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De la refrendación y sus vicisitudes

El pasado lunes fue aprobado por la Corte Constitucional el plebiscito propuesto por el gobierno de Juan Manuel Santos como mecanismo de refrendación de lo pactado en La Habana entre gobierno y FARC.

Así, en un término no mayor a 4 meses, los colombianos seremos convocados a refrendar los acuerdos (opción Sí) o rechazarlos (opción No), siendo necesario para la victoria del Sí más 4,4 millones de votos por dicha opción, además de superar el número de sufragios marcados con la opción No.

Sin realizarse, el plebiscito ya es el acontecimiento político más importante de nuestra historia reciente, incluso por encima de la firma definitiva de los mencionados acuerdos, pues la refrendación significaría el final definitivo de más 50 años de confrontación armada.

Y en ese marco, el mayor reto que enfrentamos aquellos que anhelamos el triunfo del Sí es el de desligar la suerte del plebiscito de la percepción que los colombianos tienen del gobierno Santos, y de los cálculos y aspiraciones de cara a las elecciones presidenciales de 2018.

Como se recordará, Santos armó una alianza alrededor de los diálogos de La Habana para impulsar su reelección durante la segunda vuelta presidencial en el 2014, opción que a la postre resultó vencedora con el decidido y decisivo apoyo de varios movimientos sociales, partidos y líderes de las izquierdas.

Desde entonces, las contradicciones en el bloque social dominante, expresadas en la rivalidad entre santistas y uribistas, polarizaron el país político, siendo el asunto de la negociación en La Habana su principal escenario de confrontación. Como consecuencia, se ha venido instalando en el debate público sobre los diálogos un absurdo maniqueísmo, donde no se puede estar a favor del proceso de negociación sin ser graduado de santista, como tampoco se le pueden hacer críticas al gobierno sin ser considerado enemigo de la paz.

Es bien sabido que la legitimidad del gobierno Santos se ha visto socavada por los decepcionantes resultados de su política económica y social, así como por el manejo autoritario del descontento popular. Lo cual resulta peligroso de cara al plebiscito, en tanto fracciones del establecimiento y de las izquierdas han erigido al presidente como paladín de la negociación política con la insurgencia.

Conscientes de esto, sectores de la oposición a los diálogos de La Habana, encabezados por el senador del uribista Centro Democrático, Alfredo Rangel, vienen proponiendo enfrentar el plebiscito por los acuerdos con las FARC llamando a votar por la opción No, como forma de rechazo al gobierno Santos. Es decir, convertir la refrendación de los acuerdos en un plebiscito sobre el Gobierno.

Esto, a pesar que existen posiciones distintas al interior del bloque opositor a los acuerdos, como la del ex candidato vicepresidencial Carlos Holmes Trujillo, que invocan la opción de la abstención. Táctica que no es menos peligrosa, en tanto los índices de abstención en el país han oscilado históricamente alrededor del 50% del censo electoral. Sumado a ello, considérese que el Centro Democrático obtuvo cerca del 45% de los votos sufragados en la segunda vuelta presidencial del 2014, precisamente encarnando la oposición a los acuerdos de La Habana.

Ahora bien, el presidente Santos sabe que su mal gobierno se ha mantenido a flote en gracia de la negociación con la insurgencia y sus avances, por lo que una derrota en el plebiscito significaría un golpe fulminante a su débil legitimidad como mandatario. Por tanto, no escatima esfuerzos en llamar a la unidad nacional en torno al voto por el Sí. Incluso al expresidente Uribe, a propósito de la carta que le dirigió recientemente, síntoma de debilidad, más no de amplitud y patriotismo, considerando los términos en que fue redactada.   

En medio de este juego de mezquindades y cálculos politiqueros se encuentra la aspiración genuina de millones de colombianos, conscientes que la refrendación de lo acordado en la Habana constituye el primer, pero más importante paso de nuestra historia hacia la reconciliación y la convivencia pacífica en lo político y social, la más alta aspiración moral de nuestro tiempo.

Porque, tal como quedaron establecidas las reglas de juego del plebiscito -así no parezca lo procedente- una victoria del No o la obtención de menos de 4,4 millones de votos por el Sí implicarían echar por la borda los importantes logros obtenidos en La Habana en cerca de 4 años de negociación, especialmente en materia de víctimas y de justicia transicional (es una actitud responsable conocer y estudiar los acuerdos antes de emitir un juicio sobre ellos). Esto, más allá de que las FARC –valga destacarlo- haya prometido no volver a la confrontación, independientemente del resultado del plebiscito.  

Resulta imperativo entonces evitar a toda costa que los peligros latentes se conjuren y votar masivamente por la opción Sí, convirtiéndonos cada uno en los jefes de campaña de esta noble y trascendental causa.

Porque la historia no recordara, ni tampoco nos debe interesar, si Juan Manuel Santos y su rancia camarilla capitalizaron políticamente la victoria del plebiscito.

Porque la paz no es una concesión de la élite gobernante.

Porque con la victoria masiva del Sí reivindicaremos los movimientos de víctimas, de campesinos, afrocedescientes, e indígenas, y a todos los colombianos en campos y ciudades -nosotros sí, artífices de la negociación política y de la paz por venir- quienes hemos pagado los costos del largo ciclo de violencia con exclusión, represión y vidas humanas.

Porque con la masiva victoria del Sí, la construcción de una nueva Colombia es el reto que nos espera.

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