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Después de la tormenta viene… la tormenta

No podemos decir mentiras y mucho menos creer las que nos dicen. Las cosas se agravaron con la pandemia del coronavirus. Se agravaron porque ya venían mal y nos creímos el cuento de que era suficiente con estar mejor que los vecinos, olvidando el adagio popular de “mal de muchos, consuelo de pendejos” ¿Sentirnos tranquilos porque en un escenario regional de crecimiento económico mediocre estábamos por encima de la media? ¿En serio?

A nivel regional, las cosas están peor, aunque los gobiernos reparten a diestra y siniestra lo que no es suyo, pues es de todos. La tasa de desocupación es altísima y en Colombia nos dio por llamarla de desempleo. Si fuésemos estrictos, cosa que nos incomoda, tendríamos que aceptar que la tasa real de desempleo en Colombia es mucho más alta. Es decir, aquellos que no tienen una relación laboral o empresarial formal y por lo tanto no cotizan a la seguridad social. Nos pasa con los datos del desempleo como nos pasa con los datos de pobreza: cambiamos la fórmula y escondemos la realidad

Basta con hacer un recorrido por algunos municipios y podrán evidenciar pagos muy por debajo del mínimo, personas con negocios exitosos que están en el régimen subsidiado e incluso algunos descarados que, además, reciben apoyos de los “programas sociales”. Robarle al estado es una práctica común en la que participan ricos, pobres, los ricos que se creen pobres y los que dejaron de ser pobres para las fiestas, pero lo siguen siendo para las ayudas y los subsidios. 

Colombia vive como el tío que nada tiene, pero todo gasta. El que tiene la camioneta último modelo y ya debe tres cuotas. Todos lo admiran, le piden, van a dar la vuelta al parque con él y se toman fotos. Disfrutan de aquello que se paga al debe y no les importa sin en algún momento el paseo termina en la calle y sin almuerzo. 

En eso veníamos antes del COVID19. La deuda externa se duplicó entre 2010 y 2018, llegando al 43% del PIB, la regla fiscal quedó como una ilusión y la burocracia estatal se disparó, celebrando la creación de nuevos ministerios y el mantenimiento de las altas consejerías, las consejerías, las consejerías adjuntas y las consejerías de las consejerías. A esto sumen la feria de OPS (órdenes de prestación de servicios), que tantas veces termina en nóminas paralelas, con la ventaja de quedar blindados frente a los órganos de control y poder participar abiertamente en política. 

Digámoslo con claridad: permitimos que se gastaran lo que no teníamos, pensando que en algún momento las cosas se enderezarían. Pues bien, nos llegó el COVID19 y ahora todo es culpa de la pandemia. El déficit fiscal estará por encima del 6%, la deuda externa superará el 50% del PIB, las empresas no tendrán cómo pagar y se les pedirá que paguen más, algunos sindicatos seguirán presionando por incrementos al salario mínimo, los políticos “gestionando” obras al debe y las nuevas generaciones asumiendo la deuda que nos dejan los irresponsables de hoy

Después de la tormenta… la tormenta. O reaccionamos ya contra la clase política extractiva que todo reparte y todo queda debiendo, o nuestros hijos vivirán aún más limitados, sin empresas que los empleen y con la peste de los impuestos, cuyos efectos son peores que los del COVID19. 

 

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