulares.

Por otra parte, a Ibagué le quedaron dos megaelefantes blancos y un enorme daño reputacional, gracias a las noticias que aparecen en los medios de comunicación sobre el desfalco de los Juegos Deportivos Nacionales del año 2015.

Después de esta trágica administración, la más corrupta en la historia de la ciudad, muchos pensaban que las nuevas autoridades trabajarían unidas por sacar a Ibagué del maloliente pantano.

El 25 de octubre de 2015 fueron elegidos dos políticos, con defectos y cuestionamientos, pero con una probada capacidad de trabajo. Nadie puede negar que Óscar Barreto y Guillermo Alfonso Jaramillo son dos administradores experimentados, capaces, incansables e insistentes.

Ambos convirtieron la ciudad en un verdadero ‘ring’ de boxeo. Se pelean una a una las comunas y corregimientos de Ibagué, y esa feroz competencia solo busca dividendos electorales para sus famiempresas políticas.

En dos años de gobierno, no ha sido posible que Jaramillo y Barreto encuentren un espacio de diálogo para sacar adelante proyectos transcendentales para Ibagué, como el anunciado viaducto de la calle 60 con la avenida El Jordán. Tienen el dinero y entienden la urgencia de la obra, sin embargo el egocentrismo de los dos no los deja avanzar.

A sus gobiernos les restan 24 meses y ya es hora de que la ciudadanía, los gremios económicos y los medios de comunicaciones les exijan seriedad y responsabilidad al Alcalde de Ibagué y al Gobernador del Tolima, porque ya estuvo bien de espectáculos mediáticos. No pueden dividir la ciudad entre barretistas y jaramillistas. Les llegó la hora de trabajar y de respetar a los ibaguereños.

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