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Carlos Gaviria Díaz, un hombre que dejó huella

Ibagué
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Murió el 31 de marzo de 2015 el hombre que pintó la ética con el color de la esperanza. Carlos Gaviria Díaz en el decir de Clara López fue un faro luminoso que alumbró a Colombia en el momento de las tempestades.
 
Utilizó el verbo como vehículo comunicante para enseñar que la palabra es escritura sin tachones ni enmendaduras. No concilió con el horror ni la diatriba ni mucho menos con los trúhanes que hicieron de la política Una Cueva de Rolando para esconder los tesoros escarbados del alma de la nación.
 
Le apostó a la paz todas sus cartas convencido que ese es el único camino para el progreso de los pueblos y la dignidad humana. Discrepó de aquellos que creen que con tiros de metralla se puede establecer un nuevo orden encima de los cadáveres insepultos.
 
Combatió al basilisco que estafó la nación con un falso positivo tras sus gafas de trotskista y carriel de arriero pidiendo una tercera oportunidad para condecorar a la muerte como su mejor aliada.
 
Carlos Gaviria, como miembro de la magistratura le dio honora la justicia con sus conceptos inteligentes y sabios. Estuvo al lado de los ofendidos, perseguidos, desterrados, humillados, despatriados, a quienes les asesinaron el ángel de la guarda que salvaguardaba su espalda; defendió a las minorías étnicas, combatió todas las violencias y creyó firmemente que en la mesa donde se reparte la abundancia podría haber pan, leche y vino para todos en igualdad de condición.

Pensó que el color de la piel  no podía ser una alambrada diabólica para degradar al diferente, dijo con Gaitán que el hambre no tenía color partidista y que el código colombiano no podía seguir siendo el perro rabioso que muerde solo a los de ruana.

Tal vez por haber recibido de Cesare Beccaria toda la vieja luz jurídica, la renovó con los conceptos de otros tratadistas contemporáneos. Lo elevaron a la cima donde pudo tener la verdadera balanza de la justicia para no castigar a un inocente o absolver a un déspota o a un criminal.
 
Gaviria estaba convencido del equilibrio en la juridicidad desde que leyó Sobre los delitos y las penas, ya había degustado al Cándido del Voltaire, El Fausto de Johann Wolfgang von Goethe La Razón de Emanuel Kant, Hamlet de William Shakespeare, y el Emilio de Juan Jacobo Rousseau al igual que los escritos del impulsor de la desobediencia civil de Henry David Thoreau.
 
Como la lectura era el alimento a su inteligencia tuvo bajo el brazo El Quijote de Cervantes, la tempestad de Shakespeare y hasta Los Miserables de Víctor Hugo. Fue juez allá en su Copetran del alma que lo vio llegar al mundo como juez ni se ensañó con el delincuente, sino aplicó la norma que ordena la ley.

Como estudiante soñó como todos aquellos primíparos que sueñan las utopías de cambiar el mundo y hacer de la tierra un paraíso aunque lejos de los anarquistas que creen que todo puede ser tan perfecto que no se requiere de estado de ordenamiento jurídico ni siquiera de ejércitos para cuidar las fronteras entonces dijo: “en ese paraíso tampoco quiero vivir”. 
 
Como pedagogo utilizó las mejores herramientas teóricas para que sus alumnos no recitaran sino que aprendieran a debatir y a construir con bases sólidas en sus conceptos.
 
Fue un conversador como Sherezade de las Mil y Una Noches o como Estanislao Zuleta que en el decir popular era un encantador de serpientes.
 
Descreído de tanta estafa de los manzanillos de la política tradicional buscó en otras orillas un albergue para orear sus ideas convencido que la política de verdad debe ser un argumento que consolide la aurora de las naciones y que debe ser una manta de servicio a todos los habitantes de  una nación.
 
Este es mi homenaje para un hombre que quiso poner su luz como un meridiano para Colombia pero no le alcanzó el tiempo porque a veces el destino es tramposo hasta con los mejores hombres de un determinado rincón de la patria.
 
Paz en la tumba de Carlos Gaviria Díaz.
 

FOTO: SEMANA.COM
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