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A todo derecho, a nada obligación

Estamos viviendo un momento difícil, algunos dirán “crucial”, en el devenir histórico de la democracia colombiana. El gran problema es que hemos abandonado la formación que se requiere para poder asumir el reto. 

Fua una semana trágica la que vivieron varias ciudades de Colombia. Agresiones de algunos policías, violando la Constitución Política, el código de policía y el sentido común. Reacciones violentas de unos pocos malandros que aprovechan cualquier error cometido por agentes del estado, para tratar de incendiar el país, alegando que luchan por una Colombia más humana.

Vimos en las calles a miles de jóvenes exigiendo el fin de la policía y leímos en algunos de los Centros de Atención Inmediata incendiados las letras “ACAB”, que corresponde a la frase “All Cops Are Bastards” (Todos los policías son bastardos). Eso dio pie para que se hablara de un movimiento internacional alentando los esfuerzos de unos pocos por alterar el orden y promover la revolución.

Algunos vecinos buscaron la manera de solidarizarse con la policía, haciendo énfasis en que unas manzanas podridas no pueden dañar la imagen de una institución tan importante en cualquier estado. Otros hicieron un cordón humano para tratar de proteger a sus amigos del cuadrante de las agresiones, pero pronto fueron superados por la ira de unos encapuchados que recurren incluso a las bombas molotov, como máxima expresión de su lucha por la vida. Hubo quienes sugirieron hacer de los CAI centros culturales para promover la convivencia. Supongo que esperan responder con un libro o una guitarra al atraco a mano armada y al asesinato a puñaladas de esos “jóvenes excluidos” que no tuvieron otra opción en la vida. 

Lo triste del asunto es que todos han hecho parte de un sistema que educa en derechos, pero forma para la insurrección, promueve la ira y genera un conjunto de acciones que se empiezan a salir de control. Esos jóvenes agentes han recibido cursos y talleres en derechos humanos, pero también han estudiado el código de policía, el código penal y la Constitución Política, esa que no pueden defender como agentes del estado porque cualquier cosa que hagan, o dejen de hacer, será interpretada a la luz de una u otra corriente del derecho y podrán terminar destituidos, o en la cárcel. Ese sentimiento de impotencia es difícil de entender, pero lleva a una situación muy compleja donde ya da la misma cumplir la ley o no. A los reincidentes, a los que nunca pueden judicializar, a los que los jueces ordenan liberar, a pesar de sus graves felonías; a esos tienen que verlos burlarse de su honor como policías día y noche. 

Un conjunto de agentes desesperados cometió el peor crimen: el asesinato de quien ya estaba sometido y detenido. Es cierto. Responderán ante la justicia. No debemos tratar de justificar el crimen. Sin embargo, no podemos dejar de lado que la sociedad aprendió a convivir con el hampa, pues en Colombia recibe especial protección. ¿Cuántos van hasta el final después de un atraco para interponer las denuncias correspondientes? ¿Cuántas resisten las amenazas de las pandillas y sirven como testigo en las investigaciones?.

Se nos educa en derechos, pero se dejan de lado las obligaciones. Se dice que tenemos derecho a una vivienda digna, a salud, a trabajo, a educación, a una adecuada nutrición, la lista es interminable. El problema es que la clase sobre impuestos, responsabilidad, esfuerzo individual para lograr generar ingresos y salir adelante, no se da. Se insiste en que Colombia es un país desigual y que los ricos y los grandes empresarios son enemigos del pueblo, pero evitan aclarar cómo mejorar las condiciones de todos sin fuentes de empleo estables, condiciones para la inversión y generación de riqueza. De ese sistema salen nuestros policías y los jóvenes que hoy los enfrentan con fuego y piedras. Hay un resentimiento que no es natural, se ha gestado pacientemente durante años, sin que nadie se atreva a cuestionarlo.

A esos policías, además, se les enseña que son agentes del orden, se les pide estudiar y respetar los derechos humanos, pero en su día a día se enfrentan con una nueva generación que exige respeto, pero rechaza cualquier obligación con la ley o los códigos. La no reciprocidad lógica de la que hablaba Estanislao Zuleta está más viva que nunca en la Colombia de hoy. Si el otro es violento es porque esa es su esencia, pero si yo recurro a la violencia es porque las circunstancias me obligaron. Absurdo. 

Ya es hora de pensar seriamente en lo que se promueve en escuelas, colegios y universidades. Detrás de los discursos sobre la educación que libera, muchas veces se esconden elementos coordinados para promover la “lucha de clases”, “el fin de la opresión del capital” y la “contrahegemonía”. La evidencia está ahí, pero nos da mucho miedo verla y pavor cimentar un cambio. 

 

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