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Belleza en lugar de ceniza

Tengo una amiga, a decir verdad, y como regalo de Dios, tengo varias amigas. Una de ellas se llama Salwa, vive en Israel y pasó -hace no mucho tiempo- por una circunstancia que le rompió el corazón. 

En mayo, en medio de la situación de salud de mi esposo, mi amiga me contó con amor y gracia cómo el Señor había estado trabajando en sanar el dolor de su familia y me mencionó el ‘Kintsugi’. 

Decidí investigar más a acerca de esta nueva palabra para mí y me encontré con lo que te comparto a continuación:

El ‘Kintsugi’ es el arte de reparar vasijas de porcelana con oro. La historia conocida es la siguiente: Por allá en el siglo XV, un gobernante japonés envió a la China dos de sus tazas de porcelana favoritas que se habían roto, cuando se las regresaron reparadas, el resultado no fue de su agrado porque tenían ganchos para unir sus partes rotas. 

El gobernante solicitó a orfebres japoneses que intentaran otra técnica. Estos, cubrieron las grietas de las tazas con resina mezclada con oro y el resultado fue a la vez funcional y hermoso. 

Las tazas quedaron tan bellas que la manera de repararlas se convirtió en una técnica que ha sido usada durante cientos de años para reparar vasijas averiadas y se llama ‘'Kintsugi’. Esta técnica de restaurar con oro las vasijas rotas hace que los objetos reparados cobren aún más valor y belleza del que tenían antes de dañarse.

Aunque pareciera, este artículo no es acerca del ‘Kintsugi’, este artículo es acerca de ti y acerca de todos aquellos que en algún momento del camino se han “averiado” o se han “roto”. 

Este artículo es sobre todos aquellos que tienen heridas en el cuerpo y en el alma, pero sobre todo… este artículo es acerca de Dios, quien es el único que puede restaurar humanos, no con oro como los japoneses, si no con su amor perfecto que quita las manchas del dolor y la vergüenza.

¿Alguna vez te has roto? ¿Te han lastimado, con o sin intención? ¿Has recibido estocadas en la vida que te han dejado tendido en el piso -literal o internamente- y sin fuerzas para levantarte a continuar el camino? ¿Sientes que esas heridas del pasado aún sangran y tiñen tu presente y tu futuro?

Hoy quiero traer esperanza, porque si la tienen las vasijas de porcelana rotas que a través del ‘Kintsugi’ son reparadas al colocar oro en sus grietas, también tú tienes esperanza: una esperanza que no muere; una esperanza real de ser sanado, reparado y hermoseado a pesar y - justamente- gracias a las heridas que algún día recibiste.

La vida de este lado del cielo no es perfecta, no es completa, ni está libre de dolor. Así que de una o de muchas maneras, en algún momento del camino conoceremos el quebrantamiento; para algunos es muy fuerte e intenso, pero (por favor escúchame decirte) no es definitivo, tu dolor no es eterno, Dios sí lo es.

Y hoy quiero invitarte a que vengas al que te hizo, al que jamás quiso que te lastimaras y al único que puede repararte. Al Dios de la vida que hace en Isaías 61:3 una de las promesas más bellas para el que sufre, para el que llora y para el que cree que su dolor no tiene fecha de vencimiento. Ven a Él y permite que haga realidad lo siguiente:

“A todos los que sufren, les dará una corona de belleza en lugar de cenizas, una gozosa bendición en lugar de luto y una alegre alabanza en lugar de desesperación”.

Ese es Dios, el que promete que si vienes a Él y le entregas tu dolor y le permites tocarte…  te sanará y te restaurará de maneras tan asombrosas que tu dolor será parte de tu belleza. 

Él no restaura como los japoneses poniendo oro en las grietas, Él restaura con su amor y con su propia presencia en tu vida; porque sufrió todos tus dolores y llevó todas tus heridas en su propia vida, para que tú no tuvieras que cargarlos en la tuya. 

Dios quiere vendar tus heridas y convertirlas en hermosas cicatrices que hagan que tu vida tocada por Él sea más valiosa que el oro.

Tus cicatrices forman parte de tu historia, por favor no las escondas, más bien, muestra -así como un orgulloso veterano de guerra- que el dolor no te aniquiló, si no que, por el contrario, tu quebrantamiento te dio más valor y belleza al haber sido sanado por Dios; y por favor muestra a este mundo herido, la hermosura de una vida restaurada, no con oro si no con la vida y la gracia de Jesús, cuyo amor es infinitamente más grande que el de todas las heridas de la humanidad.

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