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Aislamiento digital

Hace varias semanas decidí cerrar temporalmente mis redes sociales y salirme de gran parte de los grupos de WhatsApp en los que me encontraba. En medio de argumentar que necesitaba tiempo para terminar mi tesis doctoral, se generaron dos fenómenos: que mis más allegados entre risas dijeran que la decisión era producto de la crisis de los 40 años, y que muchos me increparan porque aparentemente los “bloqueé” y los convertí en fantasmas digitales. 

Debo confesar que los primeros días la dependencia digital en la que me encontraba me golpeó. Miraba con resignación mi teléfono una y otra vez, pronunciándose el vacío que dejaron las apps de Facebook, Instagram, Twitter, y TikTok, mi más reciente inmersión producto de la cuarentena, y desde donde hacía parodias de “Juanpis González”.

En medio de esta desintoxicación digital, me llamó poderosamente la atención la opción de mi smartphone “Tiempo en pantalla”, que me enrostró que antes de iniciar con la difícil decisión, mi promedio en el teléfono era de 9 horas al día. Las cifras mostraban como el mayor porcentaje se lo estaba dedicando a las redes sociales, por lo que el viejo argumento de “debo estar conectado por trabajo” se desmoronaba fácilmente. 

Mis hábitos informativos y comunicativos cambiaron radicalmente. Dejé de enterarme a través de Twitter de los acontecimientos de la agenda pública, obligándome a ir directamente al medio de comunicación para saber qué pasaba en el país y en el mundo; volví a escuchar radio. Ya no me enteraba por Facebook de los cumpleaños de las personas, muchas de ellas que ni conozco, pero que hacían parte de mis “amigos”, obligándome a recurrir a la “vieja” práctica de utilizar el teléfono para felicitar; además, las “peleas” por política pasaron a ser parte del recuerdo. Las fotografías que tomaba en mi cotidianidad dejaron de estar mediadas por la necesidad de que encajaran en Instagram y se volvieran públicas, pues se convirtieron en momentos íntimos. Finalmente, WhatsApp ya no estaba lleno de memes de auto superación, videos en los que un gemido de fondo nos hacía pasar colores o grupos con más de 100 mensajes sin leer. Todo había cambiado.

Sin embargo, hace unos días me surgió la pregunta ¿será que la solución es aislarse completamente de las redes o hacer uso responsable de las mismas? Para contestar, he leído sobre el tema, donde hay posturas de todo tipo: académicas, políticas, mediáticas y personales, y en donde se habla de problemas como la manipulación, la polarización, el cyberbullying, la pedofilia digital y la adicción a las pantallas, entre otras; y a su vez de ventajas como el emprendimiento digital, el comercio electrónico, la comunicación instantánea y sin fronteras, las denuncias sociales con alcance exponencial, entre otras. 

En esta búsqueda, me encontré con el reciente documental de Netflix “El dilema de las redes sociales”, que de la mano de testimonios de exdirectivos de las más grandes industrias digitales, psicólogos y expertos, representan claramente las consecuencias que genera el vivir la vida a través de las redes sociales, que hoy más que nunca generan en nosotros adicción. No en vano, expertos consultados por la BBC señalaron que estar más de dos horas por día en ellas incrementaba la posibilidad de tener problemas de salud mental, y que aquellas personas que consumen entre 5 y 7 horas al día pueden sufrir sensaciones de ansiedad, depresión y hasta pensamientos suicidas.

Si algo me dejó este aislamiento digital, es que no puedo regresar a mis viejos hábitos, pues el regresar a mis redes sociales debe estar trazado por establecer normas básicas de uso tecnológico como el definir horas determinadas de conexión, lugares donde debo y puedo usar mis dispositivos, filtros para compartir información donde la consigna sea que no todo se debe mostrar, no entrar en discusiones que generan polarización innecesaria, y el monitoreo constante del tiempo que estoy dedicando a mirar pantallas. 

Por mi rol docente, he sido un convencido de que la pedagogía es la mejor aliada para invitar a la reflexión frente a cualquier problemática, por lo que hoy me inclino porque la forma de afrontar esta realidad sea a través de la educación articulada desde diversos sectores (familia, colegios, universidades, amigos y trabajo) para alcanzar el uso responsable de dispositivos y redes sociales, y no desde el completo aislamiento o la prohibición absoluta. 

Por ahora, celebraré la culminación de mi tesis y la llegada de mis 40 años junto a mi familia y amigos, y en donde espero que aquellos a los que no puedo abrazar físicamente por esta coyuntura, pueda hacerlo virtualmente.

 

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